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    Crítica | Perdidos en París

    El azar y el desencuentro

    Crítica ★★★ de «Perdidos en París», de Dominique Abel y Fiona Gordon.

    Francia, 2016. Título original: Paris pieds nus. Dirección: Dominique Abel, Fiona Gordon. Guion: Dominique Abel, Fiona Gordon. Fotografía: Claire Childeric, Jean-Christophe Leforestier. Reparto: Emmanuelle Riva, Pierre Richard, Dominique Abel, Fiona Gordon, Balla Gagny Diop, Emmy Boissard Paumelle, Philippe Martz, Isabelle de Hertogh, Bruno Romy. Productora: CG Cinéma / Courage Mon Amour / Moteur S'il Vous Plaît. Duración: 83 min.

    El azar es el gran motor detrás de Perdidos en París, filme de 2016 realizado en conjunto por Fiona Gordon y Dominique Abel, habituales protagonistas de sus películas, entre las cuales se destacan Rumba (2008) y El hada (2011). Siempre en clave humorística, la filmografía de esta dupla creativa prioriza los elementos visuales de la puesta en escena —el gag físico, en particular— y se nutre especialmente del cine slapstick de la era muda, con Chaplin y Keaton como principales referentes, y, avanzando en el tiempo, con similitudes hacia la puesta en escena desdramatizada de Tati y la estética fotográfica de Wes Anderson (por la gama de colores, la dirección de arte y los ángulos frontales). A su vez, el marcado interés por los aspectos cómicos y absurdos de las situaciones de la vida cotidiana, es lo que termina justificando cualquier carencia de lógica de un argumento que se desarrolla de manera libre y hasta podría decirse arbitraria, aunque determinados momentos del guion evidencian un gran gran dominio de las técnicas narrativas, particularmente las que implican la manipulación temporal, con situaciones idénticas vistas desde dos perspectivas espacio-temporales distintas. Así, a través de un sencillo guion en el cual las coincidencias cobran cada vez mayor relevancia, el filme se sustenta en una decisión autoral que adquiere su estatus propio y original gracias a un registro desapegado desde lo emocional y en clave de comedia absurda que encaja a la perfección con lo que se narra. A esto se le suman, claro está, las sólidas caracterizaciones de Fiona (Fiona Gordon), una ingenua, simpática y algo solitaria joven canadiense que viaja a París para encontrar a su tía, y de Dom (Dominique Abel), un vagabundo sin escrúpulos que, sin quererlo, se convierte en su compañero de aventuras.

    El detonante de la historia sucede cuando la protagonista recibe una carta de su tía Martha (la mítica Emmanuele Riva, fallecida en 2017), en la cual le pide su ayuda para evitar que la trasladen a un centro geriátrico, por lo que Fiona debe viajar desde su remoto y frío pueblo de Canadá hacia la urbe parisina, con el objetivo de localizarla. De aquí en adelante, una serie de malentendidos y bastante mala fortuna llevan a los personajes a desencontrarse en más de una ocasión, siendo esos mismos desencuentros la razón de ser de un argumento que siempre encuentra una justificación cómica para seguir adelante —y salir airoso en cada ocasión. De este modo, el largometraje cuenta con varias escenas que logran su cometido risible, destacando especialmente una secuencia que comienza, como es costumbre en este tipo de películas, debido a una equivocación, la cual lleva a la pareja protagonista a atravesar todo tipo de situaciones extravagantes en el contexto de un funeral. Y si bien las esperanzas de Fiona por dar con el paradero de su tía nunca se desvanecen, con el correr de las escenas aflora un conflicto interior más ligado a su soledad y a la búsqueda de compañía que relacionado al objetivo visible y aparente. Así, el núcleo temático gira en torno a la sensación de perdida y soledad, pero considerado desde varios enfoques en simultáneo: Fiona quiere encontrar a su tía, pero también se busca a sí misma, y tanto ella como Dom, se ven inmersos en el sinsentido de la cotidianidad, solos y perdidos entre un mar de rostros desconocidos.

    | GOOD FILMS |

    Así, el núcleo temático del filme gira en torno a la sensación de perdida y soledad, pero considerado desde varios enfoques en simultáneo: Fiona quiere encontrar a su tía, pero también se busca a sí misma, y tanto ella como Dom, se ven inmersos en el sinsentido de la cotidianidad, solos y perdidos entre un mar de rostros desconocidos. 


    Provenientes del mundo del teatro, Gordon y Abel demuestran un talento innato para entretener y mantener el foco de atención en detalles comúnmente soslayados por el cine (por ejemplo, la batalla a muerte de Dom por hacerse de un morrón que será su almuerzo), incluso sin depender exclusivamente de las palabras, aunque también aprovechan la especificidad del medio fílmico para explorar las infinitas posibilidades de generar sorpresa que brinda la concatenación de elementos dispares en la sala de montaje, sumando la utilización de diálogos visiblemente artificiales que constantemente nos recuerdan la presencia de la cuarta pared. En sintonía con esta propuesta de dirección, las escenas suelen desarrollarse en espacios abiertos, dando libertad a los actores para improvisar y mostrar sus habilidades cómicas utilizando su cuerpo (y sus gestos). En ese sentido, resulta lógica y acertada la preeminencia de planos abiertos y la casi nula inclusión de planos detalle, decisión que se relaciona con el tipo de representación teatral clásica, donde es el actor, y no el director o la cámara, quien determina cuales serán los puntos de atención de la escena. Sin embargo, este dispositivo evidencia un problema, que se acentúa al llegar a la mitad de metraje, y tiene que ver con la identificación emocional del espectador con respecto a lo que sucede en pantalla. Un ejemplo que viene al caso es el de Chaplin, director que a pesar de haber pasado a la historia como un maestro de la comedia, en sus obras supo conjugar lo trivial con lo profundo, siendo el acercamiento al rostro de los actores uno de sus recursos más recordados.

    El primer plano, entonces, se entromete —como un elemento extraño— en el devenir del mundo absurdo y nos obliga como espectadores a involucrarnos emocionalmente con los pesares y las angustias de los personajes. De un modo opuesto, Perdidos en París se enfoca demasiado en los elementos azarosos y arbitrarios de la cotidianidad como disparador humorístico, lo que produce un distanciamiento que, sobre el final, hace que se pierda de vista que lo que recordamos de un filme, sea del género que sea, es aquello que nos invita a participar y nos conmueve, y que, en mayor medida, una lograda escena de gags físicos o un chiste, son elementos que rápidamente pueden esfumarse de nuestra memoria. Resta decir que en el panorama cinematográfico actual, una película como la que nos entregan Gordon y Abel es, a pesar de algunos puntos flojos, un hallazgo y una gran oportunidad para revitalizar un subgénero (slapstick comedy) que tras la llegada del —mal llamado— cine sonoro, sufrió una angustiosa e injusta decadencia, permaneciendo, como una sombra, fuera del registro del cine, tanto comercial como independiente. A su vez, en manos de esta dupla de cineastas, el tono cómico y burlesco se conjuga perfectamente con el cine autoral y de riesgo, dando como resultado un honesto y nada pretencioso relato sobre el amor, la fragilidad de la vida y la soledad. Por otra parte, el filme reflexiona sobre algunas cuestiones de relevancia actual como la fractura del entramado social, el individualismo y la falta de empatía general para con los demás, lo que tratado en un registro cómico y deshumanizado le otorga a las escenas un gran poder sugestivo.


    Hernán Touzón
    © Revista EAM / Barcelona


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