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  • Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | Franz Kafka

    || Críticas | Seminci 2025 | ★☆☆☆☆
    Franz Kafka
    Agnieszka Holland
    Kafka irrealizado


    Rubén Téllez Brotons
    Valladolid |

    ficha técnica:
    República Checa, Alemania, Polonia, Francia, 2025. Título original: «Franz». Título internacional: Franz Kafka. Dirección: Agnieszka Holland. Guion: Marek Epstein, Agnieszka Holland (Historia: Mike Downey). Compañías: Marlene Film Production, X Filme Creative Pool, Metro Films, ZDF/Arte, Bac Films, ARTE. Festival de presentación: Festival Internacional de Cine de Toronto 2025. Distribución en España: Filmin. Fotografía: Tomasz Naumiuk. Montaje: Pavel Hrdlička. Música: Mary Komasa, Antoni Komasa-Łazarkiewicz. Reparto: Idan Weiss, Peter Kurth, Jenovéfa Boková, Ivan Trojan, Sandra Korzeniak, Katharina Stark, Sebastian Schwarz, Aaron Friesz, Carol Schuler, Stanislav Majer, Josef Trojan, Emma Smetana, Andrew Van Wilpe. Duración: 127 minutos.

    El biopic convencional importado desde Hollywood tiende a convertir la vida de un personaje famoso en una concatenación de acciones que respetan una misma lógica interna y que no tienen otra finalidad que la de desembocar en un final preexistente a la propia narración. La vida de la celebridad de turno se lee comenzando por el final y, desde ahí, se intenta articular un relato ordenado que permita explicar ese punto culminante, ese instante decisivo. En el caso de Franz, Agnieszka Holland convierte en la brújula de su relato la repercusión que la obra —publicada contra su voluntad de forma póstuma— de Kafka ha tenido en la sociedad, gracias, en parte, a las innumerables lecturas y teorías exegéticas que se han hecho de ellas. En un momento concreto de la cinta, Holland introduce su cámara en el museo en el que están expuestos los manuscritos de Kafka: al lado de la pequeña maleta en la que se encuentran los cuadernos originales en los que escribió sus novelas, cuentos y diarios hay una gran estantería en la que están almacenados todos libros que otros autores han escrito sobre ellos. Las múltiples perspectivas desde las que se han leído a Kafka contrastan con el número reducido de libros que escribió. Esto, para Holland, es una consecuencia directa de la ambigüedad de sus símbolos y de la violencia implícita que anida en ellos. Es por eso por lo que la directora organiza su biopic alrededor de esa violencia agónica y silenciosa con la que Kafka convivió y de cuyo origen la película ofrece una teoría simplista y reduccionista.

    Y es que Franz no es sino un intento de entender la obra del escritor utilizando su propia vida como material interpretativo: Holland hace una lectura psicologista de Kafka y asume que sus libros son diferentes modulaciones de la misma formulación de su estado de conciencia. En la escena inicial, el padre de un Kafka-niño le deja toda la noche fuera de casa por haber hecho ruido: las sombras de la calle y las siluetas de los pocos transeúntes que pasean por la calle se convierten a ojos del niño en monstruosidades tanto más terroríficas cuanto más abstractas y afiladas son. El pequeño mira por la ventana de su casa para eludir el miedo mientras intenta concentrar toda su atención en el espacio seguro de su hogar, pero lo que ve es a sus padres manteniendo relaciones sexuales. Los gemidos y los movimientos agresivos del padre terminan de traumatizarlo y preparan el terreno para que Holland realice una lectura en clave freudiana de la concepción que Kafka tuvo de la sexualidad. Como, según Holland, la literatura del autor checo es una expresión del trauma, de su incapacidad para llevar una vida de pequeño burgués como la de su padre, de su dificultad para mantener relaciones horizontales con las mujeres y de la ansiedad casi constante que le provocan sus innumerables miedos, la puesta en escena debe ser un reflejo de ese trauma originario. Sin embargo, la primera parte de la película adolece de una retórica expresionista que intenta ser una traducción fílmica de la prosa del autor, pero que no pasa de ser un homenaje superficial y mal trabajado.

    Holland utiliza un gran angular que le permite comprimir los espacios interiores y deformar los rostros de los personajes cuando los filma en primer plano: un Kafka de facciones estiradas se mueve de forma errática entre las asfixiantes estancias de una casa con el techo demasiado bajo y las paredes excesivamente apretadas, intentando esquivar en la medida de lo posible las violentas arremetidas de su padre, aquí convertido en un monstruo sin piedad ni empatía. La desmesura y ausencia de matices en el retrato de los secundarios no sólo desvelan una preocupante falta de profundidad discursiva, sino también una instrumentalización narrativa de los personajes que se asemeja bastante a la instrumentalización afectiva que la propia directora le atribuye a Kafka. Las mujeres, en la película, son unas ingenuas desesperadas por casarse con él u objetos de deseo que excitan su creatividad y su libido, de la misma forma que sus amigos no pasan de ser meras comparsas necesarias para ilustrar alguna anécdota. El principal problema de la película es, pues, su punto de partida: al ofrecer una visión psicologista tanto de la obra como de la vida de Kafka, Holland no puede evitar que esta contenga todas las apreciaciones subjetivas negativas que le atribuye al escritor. Franz, además, reduce toda la escritura de Kafka a su más violenta literalidad introduciendo en escenas cotidianas algunas de las imágenes más conocidas de su obra en forma de visiones alucinadas. De nuevo: el arte como transmisión de un estado de conciencia, como expresión de una individualidad alienada por traumas gestados al margen de la sociedad.

    En otro momento de la película, la guía turística mencionada al principio lleva a un grupo de personas al río en el que se solía bañar Kafka y los invita a tumbarse en la misma pradera en la que lo hacía él. Lo paradójico de la escena es que expresa de forma inconsciente el tratamiento que hace del personaje, el modo en que se acerca a él y la forma en que lo retrata: como si fuese un objeto de museo. Alcanzado el ecuador del metraje, Holland reduce la intensidad de su retórica expresionista —sin llegar a abandonarla— y se dedica a trazar una monótona genealogía de fechas y acontecimientos importantes en la formulación fílmica que hace de la vida de Kafka. Todo ello con la finalidad de explicar su obra a partir de su vida. Así, Franz termina convertida en la reproducción automática de unas imágenes e ideas que, abstraídas de su contexto literario e histórico y privadas de su significado real, son solo ruido visual. ♦


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