Es difícil enfrentarse a una nueva adaptación de la obra de Stephenie Meyer (responsable de la saga
Crepúsculo) libre de prejuicios, sobretodo cuando la propia película parece abandonarse a ellos. Da la sensación de que todo su equipo es plenamente consciente del público principal al que se dirige y de la materia prima con la que cuenta, lo cual produce un resultado con reducidas pretensiones pero que a la vez sabe exprimir el mayor jugo posible a sus puntos fuertes, que los tiene. Hay que saber por tanto a lo que se va, y en este caso se va a ver un romance teen sin complejos, donde el contexto de ciencia ficción aporta pocas novedades pues está directamente extraído de la premisa de
La invasión de los ultracuerpos y enseguida queda en un segundo plano. Así, se nos cuenta básicamente el prohibido triángulo amoroso entre una chica, que ha sido poseída por uno de estos alienígenas que han ocupado alegremente nuestro planeta, y dos de los pocos supervivientes humanos que quedan, acompañados éstos por un par de familiares de la mencionada fémina (evidente centro de todas las atenciones), y otros jovenzuelos e insurrectos, todos ellos refugiados en las entrañas de un volcán bajo en calorías. Para mayor detalle y comprensión, la trama gira en torno al conflicto entre la
“chica humana” y la
“chica alienígena”, pues la primera sobrevive en el cuerpo de la segunda, y trata de dirigir sus acciones y condicionar sus pensamientos mediante una poco sutil pero intencionadamente humorística
voz en off. Por poner un ejemplo clarificador, cuando la mujercita en cuestión besa al que era su novio cuando no estaba poseída, sus neuronas humanas activan su brazo para abofetear al confundido chaval, pues evidentemente aquellas se niegan a que el ser foráneo que ahora controla su cuerpo se enrolle con su pareja.