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    John Crowley
    John Crowley
    || Críticas | ★★☆☆☆
    Vivir el momento
    John Crowley
    Tráiler de una vida


    Nacho Álvarez
    Madrid |

    ficha técnica:
    Reino Unido. 2024. Título original: We Live In Time. Dirección: John Crowley. Guion: Nick Payne. Compañías productoras: Film4 Productions, Studiocanal, SunnyMarch, Shoebox Films, Film Four, Canal+. Distribución en España: Beta Fiction Spain. Música: Bryce Dessner. Fotografía: Stuart Bentley. Reparto: Florence Pugh, Andrew Garfield, Adam James, Marama Corlett, Aoife Hinds. Duración: 107 min.

    En la escena inicial de Vivir el momento (John Crowley, 2024) emergen los primeros compases de la banda sonora a cargo de Bryce Dessner. El compositor y guitarrista de The National ancla la cinta sobre una cadencia de acordes que remite directamente a uno de los temas más famosos de la banda, ‘England’, de su álbum High Violet publicado en 2010. No obstante, el tema resulta ser poco más que una adaptación desposeída de todo su carácter, un eco lejano y retocado que parece extraído de una biblioteca virtual de música genérica exenta de copyright. De un modo similar, Crowley aborda la narración de este drama conyugal como una reproducción de referentes cinematográficos sobre el amor y la pérdida de los que exprime una mera emulación atropellada y funcional.

    La película asiste a la historia de amor de Almut (Florence Pugh) y Tobias (Andrew Garfield), una pareja británica de burgueses en su treintena que se enfrenta a lo largo de los años a una serie de incertidumbres como son la paternidad, la satisfacción laboral o la enfermedad. Como telón de fondo se sitúa el tiempo, que al igual que la mencionada banda sonora, no cesa de aparecer referenciado incansablemente desde el título -en forma de relojes, cronómetros o, directamente, una cuenta atrás en la penúltima escena- para recordar al espectador el inminente destino que asola a su protagonista, que padece un cáncer en fase avanzada. A partir de esta premisa, Crowley estructura su obra a través de un montaje fragmentado que desordena cronológicamente los eventos ocurridos durante la relación. Sin embargo, esta decisión formal del director, lejos de otorgar una mirada que explore las implicaciones del pasado en el presente y viceversa, ahondando en esa materia prima de toda obra de estas características que es el ya mencionado tiempo, no consigue más que aislar momentos oportunamente escogidos en guion y desposeer a sus elipsis y flashbacks de todo su potencial expresivo. La película queda así condenada a una pura dependencia de lo insólito, filmando solo a aquellos momentos que suponen un punto de inflexión en las vidas de los protagonistas y hacen avanzar el relato, dejando de lado cualquier elemento cotidiano, cualquier hueco de intimidad en el que podría detenerse la cámara. Como resultado, el férreo guion de Nick Payne no permite al espectador presenciar o intuir el proceso de enamoramiento, las brechas donde surgen las dudas o los silencios y miradas entre los miembros de una pareja, que tanto han poblado la filmografía de cineastas como Richard Linklater.

    De una manera similar a lo que ocurría con la premiada Brooklyn (John Crowley, 2015), Vivir el momento no puede huir de su prudencia narrativa y su encorsetamiento conceptual, heredado de una tragicomedia burguesa británica rancia que ha sobresalido en el cine comercial desde principios de siglo -The Holiday (Vacaciones) (Nancy Meyers, 2006), Love Actually (Richard Curtis, 2003) o El diario de Bridget Jones (Sharon Maguire, 2001)-. Ni siquiera los esfuerzos que dedica a adscribirse a unos códigos narrativos en apariencia ‘contemporáneos’, que no hacen más que apelar a la ya estandarizada maquinaria iconográfica de A24 (distribuidora principal de la película) -como son la constante cámara en mano, la poca profundidad de campo o el valor de plano mucho más cerrado sobre los rostros de los personajes-, ocultan lo arcaico de su concepción del amor, la familia y el duelo. La irónica situación de Almut es paradigmática de toda la película: una chef de prestigio con inquietudes y aspiraciones que no puede evitar verse condenada a la trampa del matrimonio heteronormativo, cayendo inexplicablemente en los brazos de un ingeniero soso y obsesionado con apuntarlo todo.

    Finalmente, Vivir el momento termina por presentarse como el tráiler de una vida, como un montaje que introduce a trompicones lo esencial de sus personajes y los problemas que enfrentarán para que el espectador se haga a la idea general, creando a su vez la sensación de que todo lo que podría resultar interesante es, en efecto, lo que no se ha llegado a filmar. En un año 2024 en el que se ha explorado la pérdida y la enfermedad desde propuestas tan sutiles y respetuosas como La habitación de al lado (Pedro Almodóvar, 2024) o Los destellos (Pilar Palomero, 2024), la última película de John Crowley se inserta cómodamente en la manipulación emocional por medio del guion y los golpes de efecto en diálogo, subrayados en todo momento por la evidente música de Dessner, que indica cuándo hay que reír, llorar o sentirse esperanzado. Y en esta apelación al llanto a moco tendido perecen los grandes esfuerzos de dos actores de la talla de Pugh y Garfield que, al igual que el público, parecen asistir con impotencia a la escasa profundidad vital de la relación de Almut y Tobias, y a ese “poco tiempo” que les queda y que la película también deja escapar. ♦


    por Nacho Álvarez
    enero 09, 2025

    Crítica | Vivir el momento

    por Nacho Álvarez | enero 09, 2025

    Academicismo en el siglo XXI

    crítica de Brooklyn (John Crowley, Irlanda, 2015).

    El academicismo surge como corriente estética principalmente en la Francia del siglo XIX. Como consecuencia de la institucionalización de la enseñanza artística en academias, surgen obras que no se apartan de las estrechas y rígidas normas para dibujar, pintar, esculpir o modelar que dictaban esas instituciones. Del mismo modo, la tradición cinematográfica norteamericana del periodo comprendido entre 1900 y 1930 estableció una serie de convenciones visuales, narrativas, sonoras, genéricas e, incluso, ideológicas que configuraron lo que sería el lenguaje clásico o académico del cine. Estos presupuestos supusieron las herramientas con las que construir una obra canónica bajo los estándares del llamado modo de representación institucional (siguiendo a Noël Burch), usado por la maquinaria industrial de los estudios de Hollywood para abastecer a un vasto mercado ávido de productos audiovisuales. Esa línea narrativa ha llegado hasta nuestros días y sigue generando un tipo de cine comercial, más o menos interesante, alejado de las formas estilísticas rupturistas que abandonan lo narrativo y exploran otras posibilidades expresivas.

    Brooklyn, dirigida por el irlandés John Crowley, encaja perfectamente en ese tipo de cine del que estamos hablando. La cinta parte de un guion escrito por el autor inglés nominado al Oscar Nick Hornby, cuyos anteriores libretos (Una educación y Alma salvaje) también contaban con mujeres fuertes como protagonistas. En esta ocasión, adapta la novela homónima escrita en 2009 por el irlandés Colm Toibin. Ambientada en los años 1951 y 1952, la acción se sitúa en el pueblo de Enniscorthy (Irlanda) en el que vive Eilis Lacey (interpretada por Saoirse Ronan) con su hermana mayor (Fiona Glascott) y su madre viuda (Jane Brennan). Empleada en una pequeña tienda de comestibles, en la que tiene que soportar a su estirada y rencorosa jefa Miss Kelly (Brid Brennan), Eilis logra escapar de ese asfixiante y estrecho mundo gracias al apoyo de su hermana y a las conexiones de ésta con un sacerdote irlandés de Nueva York (Jim Broadbent). A su llegada a Estados Unidos, Eilis se instala en Brooklyn en una casa de huéspedes en la que viven otras emigrantes irlandesas. La ciudad y el ambiente en el que Eilis vive y trabaja están retratados sin ningún pundonor. Es una aproximación aséptica, sin texturas, sin capas de conflictividad. Un esbozo que se restringe a pincelar una imagen arquetípica de la época. Es inevitable pensar en referentes melodramáticos como los de Douglas Sirk. Sin embargo, aquellos melodramas realizados por Hollywood en los años cincuenta, a pesar de haber sido rodados en estudio, de las restricciones de censura auto impuestas por la imagen idílica y desarrollada de la América de Eisenhower post II Guerra Mundial, ofrecían más detalle, un tejido social más enredado, una estética tensa bajo la que subyacía el combustible que en los sesenta terminaría por arder. En cambio, la perspectiva que adopta Crowley es la de centrar su mirada en el drama interior de la protagonista, para lo que pasea su cámara una y otra vez por las expresiones que ofrece el rostro de Saoirse Ronan. La pena y la nostalgia que al principio la invaden van desapareciendo a medida que se asienta en la ciudad. Empleada en una sección de unos grandes almacenes y asistente a clases nocturnas de contabilidad, comienza a entablar amistad con las chicas con las que convive en la pensión en la que se hospeda. Una noche saldrá a un baile y conocerá a Tony Fiorello (Emory Cohen) un chico italiano de familia humilde del que se enamorará. Es ahí dónde se inserta el giro que hace avanzar la trama melodramática: tras un trágico suceso, Eilis se ve obligada a volver a su Irlanda natal.

    por José Manuel Jiménez Vilaseco
    diciembre 15, 2015

    Crítica | Brooklyn

    por José Manuel Jiménez Vilaseco | diciembre 15, 2015

    La verdad oculta

    crítica de Circuito cerrado | Closed Circuit, de John Crowley, 2013

    A lo largo de la historia del cine, no pocos han sido los títulos que han puesto en tela de juicio la transparencia del sistema legal y la oscura trastienda de los juicios, en donde los más débiles siempre tienen las de perder. Tal vez haya sido Sidney Lumet el director que mejor cultivó este tipo de cine que denunciaba cómo la corrupción también alcanzaba a los más altos estamentos de la ley, con obras tan célebres como 12 hombres sin piedad (1957) o Veredicto final (1982). Sin embargo, si hay un nombre que haya marcado las pautas del género conocido como thriller judicial en los últimos años, ese es el del escritor estadunidense John Grisham, cuyas novelas han sido adaptadas al cine con gran éxito en títulos como La tapadera (1993), El informe Pelícano (1993) o El cliente (1994). En la misma liga de estos filmes vendría a inscribirse Circuito cerrado (2013), la nueva película de John Crowley, director de la estimable Intermission (2003).

    La historia arranca con un impactante atentado terrorista en un mercado del Reino Unido, donde la explosión de unas bombas acaba con la vida de más de un centenar de personas. Martin y Claudia son los abogados encargados de la difícil papeleta de defender al supuesto terrorista que ha sido encarcelado como principal sospechoso de la masacre. Ambos han mantenido una relación sentimental en el pasado, algo que deberán ocultar al Fiscal General. Se inicia así una ardua investigación por parte de los dos letrados, que también tienen prohibido intercambiar datos confidenciales o comunicarse durante el proceso, al mismo tiempo que cada uno de sus pasos es seguido de cerca por el servicio de inteligencia inglés M15. Como cabe esperar en este tipo de suspense, cuanto más datos van descubriendo, más estrecha se irá haciendo la línea que separa la legalidad de la corrupción. Tanto es así que no tendrán otra salida que desconfiar de todo el mundo si quieren salir vivos de este caso, manteniendo su integridad y lealtad a sus ideas intactas. Dentro del panorama actual del cine de acción en donde la espectacularidad y los efectos especiales parecen haber tomado el timón de las historias, resulta un auténtico placer encontrarnos con un trabajo tan elegante y clásico como este Circuito cerrado que apuesta por una historia interesante, que invita a la reflexión y al debate, dosificando la información de manera inteligente y sin recurrir a forzadas trampas de guión.

    por José Martín León
    enero 08, 2014

    Crítica | Circuito cerrado

    por José Martín León | enero 08, 2014

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