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    Crítica | La piscina

    || Críticas | ★☆☆☆☆
    La piscina
    Bryce McGuire
    Hacer aguas


    José Martín León
    Telde (Las Palmas) |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2024. Título original: Night Swim. Dirección: Bryce McGuire. Guion: Bryce McGuire (Historia: Rod Blackhurst, Bryce McGuire). Producción: Jason Blum, James Wan. Productoras: Atomic Monster, Blumhouse Productions, Witchcraft Motion Picture Company, Universal Pictures. Distribuidora: Universal Pictures. Fotografía: Charlie Sarroff. Música: Mark Korven. Montaje: Jeff McEvoy. Reparto: Wyatt Russell, Kerry Condon, Amélie Hoeferle, Gavin Warren, Jodi Long, Eddie Martinez, Elijah J. Roberts.

    La unión de las fuerzas de dos de los mayores gurús del cine de terror de la última década, Jason Blum y James Wan, no podía ser recibida por los amantes del género con más entusiasmo. Con la fusión de la prolífica productora Blumhouse Productions –artífice de sonados triunfos comerciales en el género de terror, como las sagas de Paranormal Activity, Insidious o La purga– con la compañía de Wan, Atomic Monster –cuna del universo conformado por Expediente Warren y todos sus derivados–, se albergan esperanzas de que el horror continúe gozando de esa buena salud comercial que le caracteriza (los bajos costes de este tipo de proyectos, unidos a la amplia recepción de un público deseoso de pasarlo mal en una sala de cine, garantizan, en la mayoría de los casos, la rentabilidad de los mismos) en los próximos años, y, que la calidad de los títulos venideros continúen en el mismo buen nivel de lo ofrecido por sus productores hasta ahora. Lo cierto es que la alianza no pudo empezar mejor, gracias al sorprendente triunfo (crítico y comercial) de M3GAN (Gerard Johnstone, 2023), una cinta cargada de ironía y que daba un divertido giro a las típicas historias protagonizadas por muñecos diabólicos. Por desgracia, los resultados no vienen a ser tan halagüeños en La piscina (2024), el debut en el largometraje de Bryce McGuire, que trata de desarrollar la idea planteada en su corto Night Swin (2014). La idea de la piscina asesina funcionó bien en 4 minutos de metraje, pero McGuire no ha sabido dotar de una mitología sólida o atractiva a una historia que, desde sus primeros minutos, transcurre por unos caminos mil veces transitados por muchísimas cintas mejores. La premisa, un tanto absurda, se podría haber prestado a algo mucho más bizarro o loco, pero esta ópera prima corre el error de tomarse demasiado en serio a sí misma, abortando cualquier esperanza de ofrecer un divertimento desprejuiciado que pudiera defenderse con la socorrida etiqueta de «placer culpable».

    En un alarde de originalidad (nótese la ironía), la pesadilla de la familia Waller comenzará cuando se muda a una nueva casa. Pese a que la idea era que el patriarca, Ray, trate de mejorar de una agresiva enfermedad degenerativa que le ha retirado del béisbol donde era toda una estrella, las cosas comenzarán a torcerse para todos los miembros de la familia, completada por su esposa Eve y dos hijos, la adolescente Izzy y el pequeño Elilot, cuando entren en contacto con las aguas de la piscina de su nuevo hogar. Un habitáculo que esconde un pasado tan dramático como cargado de enigmas. La escena de apertura muestra la desaparición de una niña que luego sabremos fue la anterior inquilina de la casa en el interior de la piscina. Una inquietante introducción, bastante bien rodada y con un aceptable manejo de la tensión, que crea optimistas expectativas sobre lo que vendrá después, pero que nunca terminarán de materializarse. En su lugar, lo que ofrece La piscina es la enésima vuelta de tuerca al subgénero de casas encantadas, solo que en esta ocasión, el mal que acecha a los protagonistas está fuera de las cuatro paredes del hogar. Si se anda bien curtido en este tipo de filmes, muchos serán los títulos que vengan a la cabeza del espectador mientras sigue, sin demasiado entusiasmo, los pormenores de Ray y su familia. Al igual que sucediera en hitos como Terror en Amityville (Stuart Rosenberg, 1979) o El resplandor (Stanley Kubrick, 1980), el lugar comienza a tener un malsano influjo en el patriarca, al tiempo que las aguas de la piscina parecen actuar de forma curativa contra la esclerosis múltiple que padece, haciendo que manifieste una notoria mejoría que solo podría catalogarse como “milagrosa”. En este aspecto, Wyatt Russell, el hijo del icónico Kurt Russell, se esfuerza, sin demasiada suerte, en igualar la capacidad de aterrorizar que tuvieron James Brolin o Jack Nicholson en las referencias citadas, pero su interpretación no está, ni de lejos, a la altura de las de ellos.

    Muchos son los lastres que impiden que esta película no haga aguas por todas partes, empezando por un anodino guion de McGuire que no se molesta en dotar de una leyenda interesante a su piscina protagonista. Esta falta de creatividad queda manifiesta en cómo las explicaciones sobre su maldición quedan despachadas a grandes rasgos en una escena de lo más ridícula. Esto solo logra que recordemos con más cariño aquel clásico que es Poltergeist (Tobe Hooper, 1982), ya que conseguía dar mucho más miedo en una breve (pero intensa) escena de JoBeth Williams sumergida en las embarradas aguas de otra piscina de la que comenzaban a emerger los cadáveres que estaban enterrados bajo el suelo del lugar, que en los aburridos 98 minutos de la cinta que nos ocupa. Los personajes son los mismos arquetipos de siempre y ni una correcta Kerry Condon puede hacer nada para hacer que su papel de madre sufrida tenga mayor trascendencia (aun cuando es de lo poco salvable de la función). Como película de terror, no es más que una torpe concatenación de escenas amenazantes en el interior de la piscina, donde cada miembro de la familia tiene su propia experiencia sobrenatural, desde monstruosas visiones a enigmáticas voces que proceden de los desagües de la misma, siguiendo la tradición del payaso Pennywise de It. Estas secuencias acuáticas, si bien caen en todos los tópicos y lugares comunes de este tipo de productos (mucho efectismo, sustos previsibles), poseen una cierta elegancia, a nivel visual, que no tiene el resto de la película, que adolece de una realización bastante pobre. Da la sensación de que todo lo que acontece fuera del agua no es más que relleno con el que estirar el metraje hasta su hora y media de rigor. Si Alfred Hitchcock consiguió que millones de espectadores tuvieran miedo a meterse en una ducha tras Psicosis (1960) o Steven Spielberg infundiera terror a los bañistas a entrar en el mar, por culpa de Tiburón (1975), ni que decir tiene que McGuire se ha hundido con todo el equipo a la hora de convertir su piscina en el nuevo escenario que temer. La jugada le ha salido rentable (lleva casi 50 millones de dólares recaudados en todo el mundo), pero nadie se acordará de ella de aquí a unos años y supone una mancha negra en la recién inaugurada alianza entre Blum y Wan. ♦


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