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    Crítica | All the long nights (夜明けのすべて)

    || Críticas | Panorama Berlinale 2024 | ★★★☆☆ ½
    All the long nights
    Shô Miyake
    Un ejercicio sencillo


    Luis Enrique Forero Varela
    74ª Berlinale |

    ficha técnica:
    Japón, 2024. Título original: «Yoake no subete/夜明けのすべて». Dirección: Shô Miyake. Guion: Shô Miyake, Kiyohito Wada; Novela: Maiko Seo. Compañía productora: Asmik Ace. Fotografía: Yûta Tsukinaga. Música: Hi'Spec. Intérpretes: Hokuto Matsumura, Mone Kamishiraishi, Ken Mitsuishi. Duración: 96 minutos.


    anexo| Cobertura de la Berlinale 2024



    El director japonés Shô Miyake adapta la novela de Maiko Seo All the long nights (Yoake no subete), una delicada fábula sobre cómo hallarse a sí mismo en la soledad contemporánea fijando la mirada en el apoyo a los demás. La premisa se presenta con claridad: Misa Fujisawa (Mone Kamishiraishi) sufre recurrentemente los severos síntomas de PMS (síndrome premenstrual), situación que le ha venido causando inconvenientes sociales y laborales cada vez menos ignorables. Tras una recaída fuerte cuya consecuencia resulta en la renuncia a su empleo, comienza a trabajar para una modesta compañía que fabrica kits de microscopios y telescopios con interés educativo. Es allí donde conoce a Yamazoe (Hokuto Matsumura), joven, como ella, y aquejado de una dolencia de algún modo análoga a la suya, pues, desde algún tiempo sufre de forma habitual ataques de pánico que le impiden llevar una vida cotidiana con normalidad. Este inesperado mecanismo de espejo entre ambos forja lentamente una honesta amistad basada en los cuidados mutuos, gracias a la cual les será menos duro reconectarse con su entorno social emocional. En esta pequeña empresa se generará algo así como una pequeña comunidad y una sensación de acompañamiento en su viaje emocional.

    Con esta estructura base, Miyake propone un ejercicio de apreciación hacia los pequeños gestos que enriquecen las relaciones humanas. La profundización sobre si la ajetreada vida actual —con su urgencia de proyección laboral constante, su intolerancia a emociones tan democráticas como la tristeza o la vergüenza— queda al margen. Esta es una película que reivindica las muestras de afecto como mecanismo hacia la sanación emocional y la consolidación de la identidad propia. Y retrata con una ternura inocente la actitud personal hacia el dolor o la enfermedad mental, tratada más bien como una compañía con la que ha de establecerse una suerte de equilibrio o hallar mecanismos para mitigar sus efectos negativos.

    Y es que lo interesante de All the long nights comienza a manifestarse en forma algunos pequeños detalles en el argumento cuya sencillez en su construcción no pretende enmascarar. Así, se nos presentan sin demasiada estructura personajes secundarios que, por ejemplo, acuden semanalmente a un grupo de apoyo para familiares de víctimas de suicidio y llevan, cada uno como puede, la carga del duelo. Puede sospecharse entonces una cierta carencia de profundidad o pobreza en la construcción del paisaje humano, sobre todo teniendo en cuenta la importancia la relación de los protagonistas con sus emociones y su diálogo con el ambiente laboral o con los propios personajes secundarios, construidos con apenas dos o tres pinceladas —y a veces como alivio cómico o acento dramático—; como si la propia película no estuviese del todo segura de hacia dónde está yendo. 


    La candidez al filmar este inofensivo entorno laboral en el que se desarrollan los acontecimientos, donde desdibuja la frontera entre la vida laboral y personal, ignora cualquier discusión discursiva sobre cuán sano es, de hecho, desplegar la vida dentro de la vida laboral. Tampoco ahonda en discutir algo tan actual como la concepción del lugar de trabajo como un espacio de minimización de conflicto —esto es, llore usted cuando regrese a casa—, a pesar de dar puntadas en esta dirección. Esta empresa es una familia, y tanto los conflictos como los actos de bondad se presentan libres de lecturas más ricas en contenido. Lo importante es la comunidad. Y aunque casi todos los personajes regresan a casa para encontrarse en soledad y aislamiento, en el trabajo llevan una complicidad amable, y se invitan unos a otros a cenar después de la jornada. Y está todo bien. La preferencia del guion por prestar atención más a unos que a otros acaba provocando una irregularidad en el conjunto y acercándose por momentos a la simpleza. Y está igualmente todo bien. Porque es uno de los casos del cine en los que la inocencia en la ejecución de la propuesta quizás no juega del todo en su contra.

    Más allá de cualquier intención de iniciar un debate, quien firma estas líneas piensa que no vale la pena exigirle la complejidad deseada a una propuesta audiovisual que se ha esmerado en crear un entorno propio, impermeable a algunos elementos que no interesan ser abordados. Discurre lenta y plácidamente si el espectador se permite dejarse absorber por esta trama delicada, así como los dos personajes protagonistas van dejándose llevar por la inercia de quien no tienen ni idea de cuál dirección vital y emocional seguir, descubriéndolo poco a poco a través de la amabilidad hacia el prójimo. Y, de entre los temas que sí se abordan, vale la pena destacar cómo esta perspectiva básica genera resultados interesantes. Su discurso reduccionista consigue hacer salir a la luz, digamos, indiscutibles ráfagas de verdad. No existe aquí, ni hace falta, al fin y al cabo, un dilema, una disyuntiva moral en la joven Fujisawa, cuando observa cómo el estado de salud de su madre comienza a agravarse y debe tal vez mudarse de regreso a su ciudad natal; no hay necesidad de crear en ella una dificultad en decidir cambiar de empleo para estar más cerca de ella y hacerse cargo de sus necesidades. Lo relevante es el cariño en los cuidados altruistas, que se presupone como fuera de debate y es puro tal y como se presenta.

    Teniendo todo esto en cuenta, All the long nights conmueve en ocasiones —y no renuncia a algunas exhibiciones de sencilla belleza en ciertos gestos, en ciertas palabras—. Destaca en mayor medida en los momentos de confluencia de los temas y personajes. La preparación de un planetario móvil, proyecto de la pequeña compañía organiza para niños y adultos, se erige metafóricamente como un espacio de clímax narrativo, así como también de cierre, de finalización de un viaje, que para algunos puede tener la forma de una búsqueda personal para tratar con la propia enfermedad y, para otros, un duelo. Así como la resolución de los conflictos de los personajes ocurre bajo el pequeño domo portátil en el que se proyectan las estrellas —con una poética narración que acompaña al evento—, concluye también esta pequeña cápsula audiovisual. Puede que simplemente tienda al minimalismo en sus ambiciones (incluido un uso de cámara casi documental, obra de Yuta Tsukinaga); en cuyo caso, acertando plenamente. ♦


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