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    Crítica | Los pequeños amores

    || Críticas | ★★★☆☆
    Los pequeños amores
    Celia Rico Clavellino
    Desde las entrañas del hogar


    Agus Izquierdo
    Barcelona |

    ficha técnica:
    España, 2024. Duración: 95 min. Dirección: Celia Rico Clavellino. Guion: Celia Rico Clavellino. Fotografía: Santiago Racaj. Reparto: María Vázquez, Adriana Ozores, Aimar Vega. Compañías: Arcadia Motion Pictures, Viracocha Films, Noodles Production, RTVE, TV3.

    «Parece que no pase nada, pero pasa todo». Podría ser perfectamente el verso del estribillo de una canción de Jorge Drexler o de Dani Martín, aunque también es una expresión que se usa a menudo (probablemente muy a menudo), y que a veces, de repente, por un golpe de suerte y por capricho divino, adquiere todo el sentido del mundo. Es el caso de la historieta que narra Celia Rico en Los pequeños amores, en la que la directora sevillana convierte ese «nada» en ese otro «todo», enclaustrando a sus dos personajes en una casita de campo de dos plantas para superponer dos caminos vitales que intuimos divididos, separados, casi paralelos y que, sin embargo, durante todo el metraje, no solo van a tener que colindar, sino también yuxtapone tectónicamente provocando, en ese choque, una sucesión de movimientos, temblores y terribles espasmos telúricos que pondrán a prueba una relación maternofilial rocosa y convulsa. Pero ya se sabe: sin terremotos no habría orografía, ni fenómenos geológicos, y entonces este nuestro planeta sería un aburrido llano sin surcos, ni rugosidad, ni sierras, ni tampoco gracia alguna.

    La cámara de Santiago Racaj habita, como un miembro más, la residencia familiar a la cual aterriza Teresa (María Vázquez) para ayudar a su madre Ani (Adriana Ozores), convaleciente después de una caída accidental paseando al perro. La llegada de la hija implicará la irrupción de nuevas dinámicas y, a la vez, la muerte de las antiguas rutinas. Así arranca esta aventura interiorista de Rico, que vuelve a abordar el binomio madre-hija (como ya hizo en Viaje al cuarto de una madre) a través de una fábula doméstica labrada con una sensibilidad radical y para nada forzada. Un cuento sobre la soledad, las inquietudes existenciales, el broche generacional entre dos mujeres distintas con las mismas luchas y las frustraciones que conlleva el hecho de ir cumpliendo años y ver pasar los sucesos a nuestro alrededor. A ratos, esos planos internos se hacen irrespirables y a otros, la luz que se filtra por las oberturas fuera de foco nos indican que la calidez nunca se apagará del todo. Se desfigura la concepción de «casa» entendida como «hogar» o «zona de confort», y por eso mismo, inteligentemente, el filme nos saca fuera en ciertos puntos de la trama. Lo hace para darnos aire, como válvula de escape y para, precisamente, invertir esa noción de nido y de trinchera. El bochorno apabullante del verano no ayudará a la recuperación que anhelan ambas protagonistas.

    Este también es un cine de curas. Teresa propone, nada más llegar, ciertos cambios en la fachada y en el interior del inmueble. Nuevas capas de pintura en esas paredes que han visto demasiado como para olvidar. Los trabajos provocarán los recelos y la desconfianza de la figura materna, huraña; reina y matriarca, hasta entonces, de todos sus dominios domésticos. De esta manera, se manifiesta la hija como una presencia que detonará las resistencias de lo anterior. Los choques empujarán al límite la paciencia de los personajes, pero también sacarán a la superficie los miedos, los traumas, los secretos y las laceraciones del pasado. Sabemos que Teresa tiene un viaje a Estados Unidos donde se ha de reunir con su pareja sentimental, pero a la vez lidiará con el peso de la responsabilidad y vacilará en irse antes de tiempo y dejar a su madre en el sofá.

    Paradójicamente, es en toda esta exposición, que relacionamos con la vulnerabilidad, donde se halla la salvación. Celia Rico usa todo su ingenio cinematográfico y creativo para descubrir y entender a Teresa y a Ani y revelarnos, mediante pequeñas dosis de tensión y discrepancia, gran parte de su mentalidad y de sus acciones. Los personajes nos van descubriendo las pesquisas en una especie de juego del escondite no solo físico (donde los encuadres dentro de la casa ocultan y muestran elementos de manera caprichosa pero funcionalmente), sino también psíquico. En este segundo sentido, madre e hija son también, cobrando una significación alegórica, dos edificios, con sus respectivos pasillos ignotos, sus tripas revueltas, sus indisposiciones emocionales, sus diferencias enquistadas y sus habitáculos secretos.

    Ese entorno idílico es a la vez paraíso y prisión; una trampa sabrosa y apetecible en la cual Rico nos confina junto a sus dueñas y que nos sirve como impasse atemporal. En ese torbellino constante que martilla Los pequeños amores se sucede el milagro: la escucha y la autoescucha. La percepción del prójimo, la empatía y el mimo. El cuidar y ser cuidado. La casa, pues, adquiere un rol absoluto y categórico, y no únicamente escénico ni contextual, sino que se postra como un miembro más de la familia, como un ente orgánico con vísceras y, por consiguiente, con la necesidad también de un mantenimiento y un cariño. Celia Rico desdibuja el drama rural y lo eleva a un cine que explica una historia bucólica sobre un amor pequeño que de repente crece incontrolablemente. Incluso el papel masculino (interpretado por Aimar Vega) aparece aquí de una forma nada rupturista, sino angelical, naif, inofensiva y portentosamente benevolente (casi celestial y mística). Este es un relato que parece no decir nada y, sin embargo, lo explica prácticamente todo, en silencio, sin necesidad de levantar la voz, con el cantar de los pájaros de fondo, el zumbido de los mosquitos veraniegos, el duelo, el fantasma de un padre, el helado derritiéndose en un chiringuito, las lágrimas silenciosas y el fluir armonioso de un río melódico. ♦


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