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    John Ford
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    Sobre desiertos y jardines

    Cineclub powered by BenQ: El hombre que mató a Liberty Valance, de John Ford.

    Estados Unidos, 1962. 119 minutos. Título original: The Man Who Shot Liberty Valance. Director: John Ford. Guion: James Warner Bellah y Willis Goldbeck, basado en una historia de Dorothy M. Johnson. Fotografía: William H. Clothier. Música: Cyril Mockridge. Productores: Willis Goldbeck y John Ford. Productora: Paramount Pictures. Edición: Otho Lovering. Intérpretes: John Wayne, James Stewart, Vera Miles, Lee Marvin, Edmond O'Brien, Andy Devine, Ken Murray, John Carradine, Jeanette Nolan, John Qualen, Willis Bouchey, Carleton Young, Woody Strode, Denver Pyle, Strother Martin, Lee Van Cleef, Robert F. Simon, O. Z. Whitehead, Paul Birch, Joseph Hoover.

    Entre dos trenes, uno tomado en un plano general desde el exterior, llegando a una estación, y el otro eminentemente focalizado en el interior de un vagón donde viaja una pareja al alejarse, transcurre toda la acción de El hombre que mató a Liberty Valance (1962), lo que resume visualmente la temática última de la propuesta, que no es otra que la desaparición de un modo de vida libre y salvaje en el que prima, como en la naturaleza, la ley del más fuerte, por otro basado en los lazos de solidaridad del colectivo humano. No olvidemos que, si hay algo que a lo largo de la historia del Far West ha simbolizado con mayor eficacia la llegada de la civilización es, sin lugar a dudas, el ferrocarril. Tampoco es casualidad, en esta línea, que el relato se construya sobre un luengo flashback, y que los principales personajes del mismo se congreguen en torno a una tumba: la muerte, como el tiempo, impone su inevitable lógica. De hecho, lo que hace de este filme uno de los westerns más memorables de la larga ristra de ellos llevada a cabo por John Ford es la circunstancia de ser el que más claramente finiquita la épica propia del género; mucho más, en todo caso, que Centauros del desierto (1956), pues en esta obra, además de respetarse el dinamismo propio de las creaciones adscritas al cine del Oeste, a su antisocial, monomaníaco y racista antihéroe se le contraponía una arrebatada poesía visual que dotaba al paisaje de una majestuosidad y una fascinación de la que carece totalmente El hombre que mató a Liberty Valance.

    Y es que, en efecto, la realidad que se nos describe aquí no tiene nada bella: en el presente, es apenas un reducto de otra época, un pedazo solitario y decadente de historia, tan lleno de polvo como la diligencia –¿un guiño autorreferencial del director?– que el senador «Ranse» Ransom Stoddard (James Stewart) descubre al regresar a Shinebone, mientras que, en el pasado, aunque se trate de un mundo vivo y en ebullición, está lleno de barro, suciedad, violencia e ignorancia. A pesar de que, según William H. Clothier, director de fotografía, predominó el rodaje en estudios y se optó por el blanco y negro por culpa de los recortes económicos impuestos por la Paramount –lo que no impidió que El hombre que mató a Liberty Valance fuera una de las películas más caras de Ford–, lo cierto es que, de ser así, parece confirmarse la máxima de que «la necesidad agudiza el ingenio», añadiendo de esta guisa al realizador de Maine a la larga y distinguida lista de autores a los cuales las trabas, irónicamente, no hicieron sino favorecer su trabajo; como ilustración, a bote pronto se me ocurre la archisabida anécdota de la escasez de presupuesto en La mujer pantera (1942) de Jacques Tourneur, que redundó en favor de la sugestión y convirtió la pieza en un clásico del terror psicológico. Porque dicha fotografía en blanco y negro en la cinta que nos ocupa, entre pálidos grises diurnos y expresionistas claroscuros nocturnos, no puede ser más apropiada para una trama en la que se retratan aspectos poco o nada gloriosos de la vida en el Oeste. No en balde, Ranse acude a su cita con una muerte casi segura, ¡sin quitarse el delantal de friegaplatos! (sic), mientras que el sheriff Link Appleyard (Andy Devine), más que ineficiente es, simplemente, un cobarde de tomo y lomo. Pero si hay un momento que sintetiza esta vulgarización de muchas de las situaciones prototípicas del western es la que reproduce el encontronazo más tenso entre el principal antagonista de la trama, Liberty Valance (Lee Marvin), y el único capaz de pararle realmente los pies, Tom Doniphon (John Wayne), que tiene lugar en un contexto absolutamente cotidiano: dentro de un modesto restaurante familiar durante la hora de máxima afluencia; encontronazo que, para más inri, Ford encuadra como si de una improvisación teatral se tratara (el mismo Valance dirá, al salir, «se ha acabado el espectáculo») y que toma como excusa un filete de buey, lo que dota a toda la secuencia de un aire absurdo pero también siniestro. En puridad, lo cierto es que esa misma atmósfera malsana de absurdidad y terror se extiende al conjunto de ese pueblo fronterizo sin ley, habida cuenta del poco valor que se le concede a la vida de los individuos. Ello explica que pocas escenas tengan lugar a plena luz del día, mientras que las que acontecen por la noche, además, se encuentren generalmente asociadas a las fechorías de Valance (v. gr. el robo a la diligencia; el asalto al periódico local; el duelo de Ransom y Liberty…), de forma que el discurso adquiere tintes lejanamente oníricos, algo que, por otro lado, casaría con el hecho de que se trata de la memoria de Ransom la que reconstruye los sucesos narrados.

    por Elisenda N. Frisach
    noviembre 04, 2018

    El hombre que mató a Liberty Valance (1962)

    por Elisenda N. Frisach | noviembre 04, 2018

    Edición de La Aventura. Máster restaurado por Spirit Datacine a partir de una copia en positivo de 35mm.
    Audio: DTS 2.0 Mono a partir de una copia en magnético de 35mm.
    Imagen: 1.33:1. 1080p.

    “Soy Abraham Lincoln, sin más”, comienza su discurso como representante político del pequeño pueblo de New Salem, Illinois, en los Estados Unidos de 1832, un joven de gestos tímidos que lo primero que hace, antes de comenzar a hablar, es introducir sus manos en los bolsillos del pantalón, un hombre común pero con pensamientos y convicciones firmes según nos va mostrando el desgranar de sus palabras. Ideas elevadas de libertad e igualdad expresadas de manera sencilla en un plano medio frontal con un leve contrapicado muy sutil que pone al espectador ante Lincoln como si estuviera allí, escuchando su discurso con cercanía pero también con veneración. Un contraplano mostrando a una niña y a un niño, el futuro de la nación, que asienten y sonríen con lo que ese joven simpático les cuenta les sirve a Lamar Trotti, guionista, y John Ford, director, para reforzar las nociones de inocencia y pureza que subyacen en el mensaje de Abe. Porque en esta fantástica película de Ford, El joven Lincoln (Young Mr. Lincoln, 1939), aquel que con el tiempo se convertirá en el presidente de la nación será más Abe que el señor Lincoln del título original. Ya desde los títulos de crédito se juega con estas representaciones de los grandes valores con la utilización de la canción Glory, Glory, Aleluya, con fuertes referencias a la libertad como principio fundamental de un país que tenía reciente su independencia del Reino de Gran Bretaña. Y al mismo tiempo con la sencillez reflejada en el poema de Rosemary Benét que da fin a esta introducción en el que leemos las palabras de la madre de Lincoln dirigidas a su hijo. Patria, madre (como representación de la familia bajo el código fordiano) y libertad son los grandes conceptos que sustentan el credo de esta joven nación que tendrá en Abraham Lincoln a uno de su más míticos líderes. Apenas cinco minutos de metraje y en nuestra mente todo este aluvión ideológico está ya más que claro y comprendido.

    Las bucólicas imágenes de Abe en el campo, tumbado sobre la hierba al pie de un árbol, leyendo un libro de leyes nos transmiten a través del contacto y la identificación con la naturaleza las mentadas sencillez y pureza que son un espejo del carácter del protagonista. En todo momento El joven Lincoln sabe fundir con una perfección modélica su contenido conceptual con una narrativa fluida y elegante. También el uso de la música ayudará a remarcar los sentimientos creando el estado determinado a cada tramo del filme preparando el camino al espectador, abriendo sus emociones a lo que las imágenes colmarán. Así en el paseo de Abe con su enamorada Ann Rutledge por la ribera del río, donde la música sentimental compuesta por Alfred Newman para esa secuencia acompañará su conversación de sueños de futuro y amor incipiente con gran emotividad. O más oscura cuando contemplemos junto a Abe, casi tocando su hombro con el nuestro, la tumba de Ann mientras deposita unas flores sobre ella y le habla acerca de sus dudas y temores, de qué hacer con su vida, como si la joven estuviera aún viva. El mismo río que vio nacer su idilio corre ahora cargado de trozos de hielo entre el paisaje nevado. Esa fidelidad y ese recuerdo constantes hacia las figuras no solo de Ann, el amor puro de juventud, sino también hacia su madre, el lazo familiar, serán recurrentes a lo largo de toda la película. La figura mítica también tuvo sus momentos de indecisión y dolor, pero serán superados con fuerza y convicción gracias a esos fuertes ideales son los de los propios Estados Unidos, los de cada uno de sus ciudadanos libres, construyendo la historia de una nación al estilo de Hollywood. El mismo Hollywood que apenas cinco años hubo de ser reprimido sin piedad por el contundente Código Hays por reflejar con verdadera libertad los Estados Unidos de su época.

    por José Luis Forte
    septiembre 10, 2017

    The Collection: El joven Lincoln (1939)

    por José Luis Forte | septiembre 10, 2017
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