Alimentar la mente
Crónica número VII de la 65ª edición del Festival de San Sebastián.
Hay quien piensa que ver muchas películas en un solo día, una detrás de otra, impide el adecuado disfrute de cada una de ellas, o incluso que no se logrará una proporcionada comprensión de las mismas tal que si se tratara de una tarea titánica, algo así como leerse la obra completa de Kant de una sola sentada. Y ya que traemos a colación la lectura, también se opina que sucede de igual manera con los libros: no hay que atiborrarse, hay que mantener un lapso de tiempo prudencial entre uno y otro para que puedan dejar poso en nuestro cerebro. Lewis Carroll, en su conferencia impartida en el año 1884 titulada
Alimentar la mente (
Feeding the Mind), publicada póstumamente en 1907, afirmaba que era menester dar alimento a nuestra mente tal que si se tratase de nuestro cuerpo. Esto es, con cuidado de no pillar una indigestión, dando espacio a las comidas para que estas no se confundieran en nuestro estómago y que pudiéramos saborearlas en todo su esplendor. Y aunque admiramos a Carroll, aquí le llevamos con el más grande amor posible la contraria. Porque todo no es sino una cuestión de costumbre, de adecuación y apetencia del gusto. Si hay quien puede pasar semanas y semanas frente al televisor deglutiendo cualquier cosa que le echen por el gaznate, ¿por qué no puede uno estar el mismo número de horas ante una pantalla pero seleccionando qué quiere ver? Pueden ser películas o puede tratarse de libros, pero los amantes del cine y de la lectura jamás hallarán empacho en hacer aquello que más les seduce sin cansarse. Ya llegará el momento de dormir y descansar. Pero mientras tanto, hagamos lo que más deseemos cuanto más podamos, porque la vida es corta y pocas posibilidades nos ofrece de disfrutar sin fin. Todo lo bueno se acaba, nos dicen. Por eso, hagámoslo durar como si el mañana no existiera.