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    Crítica | Retratos fantasma

    || Críticas | ★★★★☆
    Retratos fantasma
    Kleber Mendonça Filho
    Un acto de resistencia


    Álvaro Guerrero
    Santiago (Chile) |

    ficha técnica:
    Brasil, 2023. Título original: Retratos fantasmas. Duración: 93 minutos. Dirección y guion: Kleber Mendonca Filho. Música: Tomaz Alves de Souza. Compañías: CinemaScópio Producoes, Vitrine Filmes.

    Retratos fantasma es un documental que desde el primer plano ya se sitúa en el pasado. El viejo departamento donde el cineasta Kleber Mendonça Filho vivió con su madre en pleno centro de Recife, las fotos en blanco y negro del lugar donde se construyó ese edificio, la iglesia que había antes, la madre desaparecida tempranamente (a los 56 años); la vuelta a la democracia, ese departamento nuevamente, sus remodelaciones, sus espacios como itinerario por lo más sentimental del cineasta: el lugar donde Mendonça Filho hizo sus primeras películas, cortos, durante casi veinte años, su familia, los fantasmas (literales) humanos y animales, la reconstrucción de escenas de la vida, tétricas (un asalto a la casa vecina) a través del ejercicio de hacer cine, y el salto desde ese lugar hacia el centro avejentado de Recife y las ruinas de los viejos cines desaparecidos de la ciudad.

    Mendonça Filho puebla el marco visual con fragmentos para ir y venir de la ficción a la realidad y de un pasado a otro pasado distinto. Tanto así, que el presente pareciera otro estado del tiempo pasado más, y los gestos de los seres confundirse levemente con los sueños de algo que existió, que se siente casi imposible de que haya existido, y que parece a la vez, y paradójicamente, casi irreal que haya desaparecido en este presente ruinoso. El pasado es cine pensé hace un tiempo como epígrafe para definir a Belfast, la cinta en blanco y negro con la que Kenneth Branagh reconstituye su infancia, su calle, su Dublín e Irlanda imaginarios, idealizados. El pasado es real y el presente fantasmal, diría ahora, pensando en este documental nacido en el corazón del nordeste brasileño, como toda la obra de Mendonça Filho, y que a diferencia de Branagh que se fue a trabajar a Londres y a Hollywood, narra ese presente desde adentro, del hombre que aún vive en su ciudad natal, a 2.600 kilómetros del centro económico y cultural del Brasil, Sao Paulo.

    El cineasta recorre un centro descascarado, donde, como el confiesa, el dinero se fue hace mucho a otra zona de la ciudad. La narrativa se detiene en los viejos cines que en alguna época fueron símbolo de un perdido esplendor o influjo histórico: la visita de Janet Leigh y Tony Curtis en los 60, una de las salas elegida por la UFA hitleriana para difundir propaganda nazi desde los años 30 en Brasil, en un cine levantado por un arquitecto judío, las fastuosas galas de estrenos, las luces y los títulos de películas. Las marquesinas que fueron mutando de lo manual a lo electrónico y que, a decir de Mendonca Filho, parecían jugar con un lenguaje misterioso y público, comunicar frases cuyo sentido se hace igual de fantasmal que la extraña e inexplicable presencia en una de las fotografías que alguna vez tomó en ese viejo departamento. Inexplicable, lúdico, y lleno de afecto, un misterio por donde se mire.

    El cierre de Retratos fantasma recuerda una frase dentro del documental, un fragmento de ficción de entre los múltiples registros fragmentarios de las mismas películas cortas que Mendonça Filho realizó en su juventud, o de algún otro: la ficción es el mejor documental. Esa última escena representada entre el director y un conductor de Uber actualiza nuevamente la vieja magia de la ilusión que jamás debe abandonar toda la práctica del cine, desde la primera idea, el esbozo de guion, hasta llegar al espectador anónimo, el que a fin de cuentas vive y hace posible que esa magia tenga algún poder, incluso colectivo, esto último uno de los temas que más le importan a Mendonça Filho a través de su filmografía (con Aquarius y Bacurau como principales exponentes).

    Retratos fantasma es un homenaje fundamentalmente al humano, al ser más extraño al que se le ocurrió en algún momento inventar el conocimiento y padecer la memoria, y que está hecho no solos de recuerdos, ruinas y nuevos templos y reactualizaciones de mitos sino también de agonismo. El cierre de la película se convierte así en un acto de resistencia ante fenómenos que pueden oscilar entre el desencantamiento del mundo y el desvarío de la magia sencilla, incluso infantil (de lo niños que todos queremos ser, y una sala oscura que nos lo permite) hacia el dinero en estado bruto, desnudo. No son casuales obviamente las farmacias que desfilan, una tras otra, ante la ventana y la mirada del cineasta pasajero-ciudadano y vecino de la ciudad: los síntomas de la enfermedad en esos edificios muy modernos y en serie que ofrecen farmacología y la magia del cine como primer acto de resistencia cultural. Cabe entonces hacer una pregunta competitiva: ¿quién es más fantasma en la noche de Recife?, ¿Los que entran prácticos, raudos y decididos a esas farmacias o los que aparecen y desaparecen dentro de un taxi, sin querer volver aún a casa (al presente quizá)?

    Finalmente, Retratos fantasma también es un acto de nostalgia, no podría serlo de otra manera. El mundo va desapareciendo a medida que se envejece, no sabemos bien cómo son los ojos de los otros humanos más nuevos que vienen a quedarse en él, qué y cómo miran. Por eso el crear, inventar, y soñar son tanto antídotos a esa angustia como sitios desde donde hablar sin culpas y observarse sin tanto asombro o perplejidad. ♦


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