AMOR POR UNA MUJER Y UNA TIERRA
crítica de Lo que el día debe a la noche | Ce que le jour doit à la nuit, Alexandre Arcady, 2012Hace unas semanas se estrenaba en nuestro país Hijos de la medianoche (Deepa Mehta, 2012), exótica y épica adaptación de una novela de Salman Rushdie que no conseguía aprovechar su larga duración para madurar su historia. Lo que el día debe a la noche (Ce que le jour doit à la nuit), de parámetros muy similares y duración incluso mayor, está a punto de cometer el mismo fallo pero lo evita por un par de razones que trataremos más adelante. Antes nos permitimos destacar la curiosa coincidencia de que la cinta de Arcady se estrene menos de un mes después de la de Mehta en nuestro país, como si el verano no fuese solo la temporada idónea para acoger blockbusters fantásticos y animaciones infantiles sino también epopeyas trágicas y románticas muy del gusto de las agencias de viajes. El contexto previo de colonización y su inevitable independencia también conforman el marco de esta película, que parte de la novela de Yasmina Khadra para situarnos en la Argelia francesa de mediados del siglo XX. Estamos pues ante un nuevo caso dramático cuya evolución vendrá marcada por la de toda una nación, algo que facilita la fabricación de conflictos y adelanta previsibles desenlaces.
El foco vuelve a ponerse igualmente sobre un personaje pobre y aparentemente irrelevante que por algunos giros del destino pasa a representar de una forma extraordinaria el contraste entre los dos bandos de una sociedad: el francés colonizador y el argelino colonizado. En efecto, la historia arranca con la obligada mudanza de un niño árabe llamado Younès, junto con sus padres y su hermana pequeña, después de que sus cosechas se conviertan en cenizas. Malviviendo durante un tiempo en Oran, sin que el padre consiga un empleo nuevo y rentable, el niño es adoptado por su próspero tío farmacéutico para que él y su mujer puedan cuidar de él y le den una mejor educación. Sin embargo, las rebeldes ideas políticas de ese tío les obligan a los tres a salir de la ciudad, por lo que Younès definitivamente se instala en una población costera llamada Río Salado, donde es rebautizado como Jonas y donde parece integrarse plenamente entre sus compañeros francófonos. Tras este alargado prólogo la película da un salto de varios años para mostrarnos a un Jonas crecido y esbelto, entrando en acción en una secuencia de ocio en la playa que apunta los dos frentes del drama al que asistiremos durante el resto del metraje: el de la progresiva rebeldía de los nativos, a través de la broma despectiva que uno de los amigos franceses de Jonas pronuncia en dirección a su sirviente árabe, por la que aquel también se siente ofendido; y el del caluroso romance que se vivirá en esos campos soleados, ejemplificado en el pecho lampiño y musculoso de Jonas que enseguida atrae a un madre soltera recién llegada al sitio.
por Ignacio Navarro
agosto 01, 2013
agosto 01, 2013
Crítica | Lo que el día debe a la noche
por Ignacio Navarro | agosto 01, 2013







