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    Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | Golpe a Wall Street

    || Críticas | ★★☆☆☆
    Golpe a Wall Street
    Craig Gillespie
    Incitación al canibalismo


    Rubén Téllez Brotons
    Madrid |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2023. Título original: Dumb Money. Dirección: Craig Gillespie. Guion: Rebecca Angelo, Lauren Schuker Blum, Ben Mezrich. Libro: Ben Mezrich. Música: Will Bates. Fotografía: Nicolas Karakatsanis. Reparto: Paul Dano, Pete Davison, Vincent D´Onofrio, America Ferrera, Nick Offerman, Anthony Ramos, Sebastian Stan, Shailene Woodley, Seth Rogen.

    Una glosa al capitalismo rimada a base de medias verdades y cortinas de humo, eso es lo que filma Craig Gillespie en Golpe a Wall Street, adaptación del libro de Ben Mezrich. La película cuenta la historia real de Keith Gill (Paul Dano), un youtuber de medio pelo que lleva una vida bastante complicada: anda muy justo de dinero debido a la crisis provocada por la pandemia; nunca ha podido tener un trabajo de larga duración en su campo —la inversión en bolsa—, puesto que se graduó un año después de que estallara la crisis financiera de 2008; vive de forma muy precaria con su mujer (Shailene Woodley) y su hija recién nacida; intenta ayudar a su hermano (Pete Davison) —que, por corto de miras, está condenado a obtener los empleos más duros y peor pagados— a salir adelante; y lleva tatuado en la mirada el dolor ocasionado por la reciente muerte de su hermana a causa del COVID. En su tiempo libre, se dedica a hacer vídeos en los que «asesora» a los internautas en lo que a compra-venta de acciones se refiere. Así, el día que decida apostar en contra de Wall Street comprando acciones de una empresa de videojuegos que roza la quiebra, miles de personas seguirán sus pasos y pondrán de rodillas, durante un breve periodo de tiempo, a algunos de los brókeres más ricos del país.

    En El lobo de Wall Street, Scorsese componía una sátira sobre el capitalismo y sus consecuencias colocando al espectador en la posición, fuertemente subjetiva, de un protagonista despreciable que ejercía de guía en un caprichoso bosque de drogas, prostitución y demás delitos, que, como era de esperar, no tenía salida alguna. La cámara se movía frenética entre cuerpos sudados de gula y obligaba al respetable a sentir en sus propias carnes los delirantes excesos de Jordan Belfort. En la última escena, el director se distanciaba de DiCaprio para mostrar cómo, envejecido y solo, daba clases de marketing a un grupo de personas que ansiaban convertirse en él y que perfectamente podrían ser el reflejo de algún espectador que, deseoso de llevar una vida como la del protagonista, había acudido al cine para dejarse empalagar por el aroma del dinero. Que actualmente haya muchos «cripto-bros» que, además de haber elevado a Belfort al altar de los dioses, utilizan escenas de El lobo de Wall Street para explicar cómo debe ser un «hombre de negocios», no es sino la confirmación de que muchos no entendieron cuáles eran las intenciones de Scorsese: dejar en evidencia a un sistema económico profundamente desigual e injusto y demostrar, al mismo tiempo, que Balzac no se equivocó al afirmar que «detrás de toda gran fortuna hay un crimen escondido».

    Muy diferente es la tesis que Craig Gillespie desarrolla en Golpe a Wall Street. A simple vista, la idea de la película es convertir en imágenes las palabras de Ben Mezrich, otorgarle una estructura dramática ascendente y construir unos personajes complejos que, motivados por el deseo de conseguir sus objetivos, inicien un camino del héroe que les permita tener un arco de transformación. Hacer, en definitiva, una obra correcta, entretenida. Nada más lejos de la realidad, la película pronto se desvela como un panfleto camuflado en favor del capitalismo pureta, «el de verdad», ese que, en palabras del protagonista, «permite que cualquier persona del mundo, venga de donde venga, pueda hacerse rico a base de trabajo duro». La cinta se presenta ante la mirada atónita del espectador como el paradigma del sesgo del superviviente: convierte un hecho aislado, fortuito y prácticamente irrepetible —que personas de clase trabajadora, endeudadas hasta la asfixia, consigan salir del pozo siguiendo los consejos bursátiles de un tío de Internet— en el «claro ejemplo» de que el sistema yanqui funciona, ignorando y silenciando, en el proceso, a los cientos de miles de personas que pierden su dinero a diario por creerse, por pura desesperación, las mentiras de falsos gurús del mercado que únicamente buscan alimentar su propio bolsillo.

    El póster promocional reza «cuando Wall Street manipuló el juego, él lo cambió». La sinopsis, por su parte, vende la película como la historia definitiva de David contra Goliat. La tesis de Craig Gillespie es que los grandes brókeres de Wall Street han truncado el mercado para evitar que el resto de la población también pueda hacer fortuna aprovechándose de la desgracia ajena. Para el director, las crisis económicas no son cíclicas, sino producto de la excesiva avaricia de los grandes empresarios; el monopolio del poder por parte de unas cuantas familias que controlan el flujo del dinero es un problema tangencial del sistema, no estructural; el hecho de que un hombre pueda derribar una de sus mansiones para construirse una pista de tenis mientras, en el mismo país, una joven tiene que pedir multitud de créditos bancarios para poder pagar la universidad es parte del sistema meritocrático que estratifica, con justicia, la sociedad. Las personas, en consecuencia, son sólo una estadística cuando lo que está en juego es el dinero de los ricos. Si moralmente la película es más que cuestionable, formalmente no se queda muy atrás. La acción avanza entre diálogos plúmbeos y huecos sobre el funcionamiento de la bolsa; su humor consiste en caricaturizar al personaje de Davison hasta convertirlo en una parodia y la puesta en escena carece completamente de ideas. No deja de ser curioso imaginar cuántos «cripto-bros» ensalzarán esta glosa capitalista, sobre todo teniendo en cuenta lo que hicieron con la cinta de Scorsese, que, además de tener un discurso completamente heterodoxo, por anticapitalista, estaba narrada muchísimo mejor.


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