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    Crítica | Tratamos demasiado bien a las mujeres

    || Críticas | ★★★☆☆
    Tratamos demasiado bien a las mujeres
    Clara Bilbao
    Hombres perdidos en la geografía y en la historia


    Ignacio Navarro Mejía
    Madrid |

    ficha técnica:
    España y Francia, 2024. Presentación: Festival de Málaga 2024. Dirección: Clara Bilbao. Guion: Miguel Barros (basado en la novela de Raymond Queneau). Producción: Ficción Producciones / Noodles Production. Fotografía: Imanol Nabea. Montaje: Ascen Marchena. Música: Nacho Masttreta y Marina Sorín. Dirección artística: Curru Garabal. Vestuario: Maite Tarilonte. Reparto: Carmen Machi, Antonio de la Torre, Julián Villagrán, Isak Férriz, Diego Anido, Óscar Ladoire, Ayax Pedrosa, Oleg Krukinova, Felipe Pirazán, Luis Tosar. Duración: 93 minutos.

    La memoria histórica quiere arrojar luz sobre el pasado con la mayor fidelidad y respeto posibles, para no olvidar ni distorsionar hechos que marcaron a las generaciones de antaño y de los que cada vez quedan menos testimonios vivos. En nuestra sociedad, sobre todo en los últimos años, se ha impulsado este reconocimiento sobre la Guerra Civil y la etapa franquista, pero operaciones similares podrían acometerse respecto a cualquier otro hito o época, en especial cuando aquel o esta ha afectado con disparidad a una sociedad en la que uno u otro grupo puede recordarlo o interpretarlo de diversa manera. Sin embargo, su necesidad, incluso oportunidad, desde el punto de vista más objetivo de la investigación histórica, que comparte con toda una disciplina y labor científica, contrasta con una nueva distorsión que puede generarse al recordar hoy en día ese pasado remoto. Y es que, por mucha fidelidad y respeto con que se quiera recrear o rememorar, se hará con la mirada del presente, en un contexto muy distinto de aquel en que se produjo, y esta intromisión exterior, subjetiva, por llamarla de algún modo, altera la pretendida objetividad del afán memorístico. No se trata ya, en pocas palabras, de que el grupo afectado tome partido sobre aquello que le afectó, sino de que cualquiera tome partido sobre algo que no tiene por qué afectarle.

    Esto es algo definitorio de la sociedad en que vivimos, y en concreto en la española se pone de manifiesto, retomando el ejemplo ya canónico, con lo que sucedió en nuestras fronteras a partir de 1936. Una de las muchas vías para actualizarlo es el cine, donde dicha época constituye casi un subgénero entre nosotros, y a tal categoría se suma ahora la ópera prima de Clara Bilbao, engañosamente titulada Tratamos demasiado bien a las mujeres. Se ambienta en el norte de la península, en la posguerra, con un grupo de maquis que desea huir a Francia, pero que queda recluido en un pueblo casi fronterizo y desierto, donde el paraje invernal acentúa la impresión de aislamiento. En concreto, estos rebeldes al borde del exilio se ven confinados en una oficina de correos donde ya están congregados un puñado de guardias, funcionarios y clientes, además de la señora Remedios Buendía (Carmen Machi), que acaba de recibir del extranjero un paquete con su vestido de novia. Precisamente cuando se lo está probando en la planta superior del edificio es cuando irrumpen en el mismo los guerrilleros, capitaneados por un sargento de escasa autoridad (Isak Férriz), cuestionada en particular por un soldado apodado “Doce” (Antonio de la Torre). A partir de ahí, el grueso del metraje se desarrolla en este interior, sucediéndose los incidentes y las fatalidades, tanto por la amenaza palpable de las fuerzas franquistas como por una amenaza más oscura, incluso sobrenatural, que se cierne sobre estos hombres.

    Esto último justifica que la narración quiebre la representación puramente realista de los hechos y asuma otro tipo de significado, que bordea el metalingüismo y el anacronismo. En efecto, la adaptación a cargo de Miguel Barros, de una novela por cierto ambientada en el Reino Unido y ajena al contexto aquí retratado, se toma la libertad de trascender la estricta recreación de época y, consciente de que esta consecuencia es inevitable, incorpora ya en el libreto notas de actualidad. Esto lo observamos sobre todo en los diálogos de otro guerrillero republicano, el más veterano y por ende voz de la razón, pero también de la locura, llamado Soria (Óscar Ladoire). Este personaje sirve en ocasiones de vehículo comunicativo del espectador, que enjuicia o valora los acontecimientos desde fuera y, además, desde el futuro. Esto concuerda, como decíamos, con la derivación fantástica de la narración, si bien esta solo queda explícita al final y de forma un tanto precipitada y anticlimática. Si obviáramos aquel personaje secundario y la película terminara tres secuencias antes de cuando lo hace, nos quedaría una cinta de género menos distintiva, pero también más coherente con todo lo demás que la caracteriza.

    Y es que Tratamos demasiado bien a las mujeres sigue la estela de otros filmes sobre la Guerra Civil o sus secuelas tratadas, eso sí, con humor negro, acudiendo a la parodia para contrarrestar, o reforzar según la sensibilidad de cada cual, la gravedad de lo narrado. La obra tardía de Luis García Berlanga, con La vaquilla o La escopeta nacional, sería el gran referente en este sentido, aunque no el único, pues cabe recordar también, por ejemplo, el trabajo de Carlos Saura con ¡Ay, Carmela! o el de Álex de la Iglesia con Balada triste de trompeta. En cualquier caso, Bilbao y su equipo quieren aprovechar esa influencia del esperpento, de la sátira social, para dotar a cada acción o interacción de sus personajes de un matiz chocante, subversivo o, al menos, inesperado. Sin embargo, la película se queda a medio camino en esta intención, pues, al evitar la exageración o el chiste grueso, parece convertir a sus personajes en marionetas que no actúan con naturalidad pero que tampoco dan rienda suelta a sus instintos más desenfrenados. Quizá tiene sentido que estos héroes y antihéroes queden así reducidos o maniatados, al estar guiados todos ellos por un destino fatal que no pueden controlar. Con todo, esto deja sin aprovechar la base montada sobre una premisa intrigante, una localización oportuna y un elenco llamativo y entregado, repleto de caras conocidas. Da la sensación de que, reunidos todos estos elementos, Bilbao no sabe del todo qué hacer con ellos, o cómo explotarlos al máximo, más allá del mensaje que quiere transmitir y la voluntad de trascender una representación dramática que podría caer en lo teatral. Que sea su ópera prima, pese a tener experiencia como diseñadora de vestuario, seguramente explica esta carencia, en una película que, en cualquier caso, goza de virtudes suficientes para recomendar su visionado. ♦


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