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    Crítica | Aquaman

    Hijo de la tierra, rey de los mares

    Crítica ★★★ de «Aquaman» (Aquaman, James Wan, Estados Unidos, 2018).

    Estados Unidos. 2018. Título original: Aquaman. Director: James Wan. Guion: David Johnson, Will Beall (Historia: Geoff Johns, James Wan, Will Beall. Personaje: Paul Norris, Mort Weisinger). Productores: Rob Cowan, Peter Safran. Productoras: DC Comics / DC Entertainment / Warner Bros. Fotografía: Don Burgess. Música: Rupert Gregson-Williams. Montaje: Kirk M. Morri. Reparto: Jason Momoa, Amber Heard, Patrick Wilson, Willem Dafoe, Nicole Kidman, Dolph Lundgren, Yahya Abdul-Mateen II, Temuera Morrison.

    El universo extendido de DC continúa expandiéndose, a pesar de los numerosos obstáculos que encuentra en el camino, en la gran pantalla. Es cierto que no todo el mundo comulgó con las aspiraciones autorales de Zack Snyder en sus ambiciosas (y dignas) El hombre de acero (2013) y Batman v. Superman: El amanecer de la Justicia (2016), pero las críticas que recibieron no fueron nada comparables con las masacres a las que se sometieron Escuadrón suicida (David Ayer, 2016) y, sobre todo, Liga de la Justicia (2017), superproducción que sufrió innumerables retoques y descartes en la sala de montaje antes de ser estrenada una versión en la que costaba distinguir la autoría de Snyder en medio de un espectáculo finalmente supervisado por el guionista Joss Whedon, que también añadió escenas de su propia cosecha. Así las cosas, la puesta de largo del equipo de superhéroes reclutados por Bruce Wayne fue un varapalo creativo y financiero para una franquicia que no acababa de encontrar el tono adecuado que su competencia directa, Marvel, sí ha alcanzado en cada película que lleva estrenada. Curiosamente, tuvo que llegar la cinta de orígenes de Wonder Woman (Patty Jenkins, 2017) para lanzar algo de luz sobre el futuro de los héroes DC en el cine. Aquella aventura de estructura clásica y aire añejo –se nota que su fuente de inspiración fue Superman (Richard Donner, 1978)–, protagonizada por una inspirada Gal Gadot, logró la proeza de conquistar a público y crítica y señaló el camino a seguir por títulos venideros, como este Aquaman (2018) que nos ocupa, dirigido por James Wan, toda una institución en el género de terror gracias a sus éxitos con las sagas de Expediente Warren e Insidious que, no obstante, también demostró que sabe dirigir la acción con mucho estilo en Fast & Furious 7 (2015). Está claro que la presencia de un director con personalidad al mando de un proyecto de estas características es fundamental para que el resultado final sea satisfactorio. La cuestión es: ¿Ha conseguido escapar Aquaman de la maldición que parecía pesar sobre DC o, por el contrario, supone un nuevo paso en falso?

    Dejemos las cosas claras desde el comienzo. Esta película no está destinada a sentar cátedra en el género y, a nivel de guion y personajes, no llega a estar a la altura de Wonder Woman, por ejemplo, pero sí tiene algo que la redime del todo y la hace impermeable a las críticas destructivas: su desfachatez y absoluta falta de tomarse a sí misma en serio en ningún momento. James Wan ha hecho lo que ha querido, dentro de las limitaciones creativas que los estudios imponen a este tipo de superproducciones diseñadas para arrasar en taquilla, y le ha quedado una divertida aventura de acción que coquetea con la comedia más gamberra y descerebrada, repleta de chistes malos y situaciones que rozan, sin avergonzarse de ello, lo absurdo, pero que no da tregua al espectador al encadenar una escena espectacular tras otra. “Pon dos barcos en el mar abierto, sin viento ni marea, y, finalmente, se unirán”. Esta cita de Julio Verne que aparece en el prólogo de la cinta, resume a la perfección cómo se conocen en la ciudad costera de Maine, durante una noche de tormenta, la valerosa reina Atlanna y el humilde “guardián del faro” Tom Curry. Fruto del amor que surgió entre la reina de la Atlántida y el humano nació un niño destinado a ser el príncipe mestizo conocido como Aquaman. Uno de los placeres culpables del filme de Wan reside en la oportunidad de disfrutar de Nicole Kidman en el rol más cercano a una heroína de acción que le ha tocado interpretar a lo largo de su carrera, a pesar de que su anunciada escena de lucha esté resuelta como si de un videojuego se tratase. Tanto su personaje como el de Mera (encarnado por Amber Heard), el interés amoroso del protagonista, siguen la línea marcada por Wonder Woman de féminas independientes y fuertes que se rebelan contra la opresión machista (en forma de bodas concertadas que “el destino” les tenía deparadas) para dejarse llevar por el corazón y el amor verdadero. Respecto a Aquaman, ya salió victorioso en su paso por Liga de la Justicia, donde comprobamos que Jason Momoa, efectivamente, parecía nacido para este papel y aquí, de nuevo, entrega una actuación carismática y desenfadada, luciéndose tanto en las estupendas escenas físicas como en los momentos más cómicos (esa sesión de selfies en la taberna), casi todos relacionados con su fuerza bruta y escaso cerebro, así como con su carácter fanfarrón y sobrado.

    «James Wan puede respirar satisfecho. Su Aquaman es una simpatiquísima y más que cumplidora viñeta cinematográfica, que demuestra que este héroe “menor” aún puede tener un largo recorrido en la gran pantalla, al margen de compañeros de Liga más renombrados, pero con peor fortuna a la hora de encontrar su sitio».


    Aquaman ofrece dos horas y cuarto de evasión pura y dura. Una fantasía colorista y exagerada hasta lo kitsch en la que los personajes secundarios apenas tienen tiempo para ser dibujados con contundencia, quedándose en meros esbozos que solo la profesionalidad de sus actores es capaz de defender. Así, el hermanastro sediento de poder al que da vida Patrick Wilson (actor fetiche de Wan) es un villano un tanto plano, con motivaciones que recuerdan demasiado a la conflictiva relación fraternal entre Thor y Loki, pero, aun así resulta bastante más efectivo que el desaprovechado Black Manta, de lejos, la pieza más débil del engranaje. Mejor parados quedan Willem Dafoe y Doplh Lundgren, más que correctos como Vulko, el fiel mentor de Aquaman, y el rey Nereus, respectivamente. Eso sí, a pesar de la saturación de efectos CGI, la cinta ofrece un espectáculo visual de primer orden, donde brilla esa brillante plasmación del universo submarino de Atlantis, plagado de monstruosas criaturas. La expresiva fotografía de Don Burgess consigue planos de enorme belleza, no solo en aquellos pasajes que acontecen en el fondo de los mares, sino también en las incursiones aventureras que tienen lugar en el desierto del Sahara y, sobre todo, en ese pueblo siciliano donde tiene lugar una de las secuencias de acción más brillantes de la función. Set Pieces que recuperan el tono de cine de aventuras añejo que parecía perdido desde los tiempos de Indiana Jones y Allan Quatermain, y que muestran la emocionante búsqueda de los protagonistas del Tridente de Neptuno, custodiado por la temible criatura marina Karathen, que llevaría a Aquaman hasta el trono de Atlantis para así detener esa guerra que los atlanos, cansados de la presencia de buques y submarinos de guerra y la contaminación de basuras en sus aguas (los mensajes antibelicistas y ecologistas son muy palpables), ha declarado a los habitantes de la superficie. James Wan puede respirar satisfecho. Su Aquaman es una simpatiquísima y más que cumplidora viñeta cinematográfica, que demuestra que este héroe “menor” aún puede tener un largo recorrido en la gran pantalla, al margen de compañeros de Liga más renombrados, pero con peor fortuna a la hora de encontrar su sitio, como Superman o Batman. | ★★★ |


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid


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