Introduce tu búsqueda

Seminci 2026
FICX Imatge Permanent
  • Cine Alemán Siglo XXI
    Mostrando entradas con la etiqueta Emiliano Torres. Mostrar todas las entradas
    Emiliano Torres
    Emiliano Torres

    El viejo, el joven, el viento

    Crítica ★★★ de El invierno (Emiliano Torres, Argentina, 2016).

    De Friedrich a Malick, existe una amplia la colección de apologetas de la pérdida trascendente del ego ante lo salvaje. La idea de dejarse arrebatar por la inmensidad del paisaje natural es romanticismo puro, pero no olvidemos que esta corriente estética alberga en su núcleo una contradicción: el deseo de comunión con lo salvaje es formulado por el hombre que habita la civilización. Esto es, la atracción por lo arrebatado, lo irracional, surge por el rechazo a (y desde) un mundo ordenado y racional. El panteísmo es un invento mundano. Ahora bien, probemos a revertir el concepto. La permeación del paisaje en el alma no como bendición, sino como maldición. Esta es la condena del hombre que, al revertir su proceso de civilización y habitar lo salvaje, se expone a ser engullido por su vastedad. En la agreste Patagonia en la que transcurre El invierno, el viento continuo que sopla durante todo su metraje cobra resonancias muy relevantes como elemento que barre de forma incansable cualquier intento de raigambre. Vegetal o humana. El primer protagonista de la cinta es un viejo capataz que lleva décadas trabajando solo en un rancho situado en el inhóspito paraje. Cuando es despedido por el propietario, su soledad absoluta termina de quedar en evidencia: ya no es capaz de replantar sus raíces perdidas. Las inclemencias de una naturaleza desatada le han vaciado de identidad hasta convertirlo en un mero elemento superviviente del paisaje. Cortada su convivencia con él, el vacío es total. Un plano en el que el anciano mira a un viejo barco oxidado en dique seco remata el paralelismo. Una vez regurgitado por la lógica de mercado (que es capaz incluso de llegar a rincones tan remotos y es tan inhumana como ellos), no es más que una pieza de chatarra maltratada por los elementos.

    El segundo protagonista, un joven que es nombrado nuevo capataz, aparece antes de serlo como trabajador temporero de la esquila a las órdenes del viejo, durante el verano. Este último muestra una fascinación inicial por el joven que, como se comprueba pronto, es más bien identificación. Porque el joven, una vez contratado para sustituir al anciano y encargarse del rancho durante el duro invierno, empieza a ser víctima de la misma erosión asoladora legible en el rostro del anterior. Sus lazos con su familia desaparecen gradualmente, hasta que una escena (previa al cierre circular en el que vuelve el verano y que remata la película) culmina su disolución en el paisaje: la nieve y la niebla forman un manto de blanco uniforme que empequeñece su figura hasta sepultarla. Esta cuestión de la sucesión generacional entre el viejo y el joven hace incluso plantearse la linealidad temporal. ¿Hay un verdadero avance cuando todos los elementos del cuadro, humanos y paisajistas, apuntan más bien a una repetición circular? El paisaje es un páramo inmutable a las marcas de cambio y las estaciones, como los desarraigos de los dos protagonistas, son un ciclo cerrado. De modo que, dentro de la lógica que dicta este escenario omnipotente (más determinante que la propia lógica narrativa), el joven y el viejo bien pueden ser la representación de dos momentos vitales de una misma persona. Dos figuras estériles que, sin capacidad de engendrar un futuro (y con sus raíces barridas por el viento, como decíamos) , no pueden más que alimentar el eterno retorno de un presente infinito como el horizonte plano y nevado. Si nos terminamos de poner metafísicos, incluso la deriva más explícita que la cinta hace hacia los códigos del western en su ecuador tiene tanto de duelo entre dos como de lucha interior.

    por Miguel Muñoz Garnica
    julio 27, 2017

    Crítica | El invierno

    por Miguel Muñoz Garnica | julio 27, 2017

    Surfeando el celuloide

    Crónica de la sexta jornada de la 64ª edición del Festival de San Sebastián.

    Sexta jornada ya del 64 Festival Internacional de Cine de San Sebastián y seguimos inundando nuestras pupilas de sueños e historias que nos han traído emoción y polémica, división de opiniones y grandes nombres del cine. Este año han desfilado por la Zurriola un actor con aroma a clásico, Ethan Hawke, y una actriz que ya lo es, la gran Sigourney Weaver, la cual llegaba ayer mismo levantando una expectación y una admiración equiparables a la que pocos días antes había provocado su compañero a la hora de recibir los Premios Donostia de este año, galardones otorgados como reconocimiento a toda una carrera, si bien las de nuestros dos protagonistas aún distan mucho de llegar a su fin. Una brillante manera de combinar con esta elección todo el glamour del viejo Hollywood con una calidad y categoría artísticas indiscutibles. Si las diatribas más importantes se han centrado en la necesidad o no de mostrar escenas explícitas hasta la brutalidad o lo pornográfico, y en si es bueno o contraproducente que se generen estos debates en el seno del Festival, hay algunas más pequeñas, casi invisibles, pero que afectan de manera importante a los espectadores más sufridos y silenciosos, aquellos que no gustan de dar su opinión en voz alta aunque en algún momento no pueden contenerse y dejan oír su tembloroso sonido en las salas reclamando un poquito de comprensión. Porque, ay, esa altura a la que quedan en algunas ocasiones los subtitulados electrónicos de las películas son un pequeño infierno. Espectadores removiéndose en sus butacas buscando la posición a veces imposible desde la que poder leerlos sin problemas, levantándose a mitad de proyección para cambiarse de sitio porque desde donde están no hay manera de verlos o rezando al momento de sentarse para que el más alto o el más melenudo de la sala, tampoco tienen ellos la culpa de serlo, claro está, no se siente justo delante. Una molestia menor pero no baladí que se compensa con el entregado trabajo del personal de los cines, siempre amable y dispuesto a responder cualquier pregunta y solventar la más mínima duda con una sonrisa y eso que somos conscientes de que algunas de ellas deben de llegar a sus oídos cientos de veces al día, de igual forma a quien durante toda la jornada nos atiende con los tickets y las entradas que temerosos de que se hayan agotado pedimos en las taquillas y en las mesas del Kursaal. También a todo ese equipo que se preocupa de que las películas estén listas justo a su hora sin que haya un minuto de retraso y que todo se encuentre en orden para que podamos disfrutar de las proyecciones. Sirvan estas líneas como un pequeño aplauso a esas personas que realizan el trabajo más oscuro del Festival, aquel del que casi nadie habla o tiene en cuenta en sus discusiones cinéfilas, pero que si no estuvieran ahí… ¿de qué demonios íbamos a polemizar? Todos compartimos estos días que pasarán como una ensoñación, todos surfeando las olas de celuloide del Festival. (J.L. Forte).

    por EAM
    septiembre 22, 2016

    Festival de San Sebastián 2016 | Día 6. Críticas: El invierno, Jesús, Snowden & Rara

    por EAM | septiembre 22, 2016

    Estrenos

    Lady Nazca

    Circuito

    la residencia
    PUBLICIDAD
    FestivalScope
    PUBLICIDAD

    Streaming

    Suscripción