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    José Corbacho
    José Corbacho

    60 años no son nada

    Crónica de la primera jornada de la 60ª edición de la Seminci.

    Sesenta años. Ni más ni menos, la edad del reinicio, la edad a la que la vida vuelve a tomar un sentido primigenio, originario renacimiento al que se une una experiencia contrastada en forma de erudición, que bien valiera como prueba testada ante un futuro incierto y excitante. Distendida extensión de las palabras de una Naomi Kawase que con tranquilidad japonesa, y traductora mediante, exprimía su sabiduría haiku ante un señor teatro como es el Calderón, rebosante de ganas de probar hasta qué punto un certamen tan internacional y a la vez tan localista como es el de Pucela (recuerden, Semana Internacional de Cine sí, pero de Valladold) podía demostrar su valía en un cumpleaños de números redondos previsto desde hace años. Cuestión de júbilo gratuito, no creo que haya nadie que a estas alturas espere cambios revolucionarios con sabor a aniversario, y agradecimientos hacia un certamen que tiene ganada una parcela del corazón de todos aquellos para los que esta semana tiene un aroma especial. Individuos nostálgicos de un tipo de cine en peligro de extinción, que se escandalizan ante el excesivo protagonismo de un patrocinador como el Santander (presente hasta en el reverso de las entradas, lo nunca visto) pero que aclaman hasta el enrojecimiento de manos a un señor al que hace no mucho criticaban: Fernando Lara, ex director de la Seminci y uno de los responsables de que el certamen tenga a día de hoy el prestigio que tiene. Espiga de Honor y homenajeado de forma unánime ante compañeros a los que se les escapan, con honor y sin vergüenza alguna, las lágrimas por un tiempo perdido, que no siempre fue mejor pero sí más vital y enérgico. Porque, como decíamos. la coherencia es regla de oro, y si algo funciona, como en teoría funciona el festival, mejor no lo toques. Y la sorpresa de lo previsible es un éxito fácil de adivinar. Y da igual la repetición si esta es acertada. Y si Álex O’Doherty sabe camelarse al público, y con una elegante puesta en escena dar un espectáculo digno y entretenido, que enganche y sea un show por sí mismo, pues se le vuelve a traer y punto. Y claro, funciona. Porque esto de las galas en el fondo es como los cortometrajes, cuanto más cortas mejor, y si encima llevan música y algo de humor, hasta alguno pagaría por verlas. Que al final es de lo que se trata, Money, Money, Money, Moneeeeey, que decían los Monty Python; nos interesas por tu dinero, que cantaron O’Doherty y su banda a los patrocinadores.

    ¿Y dime? ¿Qué hay más allá de eso? Para empezar una película, Dheepan [crítica], cuya ausencia causó traumas de psicólogo en Donosti: ¿Cómo puede ser que no la hayan traído? ¡No entiendo nada! ¡Vaya selección de Perlas...! Y un largo etcétera incomprensible para todo aquel que no sepa las cartas marcadas con las que juega un festival como el vallisoletano a nivel de fidelización del cliente: un claro “apostamos por ti cuando estás empezando, devuélvenos el favor cuando seas alguien” que parece tener la confirmación en el imprescindible ciclo, quizás el más interesante del festival, de óperas primas de grandes realizadores contemporáneos. De eso, creo, se trataba esto, de dejar de lado fotos, modelitos y alfombras rojas e ir a la verdadera sustancia del celuloide, de la pura narrativa bien ilustrada al fin y al cabo. En sus juicios como espectadores está la confirmación o no de unos principios de cine de autor de calidad. Que sí, puede ser amargo, doloroso y triste como un amor perdido, pero por suerte, por encima de todo, es evidente, adjetivo caracterizado por la claridad y la distinción que diría Descartes. Y la pedantería y trascendencia, lados opuestos de la banalidad que se luce por rigor en el photocall, pueden ser incluso aparcadas cuando un fidelizado público que echa de menos la cola (ya hablaremos en otra ocasión de eso, porque de verdad que merece) vota como Espiga de Oro favorita Requiem For a Dream. Ese mismo público que merece la mejor semana de cine del mundo y que a la vez no merece durante el resto del año día del espectador en versión original. Porque no nos engañemos, estamos ante todo, frente a un acontecimiento que polariza, para bien o para mal, a la audiencia que tiene la correcta osadía de tomarlo como acontecimiento cultural relevante.

    Y oye, ¿ahora el alcalde quién es?, pregunta un foráneo, ¿sigue el de siempre? Y tú con cierta distinción de señorito respondes negativamente mientras el actual alcalde de tu ciudad espera a que te sirvan el Gin tonic, el que pides como si te lo pusieras en tu casa, con mucha ginebra y poco pijerío, a la vez que un sudoroso y entregado Areces pincha como hijo bastardo Mi Gran Noche ante un público entregado al que le espera a la vuelta la sorpresa de Sinatra en lista de reproducción. Y la gente ríe y baila, y desgasta la barra libre a cubatas como si los treinta euros de acreditación fueran demasiado, ¿Tierra de vinos? Cada cosa en su lugar, que vale, que sí, pero que tampoco estamos en Burdeos. Atrás queda un inicio soberbio, un Audiard de Palma de Oro que abre junto a una perfecta demostración de marketing de Corbacho (al que se le frustra, para desgracia hipster-colectiva, el concierto de Sidonie) y por delante nada más y nada menos que siete días de cine de autor de calidad. Semincianos, frikis del celuloide (no los que de Sitges, si no los de cineclub de los setenta), “vedlo aquí o allá, porque el reino de Dios ya está entre vosotros”. Lucas 17.20.21.

    por Unknown
    octubre 25, 2015

    Seminci 2015 | Día 1. Crítica: Incidencias

    por Unknown | octubre 25, 2015

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