José Sacristán consiguió su primer Goya por 'El muerto y ser feliz'.
Los Goya contra los recortes. Con esta banderola en las redes sociales comenzaba la vigésimo séptimo edición de unos premios tan cansinos como previsibles. Una vez más, una tediosa gala, dirigida con muy poco tino por Eva Hache, daba lugar a un sinfín de errores, discursos vacíos y galardones innecesarios. Tan sólo los momentos protagonizados por los chicos de
La hora chanante, Candela Peña y Juan Antonio Bayona aportaron algo de lucidez. Si algunas nominaciones daban grima – especialmente en los apartados de guión –, mucho peor fue el desarrollo de un evento que tuvo varios momentos de vergüenza ajena. Está claro, los académicos ven tanto cine como niegan el haber recibido subvenciones. Una prueba de ello es la categoría foránea. Qué
‘Intocable’ se lleve el Goya por delante de filmes como ‘En la casa’ o ‘Amour’ demuestra que alguien no ha hecho sus deberes. Mucho peor fue el fallo que dio como ganador a Pablo Cervantes (Los niños salvajes) como autor de la mejor canción. El equipo de la película marchaba raudo y feliz por la escalinata hasta que fue parado en seco al anunciarse que todo era un error. La efigie era para Pablo Berger y Juan Gómez Chicuelo (‘Blancanieves’), la platea y el espectador, perplejos. Pero ¿Cuántos sobres hay? Corbacho podría haber improvisado un par de chistes al respecto. De un Goya que no fue a otros con mucho mérito.
‘Blancanieves’ obtuvo diez, más que merecidos aunque el premio a mejor director para
Juan Antonio Bayona (por ‘Lo imposible’) diera sensación de ecuanimidad. La cinta de Berger ha sido la mejor del año. Punto. El cine es mucho más que recaudar dinero. Este aspecto es necesario, como indicó Bayona en un acertado discurso, pero en la elección de cuál era la mejor película no había color. ‘Blancanieves’, ‘Lo imposible’, ‘Grupo 7’… han dado uno de los mejores años al cine español. No hace falta una gala para remarcarlo. Y si se hace, debe ser con otro modelo. Este hace tiempo que caducó.