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    Craig Gillespie
    Craig Gillespie
    || Críticas | ★★★☆☆
    Supergirl
    Craig Gillespie
    La antiheroína que llegó de Krypton


    José Martín León
    Telde (Las Palmas) |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2026. Título original: Supergirl. Dirección: Craig Gillespie. Guion:Ana Nogueira. Cómic: Tom King. Personajes: DC Comics. Producción: James Gunn, Peter Safran. Productoras: DC Comics, DC Entertainment, Warner Bros., DC Studios, The Safran Company, Troll Court Entertainment. Distribuidora: Warner Bros. Fotografía: Rob Hardy. Música: Claudia Sarne. Montaje: Fred Raskin, Tatiana S. Riegel. Reparto: Milly Alcock, Eve Ridley, Matthias Schoenaerts, Jason Momoa, David Corenswet.

    Liga de la justicia (Josh Whedon, Zack Snyder, 2017) supuso un punto de inflexión dentro del DCEU. Una obra problemática, mutilada en la sala de montaje, cuyos costos se elevaron por encima de los 300 millones de dólares, pasando de las manos del personalísimo Snyder a las de Whedon. Este último acabaría entregando una película muy diferente, más descafeinada y rutinaria que lo rodado por el director de Watchmen (2009), un montaje de cuatro horas que, finalmente, pudo ver la luz en HBO Max y que mejoraba muchísimo lo que vimos estrenado en las salas de cine. Aquella experiencia traumática, abortó una nueva secuela de El hombre de acero (Zack Snyder, 2013) y Batman v. Superman: El amanecer de la justicia (Zack Snyder, 2016), las cuales cuentan con legiones de fans, pero, también, con ruidosos haters. Muchos se echaron las manos a la cabeza ante el anuncio de que Henry Cavill no volvería a enfundarse la capa roja del icónico personaje, siendo el menos conocido David Corenswet el actor elegido para tomar su relevo en un nuevo reinicio del universo DC, promovido por un James Gunn que venía de traerle muchas alegrías a la competencia, Marvel, gracias a su exitosa trilogía de Guardianes de la Galaxia, y de rodar para DC la divertidísima El escuadrón suicida (2021). Lo cierto es que su Superman (2025) resultó siendo una sorpresa de lo más agradable, un blockbuster en el que todos sus ingredientes encajaban con una perfección pasmosa. Corenswet fue un Superman carismático y su química con Rachel Brosnahan, en el papel de Lois Lane, era total. Nicholas Hoult fue un magnífico Lex Luthor y la combinación de espectaculares efectos especiales y el humor típico de Gunn, marca Guardianes de la Galaxia, con canciones emblemáticas acompañando las secuencias de acción, funcionó de maravilla. Sin arrasar en taquilla, fue un éxito suficiente que, unido a las críticas, mayoritariamente positivas, han hecho que se esperen cosas interesantes de esta nueva etapa del universo cinematográfico de DC. La segunda piedra de este ambicioso proyecto es Supergirl (2026), la puesta de largo de la prima del superhéroe de Krypton, que ya tuvo una breve aparición en la cinta de Gunn, generando verdadera expectación.

    No es la primera vez que el personaje de Kara Zor-El aparece en la gran pantalla. En los 80 conoció una desangelada adaptación, Supergirl ( Jeannot Szwarc, 1984), surgida como spin-off de la saga de Superman, que triunfaba en aquellos años con Christopher Reeve en el papel. Pese a contar con estrellas veteranas como Faye Dunaway, Mia Farrow o Peter O`Toole en su reparto, la cinta fue un fracaso a todos los niveles, por mucho que los años la hayan colocado en una posición de placer culpable nostálgico. Helen Slater fue la única que se salvó de la quema, y ahora es Milly Alcock quien hereda tan icónico papel, pero dándole unos matices radicalmente distintos a esa dulzura e ingenuidad que aportó Slater. La suya es una Kara mucho más caótica y rebelde, una veinteañera que había sobrevivido a la destrucción de su planeta, viendo cómo su familia perecía, al ser enviada al planeta Tierra con 14 años, donde nunca se sintió integrada (como sí lo estuvo su primo Clark, quien tuvo la suerte de criarse bajo el calor familiar de los Kent). Alcock está francamente bien, aportando no pocas dosis de comicidad (su gusto por la fiesta y el alcohol no son propios de una superheroína), y resultando muy convincente a la hora de mostrar, tanto sus dudas y debilidades, como, finalmente, su valor y determinación. Ella, al igual que Slater en la versión de 1984, vuelve a ser lo mejor de la función. ¿Quiere esto decir que estamos ante un nuevo desastre como aquel de Jeannot Szwarc? En absoluto, pero sí es cierto que, después de la gozada que fue el Superman de 2025, todos esperábamos más de este spin-off, que venía avalado por James Gunn en la producción. Hay varios factores que impiden que esta Supergirl sea ese éxito que redima a las heroínas de cómics, ya que, a excepción de la primera Wonder Woman (Patty Jenkins, 2017), ninguna conseguía triunfar con contundencia en su salto a la pantalla como protagonista en solitario. Empezando por el guion de Ana Nogueira, que adapta la aclamada miniserie de cómics Supergirl: La mujer del mañana, de manera un tanto errática, ya que debería haber sido una poderosa historia "de orígenes", pero fracasa estrepitosamente a la hora de brindarle a la protagonista una primera gran misión de verdadero alcance.

    Lo que cuenta es el mil veces visto relato de antihéroe (en este caso, chica) frío y distante, que termina enterneciéndose por la presencia de una niña que busca venganza contra quienes acabaron con su familia (algo en lo que Kara se podía ver fácilmente identificada) y la ayuda a consumarla. Si no hay nada que objetar sobre el acierto de casting que es Milly, hay que reconocer que Eve Ridley no consigue estar a la altura en su rol de la joven Ruthye, lo que supone un auténtico escollo, ya que es prácticamente la otra gran protagonista de la historia. Su actuación es floja y no se logra la química exigida con su compañera, algo que provoca que al espectador le termine importando bien poco su destino final. En realidad, lo que de verdad importa en toda la trama es que Kara encuentre el antídoro para curar a Krypto (el adorable superperro que fuese uno de los platos fuertes del anterior Superman), después de que este haya sido alcanzado por un dardo envenenado por el villano de la función. Y hablando del villano, he aquí otro de los "problemas" del filme, ya que este no tiene mucha más envergadura que cualquiera de los esbirros encuerados que le hacían la vida imposible a Tom Hardy en Mad Max: Fury Road (George Miller, 2015). Por mucho que tras este Krem de las Colinas Amarillas, el líder de una banda de piratas especiales que trafica con mujeres (las coincidencias con la saga de Max no se detienen en lo estético), esté un actorazo como Matthias Schoenaerts, no implica que este encuentre momentos de gran lucimiento o resulte verdaderamente amenazador. Así las cosas, con el lastre de una coprotagonista poco carismática y un villano poco menos que olvidable, Supergirl trata de salir a flote (y, más o menos, lo consigue) a base de recurrir a ingredientes que han funcionado en otros títulos y acumular el suficiente número de peripecias, peleas y secuencias de acción para que el viaje (escueto, bastante por debajo de las dos horas, lo que se agradece) resulte, al menos, entretenido. El humor, marca de Gunn, está presente, aunque menos que en Superman, todo hay que decirlo. Al tratarse de una historia que se desarrolla, en su mayor parte, fuera de nuestro planeta, ese aire de aventura espacial, macarra y divertidilla, tiene resonancias, como no podía ser de otra forma, de Guardianes de la Galaxia, de quien, una vez más, se toma prestado el recurso de acumular canciones pegadizas para acompañar sus momentos de más frenesí.

    Siendo objetivo con las debilidades de la película (son evidentes, están a la vista de todos), desde su guion perezoso a la falta de personalidad de un director como Craig Gillespie, que, no obstante, ha realizado cosas tan interesantes como Lars y una chica de verdad (2007) o Yo, Tonya (2017), pasando por una estética más oscura que la de Superman, lo que termina acercándose, al menos en lo visual, más al cine de Zack Snyder, del que parecía que el nuevo rumbo de DC quería huir, sería injusto no reconocer que no me lo he pasado mal con Supergirl. Pese a tratarse de una superproducción de unos 170 millones de dólares, hay algo en lo poco que se toma en serio a sí misma (y a su heroína) que produce una inevitable simpatía. La misma que provoca Jason Momoa en su acertada encarnación del cazarrecompensas intergaláctico Lobo, un antihéroe que eleva el nivel de diversión en cada aparición, pidiendo a gritos película propia. Hay un sabor a pastiche de ciencia ficción de serie B, con no pocas escenas que parecen querer funcionar como guiños u homenajes a clásicos del género, desde una taberna llena de seres alienígenas de todo tipo, evocando a la de Star Wars: Episodio IV: Una Nueva Esperanza (George Lucas, 1977), a otro momento en el que Kara se enfunda un traje de astronauta, al más puro estilo de la Teniente Ripley en Alien, el 8º pasajero (Ridley Scott, 1979), pero sin streptease. Incluso diría que bebe del maestro John Carpenter en la forma episódica con la que muestra la misión de nuestra cínica y marginada Kara, en su búsqueda de la venganza por paisajes desérticos y hostiles, poblados de personajes peligrosos, casi retrotrayéndonos a 1997: Rescate en Nueva York" (1981) o la menos reconocida (pero igual de disfrutable) Fantasmas de Marte (2001). Todas estas influencias, buscadas o casuales, no justifican la validez de la película, por sí solas, pero sí contribuyen a que, si amas el género, este sea un espectáculo, al menos, atractivo. Las escenas de acción están, por lo general, bien rodadas, como aquella del asalto en el bar interestelar, si bien el clímax final, con el enfrentamiento de Supergirl con Krem, merecía algo mucho más épico (aunque se salda de manera controvertida y valiente). Los flashbacks acerca de lo que sucedió con Krypton en el pasado, aunque ya lo conocemos por otras películas, ayudan a que el espectador entienda de dónde viene el carácter difícil de la protagonista, añadiendo dramatismo a su historia "personal", correctamente respaldada por David Corenswet, que regresa brevemente como Superman para apoyar a su prima. No cambiará las reglas del género, ya que le ha faltado ambición para hacerlo (ni escenas postcréditos tiene), pero no me ha parecido un tropiezo tan insalvable como para tirar por tierra un proyecto que aún tiene mucho que ofrecer en el futuro, y esperemos que Milly Alcock siga formando parte de él. ♦


    por José Martín León
    junio 30, 2026

    Crítica | Supergirl

    por José Martín León | junio 30, 2026
    || Críticas | ★★☆☆☆
    Golpe a Wall Street
    Craig Gillespie
    Incitación al canibalismo


    Rubén Téllez Brotons
    Madrid |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2023. Título original: Dumb Money. Dirección: Craig Gillespie. Guion: Rebecca Angelo, Lauren Schuker Blum, Ben Mezrich. Libro: Ben Mezrich. Música: Will Bates. Fotografía: Nicolas Karakatsanis. Reparto: Paul Dano, Pete Davison, Vincent D´Onofrio, America Ferrera, Nick Offerman, Anthony Ramos, Sebastian Stan, Shailene Woodley, Seth Rogen.

    Una glosa al capitalismo rimada a base de medias verdades y cortinas de humo, eso es lo que filma Craig Gillespie en Golpe a Wall Street, adaptación del libro de Ben Mezrich. La película cuenta la historia real de Keith Gill (Paul Dano), un youtuber de medio pelo que lleva una vida bastante complicada: anda muy justo de dinero debido a la crisis provocada por la pandemia; nunca ha podido tener un trabajo de larga duración en su campo —la inversión en bolsa—, puesto que se graduó un año después de que estallara la crisis financiera de 2008; vive de forma muy precaria con su mujer (Shailene Woodley) y su hija recién nacida; intenta ayudar a su hermano (Pete Davison) —que, por corto de miras, está condenado a obtener los empleos más duros y peor pagados— a salir adelante; y lleva tatuado en la mirada el dolor ocasionado por la reciente muerte de su hermana a causa del COVID. En su tiempo libre, se dedica a hacer vídeos en los que «asesora» a los internautas en lo que a compra-venta de acciones se refiere. Así, el día que decida apostar en contra de Wall Street comprando acciones de una empresa de videojuegos que roza la quiebra, miles de personas seguirán sus pasos y pondrán de rodillas, durante un breve periodo de tiempo, a algunos de los brókeres más ricos del país.

    En El lobo de Wall Street, Scorsese componía una sátira sobre el capitalismo y sus consecuencias colocando al espectador en la posición, fuertemente subjetiva, de un protagonista despreciable que ejercía de guía en un caprichoso bosque de drogas, prostitución y demás delitos, que, como era de esperar, no tenía salida alguna. La cámara se movía frenética entre cuerpos sudados de gula y obligaba al respetable a sentir en sus propias carnes los delirantes excesos de Jordan Belfort. En la última escena, el director se distanciaba de DiCaprio para mostrar cómo, envejecido y solo, daba clases de marketing a un grupo de personas que ansiaban convertirse en él y que perfectamente podrían ser el reflejo de algún espectador que, deseoso de llevar una vida como la del protagonista, había acudido al cine para dejarse empalagar por el aroma del dinero. Que actualmente haya muchos «cripto-bros» que, además de haber elevado a Belfort al altar de los dioses, utilizan escenas de El lobo de Wall Street para explicar cómo debe ser un «hombre de negocios», no es sino la confirmación de que muchos no entendieron cuáles eran las intenciones de Scorsese: dejar en evidencia a un sistema económico profundamente desigual e injusto y demostrar, al mismo tiempo, que Balzac no se equivocó al afirmar que «detrás de toda gran fortuna hay un crimen escondido».

    Muy diferente es la tesis que Craig Gillespie desarrolla en Golpe a Wall Street. A simple vista, la idea de la película es convertir en imágenes las palabras de Ben Mezrich, otorgarle una estructura dramática ascendente y construir unos personajes complejos que, motivados por el deseo de conseguir sus objetivos, inicien un camino del héroe que les permita tener un arco de transformación. Hacer, en definitiva, una obra correcta, entretenida. Nada más lejos de la realidad, la película pronto se desvela como un panfleto camuflado en favor del capitalismo pureta, «el de verdad», ese que, en palabras del protagonista, «permite que cualquier persona del mundo, venga de donde venga, pueda hacerse rico a base de trabajo duro». La cinta se presenta ante la mirada atónita del espectador como el paradigma del sesgo del superviviente: convierte un hecho aislado, fortuito y prácticamente irrepetible —que personas de clase trabajadora, endeudadas hasta la asfixia, consigan salir del pozo siguiendo los consejos bursátiles de un tío de Internet— en el «claro ejemplo» de que el sistema yanqui funciona, ignorando y silenciando, en el proceso, a los cientos de miles de personas que pierden su dinero a diario por creerse, por pura desesperación, las mentiras de falsos gurús del mercado que únicamente buscan alimentar su propio bolsillo.

    El póster promocional reza «cuando Wall Street manipuló el juego, él lo cambió». La sinopsis, por su parte, vende la película como la historia definitiva de David contra Goliat. La tesis de Craig Gillespie es que los grandes brókeres de Wall Street han truncado el mercado para evitar que el resto de la población también pueda hacer fortuna aprovechándose de la desgracia ajena. Para el director, las crisis económicas no son cíclicas, sino producto de la excesiva avaricia de los grandes empresarios; el monopolio del poder por parte de unas cuantas familias que controlan el flujo del dinero es un problema tangencial del sistema, no estructural; el hecho de que un hombre pueda derribar una de sus mansiones para construirse una pista de tenis mientras, en el mismo país, una joven tiene que pedir multitud de créditos bancarios para poder pagar la universidad es parte del sistema meritocrático que estratifica, con justicia, la sociedad. Las personas, en consecuencia, son sólo una estadística cuando lo que está en juego es el dinero de los ricos. Si moralmente la película es más que cuestionable, formalmente no se queda muy atrás. La acción avanza entre diálogos plúmbeos y huecos sobre el funcionamiento de la bolsa; su humor consiste en caricaturizar al personaje de Davison hasta convertirlo en una parodia y la puesta en escena carece completamente de ideas. No deja de ser curioso imaginar cuántos «cripto-bros» ensalzarán esta glosa capitalista, sobre todo teniendo en cuenta lo que hicieron con la cinta de Scorsese, que, además de tener un discurso completamente heterodoxo, por anticapitalista, estaba narrada muchísimo mejor.


    por Rubén Téllez Brotons
    octubre 06, 2023

    Crítica | Golpe a Wall Street

    por Rubén Téllez Brotons | octubre 06, 2023

    Alguien a quien odiar

    Crítica ★★★★ de Yo, Tonya (I, Tonya, Craig Gillespie, Estados Unidos, 2017).

    La historia de Tonya Harding podría ser una de tantas que ejemplifican el significado del Sueño Americano con absoluta claridad. La de una humilde campesina de Oregón que, a base de constancia y esfuerzo, se convirtió en toda una campeona del patinaje artístico, siendo especialmente reconocida por ser la segunda mujer (y primera estadounidense) en realizar un triple axel completo durante una competición. Sin embargo, ya sabemos la crueldad con la que la sociedad americana trata a sus celebridades, encumbrándolas primero a lo más alto para, a continuación, hundirlas en el más absoluto de los olvidos. Esta circunstancia se cumple en el caso de Harding, ya que tuvo que pagar un alto peaje por un desafortunado “incidente” que la alejó de este deporte para el resto de sus días e hizo que su nombre quedara para siempre ligado al violento ataque sufrido por su contrincante en el Campeonato estadounidense de 1994, Nancy Kerrigan, presuntamente orquestado por su, por aquel entonces, marido Jeff Gillooly, en colaboración con otros dos hombres. Multitud de triunfos profesionales y unas cualidades deportivas fuera de toda duda, quedaron así opacadas para siempre por la sombra de la duda de su posible implicación en un hecho vergonzoso que acaparó horas de televisión y cientos de portadas de la prensa más sensacionalista. Era solo cuestión de tiempo que el cine le dedicara su propia biografía filmada a una de las figuras más controvertidas y polémicas de la Historia del deporte norteamericano y, del mismo modo que la personalidad de Tonya está llena de claroscuros, la película que nos relata sus hazañas no se queda atrás en ambigüedad y, por qué no decirlo, locura. En unos tiempos en los que nos invade gran cantidad de biopics tan académicos como aburridamente convencionales –el propio Craig Gillespie ha facturado algunos de ellos, como las disneyanas El chico del millón de dólares (2014) y La hora decisiva (2016)–, hay que agradecerle al director de Lars y una chica de verdad (2007) y a su guionista Steven Rogers la brillantez y creatividad con la que ha abordado esta Yo, Tonya (2017) que ha ofrecido a Margot Robbie la ocasión de consolidarse como gran actriz.

    La película realiza un recorrido por la vida y milagros de Tonya desde su más tierna infancia, mostrándonos a una niña maltratada física y psicológicamente por una madre fría e incapaz de demostrar cualquier tipo de amor hacia su hija, empeñándose en hacer de ella una campeona olímpica, explotándola hasta la extenuación y sometiéndola a una durísima disciplina. De este modo, entenderemos un poco mejor la problemática personalidad de la protagonista, acostumbrada a convivir con los insultos y los golpes toda su vida, primero a manos de su madre y, luego, por parte de su irascible marido. Para ella el "amor" siempre ha estado unido a la violencia. Yo, Tonya nos habla de una mujer a la que la fama le llega, de la noche a la mañana, convirtiéndola en una heroína del patinaje sobre hielo totalmente atípica a la imagen candorosa que los americanos tenían de estas deportistas. Poco femenina, sin modales y con una facilidad pasmosa para perder los nervios ante cualquier crítica negativa, Tonya no es otra cosa que el resultado del desarraigo familiar y de unas carencias afectivas más que evidentes. En una contundente línea de guion se habla de Estados Unidos como un país que siempre ha necesitado a alguien a quien amar, pero también a alguien a quien odiar, y a Tonya le tocó formar parte de este segundo grupo. El filme no trata de arrojar luz sobre las circunstancias que rodearon al famoso "incidente" que acabó con la carrera deportiva de Tonya, sino que se limita a aportar los distintos puntos de vista de los protagonistas involucrados (la madre, el ex marido, el guardaespaldas, la profesora de patinaje y la propia Tonya), a través de entrevistas en las que estos dan sus versiones ante la cámara, con un tono de sátira que no deja títere con cabeza y un acertado estilo de falso documental. Resulta especialmente ingenioso el modo en que los personajes rompen, de manera constante, la cuarta pared, dirigiéndose directamente al espectador para hacerle cómplice de sus pensamientos. Un juego que funciona de maravilla para hacer de la cinta una incisiva comedia negra, de esas que son capaces de sacar la carcajada contándonos el mayor de los dramas. Poco tiene de graciosa la historia de Tonya Harding, por lo que es muy meritorio que los golpes de humor apuntados en el guion de Rogers estén tan bien ensamblados como para no restar un ápice de dureza al relato.

    por José Martín León
    enero 13, 2018

    Crítica | Yo, Tonya

    por José Martín León | enero 13, 2018

    Acariciando el gran sueño americano

    crítica a El chico del millón de dólares (Million Dollar Arm), dirigida por Craig Gillespie. | ★★ |

    El drama deportivo, especialmente cuando gira en torno al fútbol americano o el béisbol, es un género por el que los yanquis sienten auténtica devoción, traduciéndose este tipo de productos en notables éxitos de taquilla que, por lo general, no suelen trascender más allá de sus fronteras. La todopoderosa Disney ha encontrado en estas películas un auténtico filón con el que compensar la decepción de algunas de sus apuestas más ambiciosas –Prince of Persia: Las arenas del tiempo (Mike Newell, 2010), El aprendiz de brujo (2010, Jon Turteltaub) por poner dos ejemplos sonados–. Unos presupuestos más accesibles, con los que la rentabilidad queda casi asegurada, puestos al servicio de dramas humanos, preferiblemente basados en inspiradores hechos reales, en donde se ensalzan todo tipo de valores morales que tanto gustan al público más sentimental. Así, títulos como Titanes: Hicieron historia (Boaz Yakin, 2000) o la equina Secretariat (Randall Wallace, 2010) han traído grandes alegrías a sus productores, con inversiones bastante modestas, algo que se vuelve a repetir, en menor medida, con la presente El chico del millón de dólares (2014), cinta que explota sin rubor todos y cada uno de los tópicos que no pueden faltar en cualquier buena cinta deportiva que se precie.

    Por un lado, tenemos a J.B. Bernstein, el típico agente deportivo narcisista y ambicioso que vive rodeado de lujo y mujeres espectaculares, y para quien el béisbol es tan solo un negocio con el que enriquecerse todavía más. Con fines lucrativos, en plena crisis laboral, crea el programa de talentos Million Dollar Arm, al encendérsele una bombilla mientras asiste por televisión al triunfo de Susan Boyle en el Britain’s got talent. Es entonces cuando se lanza a la aventura de viajar hasta la India para descubrir a futuras promesas del béisbol entre los jóvenes jugadores de críquet, el deporte más practicado en el país asiático. Y es también cuando se topa con el innato talento para lanzar la pelota de dos muchachos de clase humilde que se presentan cargados de ilusión y con la intención de sacar a sus familias de la miseria. Ellos son Rinku Singh y Dinesh Patel, quienes se convertirían en los primeros indios en formar parte de las Grandes Ligas. Como se puede apreciar sobre el papel, la historia tiene todos los ingredientes necesarios para satisfacer a los amantes del género. Estamos ante el enésimo relato sobre la superación humana ante las adversidades de la vida, el triunfo de unas personas que surgen de los más bajos estamentos de la sociedad para, a base de trabajo duro y disciplina, llegar a convertirse en símbolos de inspiración para todos. Y, como no, ante un caso más de redención del personaje egoísta al que el acercarse a la dura realidad de quienes no tienen casi ni para comer le cambia la filosofía de vida, convirtiéndole en todo un ejemplo de solidaridad y ayuda desinteresada a los demás.

    por José Martín León
    octubre 23, 2014

    Crítica | El chico del millón de dólares

    por José Martín León | octubre 23, 2014

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