El Greatest Hits de Wan
Crítica ★★★★☆ de «Maligno», de James Wan.
Estados Unidos, 2021. Título original: «Malignant». Dirección: James Wan. Guion: Ingrid Bisu, James Wan, Akela Cooper. Productores: Michael Clear, James Wan. Productoras: Atomic Monster, Boom Entertainment, Boom! Studios, Starlight Culture Entertainment. Distribuidora: Warner Bros., HBO Max. Fotografía: Michael Burgess. Música: Joseph Bishara. Montaje: Kirk M. Morri. Reparto: Annabelle Wallis, George Young, Maddie Hasson, Jake Abel, Jacqueline McKenzie, Michole Briana White, Paul Mabon, Patrick Cox, Rachel Winfree, Paula Marshall. Duración: 111 minutos.
Hace tan solo unos meses, aterrizaba en las salas de cine
Expediente Warren: Obligado por el demonio, tercera entrega de los enfrentamientos con fuerzas oscuras del matrimonio Warren, para la que James Wan, realizador de aquellas dos primeras (y notables) películas que redefinieron el subgénero de entidades demoníacas y sucesos paranormales, se limitó a ejercer las funciones de productor, cediendo la silla de director a un artesano mucho más impersonal como Michael Chaves, que acababa de ganarse la confianza de Warner gracias a las más que aceptables recaudaciones obtenidas por la floja
La llorona (2019). Ni que decir tiene que el cambio se notó –para mal, aunque sin llegar a ser un despropósito como la mayoría de spin-off que conforman el denominado universo Warren– en el resultado final, mucho más desangelado y convencional, carente de esa precisión técnica tan milimétrica o el magistral uso de la cámara con el que el realizador malayo suele regalarnos imágenes que quedan grabadas a fuego en la retina del espectador. Su formidable impronta ha estado, en los últimos tiempos, al servicio de productos tan hipercomerciales y por debajo de su valía artística como
Fast & Furious 7 (2015), donde demostró que sabía dirigir la acción con idéntico virtuosismo del que hace gala en el terror, o
Aquaman (2018), su alocada y pirotécnica incursión en el universo DC, que generó tan espectaculares dividendos en taquilla que ha propiciado que la secuela, de nuevo con Wan al timón, esté a la vuelta de la esquina. Este cambio de rumbo en la carrera de uno de los autores fundamentales del nuevo cine de terror, unido a su negativa de dirigir Expediente Warren: Obligado por el demonio, hizo que sus muchos seguidores temieran estar perdiéndole para el género en el que se había convertido en un maestro. Un temor que se disipa, afortunadamente, con la llegada de
Maligno (2021), una nueva incursión en el horror que ha aterrizado en los cines envuelta en una abrumadora nube de misterio y secretismo. La ausencia de pases de prensa previos y, por consiguiente, de opiniones de la crítica especializada antes del estreno, ha despertado todo tipo de suspicacias acerca de si estaríamos ante la gran tomadura de pelo del director o si, por el contrario, se trataría de una hábil campaña de marketing orquestada para fomentar la curiosidad alrededor del proyecto.
Al mismo tiempo, se evitaría a toda costa la filtración de una posible sorpresa final que, como ya hizo Alfred Hitchcock en su día con
Psicosis (1960), se rogaba al público no descubrir tras su visionado para que quien no hubiera visto la película llegara todo lo virgen posible a la misma. El caso de
Maligno no puede ser más curioso, ya que consigue causar la sensación de estar ante una propuesta original y novedosa, pero si se analiza por partes, se descubre su auténtica naturaleza como habilidoso recopilatorio de los logros alcanzados por su realizador en los grandes hits de su carrera. Muchas de sus imágenes traerán a la memoria de sus fans momentos de sus éxitos anteriores, funcionando la cinta como ese regalo que estos estaban esperando, cargado de homenajes, guiños y bromas privadas que son recibidas con una sonrisa cómplice y esas ganas locas de divertirse con este bien engrasado artefacto con el que su director ha debido pasárselo en grande rodándolo. Efectivamente, no es fácil escribir sobre
Maligno sin destripar ese giro argumental que, en su tercer acto, pone la película patas arriba. Se entiende perfectamente que Wan quiera proteger esa sorpresa sobre la que se sostiene su nueva obra –recordemos que es un experto en este arte, con el impactante desenlace de
Saw (2004) como mejor acreditación al respecto–, y lo mejor que se puede decir sobre esta, cuando llega, es que trasciende más allá del simple golpe de efecto creado para descolocar al espectador en su butaca, dando buenas respuestas a todos los enigmas planteados a lo largo de la trama. Annabelle Wallis, actriz que había incursionado en el universo Warren como protagonista de la primera
Annabelle (John R. Leonetti, 2014), encarna en esta ocasión a Madison, un personaje torturadísimo desde varios frentes. Por una parte, sobrelleva un tercer embarazo complicado (después de haber sufrido dos traumáticos abortos), mientras que soporta las vejaciones de un marido maltratador. Por otra, tras un episodio de violencia de género, comienza a experimentar terroríficas visiones de crímenes que, en principio, parecen fruto de su imaginación, pero que terminan revelándose auténticas –un planteamiento ya desarrollado en otras cintas, como aquella
Los ojos de Laura Mars (Irvin Kershner, 1978) que contó con guion de John Carpenter. La explicación a esta sorprendente facultad/maldición habría que encontrarla en unos espeluznantes acontecimientos vividos durante su niñez que habrían permanecido dormidos en su mente durante años hasta ese instante.
Conviene no desvelar más datos de una historia que sirve para que la estupenda Wallis se luzca encarnando a una de las antiheroínas más atractivas que el género ha dado en los últimos años, un personaje complejo, dotado de inquietantes matices, que la actriz explota con acierto, amoldándose al constante cambio de tono que el filme va sufriendo a lo largo de su metraje. Nada es lo que parece en esta película, ya que cuando parece que está recorriendo lugares comunes ya transitados en el cine de Wan, un nuevo requiebro de guion hace que se tire por tierra cualquier expectativa creada. Estamos, posiblemente, ante la película más delirante y desacomplejada de todas las que su cineasta ha rodado para el género de terror. Un collage tan imperfecto como atrapante, confeccionado a partir de sugestivas piezas de obras anteriores, recicladas para la ocasión con el fin de dar vida a un todo que, sorprendentemente, luce diferente y novedoso. Empieza de una manera intensa, con un prólogo que acontece en un tétrico sanatorio situado al filo de un acantilado, donde un equipo de doctores se enfrenta a un caso del que iremos obteniendo detalles a lo largo de la película, y que podría hacer las delicias del David Cronenberg de su etapa más perturbadora –la de
Cromosoma 3 (1979) o
Scanners (1981). A continuación, será presentada con crudeza la relación abusiva que mantienen Madison y su marido, antes de adentrarse en unos terrenos paranormales típicos de
Expediente Warren o
Insidious –aunque tal vez sean, esta vez, más deudores de fuentes más extremas, como aquella
El ente (Sidney J. Furie, 1982) que tantas pesadillas causó en su día, especialmente entre el público femenino–, con los ingredientes conocidos de aquellas películas (manifestaciones “espectrales”, mucho susto a golpe de sonido estridente, extrañas visiones). Con la llegada de las primeras secuencias de asesinatos, el filme se desliza, no solo hacia unos territorios deudores del giallo más sangriento –tanto las generosas dosis de hemoglobina como la subtrama policial podrían emparentarse fácilmente con
Saw, por lo que es otro terreno que el director conoce y domina– que Dario Argento o Lucio Fulci aplaudirían a rabiar, sin duda, con un asesino de apariencia grotesca, armado con su característica arma punzante.