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    Crítica | Amor en Rye Lane

    || Críticas | Streaming | ★★★★☆
    Amor en Rye Lane
    Raine Allen-Miller
    De todos los baños de todos los barrios del mundo…


    Ignacio Navarro Mejía
    Madrid |

    ficha técnica:
    Reino Unido, 2023. Título original: Rye Lane. Dirección: Raine Allen-Miller. Guion: Nathan Bryon y Tom Melia. Producción: BBC Films / BFI / DJ Films / Searchlight Pictures / Turnover Films. Fotografía: Olan Collardy. Montaje: Victoria Boydell. Música: Kwes. Diseño de produción: Anna Rhodes. Dirección artística: Ashley Dando. Vestuario: Cynthia Lawrence-John. Reparto: David Jonsson, Vivian Oparah, Poppy Allen-Quarmby, Simon Mayonda, Benjamin Sarpong-Broni, Karene Peter, Malcolm Atobrah. Presentación: Festival de Sundance 2023. Duración: 82 minutos.

    Rye Lane es una larga calle del barrio de Peckham, al sur de Londres, esa capital enorme y cosmopolita que para los turistas u observadores externos se reduce a unas cuantas insignias y postales, pero que se extiende más allá del centro e incluso de la periferia para albergar auténticos microcosmos. Antaño inmigrantes o exiliados del campo convertidos en población fija desde hace varias generaciones conviven con descendientes de obreros y comerciantes de paso, en un verdadero melting pot que se traduce también en la diversidad cultural, la exuberancia urbanística y la fusión gastronómica, para crear, eso sí, un lugar único y reconocible. La gentrificación, con todo, provoca que las señas de identidad de un barrio como este se puedan ir difuminando, no tanto porque dejen de existir, sino porque dejan de ser propias de sus residentes originarios. Puede alterar, además, su alcance adquisitivo, desde el precio de la vivienda hasta lo que pueda costar un burrito de franquicia o una de sus famosas hogazas. En cualquier caso, mientras siga en pie el barrio tal y como se ha venido definiendo desde hace décadas, es importante que existan testimonios suyos, para inmortalizarlo en la memoria de un entorno en constante cambio, no solo en el recuerdo de sus habitantes que heredan ahí su hogar o que van y vienen, sino en sus múltiples manifestaciones artísticas. Un lugar como este, en efecto, es propicio para expresarlo en algún poema (como el de la joven Amy Blakemore), ser fotografiado en color o en blanco y negro (como en la obra de Sarah Deane) y hasta convertirse en localización principal de un largometraje de ficción.

    Esto último es lo que hace la inconfundiblemente titulada Amor en Rye Lane (Rye Lane es el título original), ópera prima de la joven Raine Allen-Miller, cuya mirada juvenil es patente tanto en su historia guionizada por otros como en su distintivo tratamiento audiovisual. Aquella está coprotagonizada por dos personajes también jóvenes y de raza negra, Dom y Yas, que acaban de dejarlo con sus respectivas parejas y coinciden contra todo pronóstico en el baño, unisex por supuesto, de una galería en la que expone un conocido en común. A partir de ahí, permanecen juntos mientras a marchas forzadas va llegando a su ocaso el resto del día, en principio de manera fortuita y luego unidos por la necesidad de superar la soledad, repentina y confusa, en que se hallan sumidos. Esta es relativa porque todo bulle a su alrededor y tienen a gente que los apoya, por lo que su incipiente relación no contrarresta un posible aislamiento, sino que se desenvuelve en armonía con todo el dinamismo y compañía que imprime su vida cotidiana. Dom y Yas tienen siempre sitios a los que acudir, locales de confianza o vecinos de toda la vida, y esos diferentes escenarios se refuerzan en secuencias identificativas, partes de un todo pero, asimismo, simples muestras de toda una serie de mundos propios de los que solo percibimos un fragmento. De ahí que sea relevante, para la propia comprensión dramática de la historia (que, en realidad, es más comedia que drama), su ubicación en el lugar antes descrito, hasta el punto de que aquella, como sabemos, toma su título de este. Por tanto, aunque estamos ante un relato a priori intimista, centrado en los dos mencionados personajes, con sus emociones y vicisitudes más internas que externas (desde el punto de vista del conflicto cinematográfico), el verdadero protagonismo reside en esa ecléctica y, a la vez, autosuficiente geografía.

    Esto nos conduce a la otra cara de la moneda, que es la presentación en pantalla de dicho decorado, cuya vitalidad se acentúa con la puesta en escena y la banda sonora. Su combinación roza la estética del videoclip, sobre todo por el ritmo acelerado (a veces en exceso, sobre todo en algunos diálogos de intención cómica) y un diseño estilizado de la imagen (con grandes angulares y encuadres geométricos), si bien el sentimiento genuino de la película evita que esta caiga en tal superficialidad o que predomine a toda costa el efectismo. Amor en Rye Lane no es una historia demasiado original porque narra un breve episodio de una experiencia compartida que podría ser similar a la de millones de personas. Sin embargo, como dice Dom, lo que podría haber sido un día cualquiera acaba siendo uno de los más memorables de su vida, y el espectador comparte esa impresión porque, aunque esté viendo algo familiar y reconocible, en el fondo, parecido a lo ya visto antes muchas veces, lo que hace que sea memorable es algo ajeno al puro meollo de la historia que, a su vez, dota a esta de todo su sentido. Dicho de otra manera, una historia de esta índole puede resultar a estas alturas casi anodina, si bien deja de serlo cuando se alimenta de elementos llamativos, en el aspecto audiovisual, y más allá de la agilidad y heterodoxia de la planificación y el montaje, aquellos surgen aquí, sobre todo, de la forma de ser de unos personajes marcados por un ambiente determinado. No sabemos cuánto tiempo Dom y Yas seguirán juntos, quizá menos del que cabría imaginar, y en verdad hay cierta sensación efímera en el desarrollo de los acontecimientos, pero sin duda se acordarán de ellos. Y es que no han transcurrido en un barrio, el de Peckham y su Rye Lane, del que muchos otros se puedan acordar, salvo quienes lo conozcan y hayan hecho suyo, y estos, por ende, no lo pueden olvidar. ♦


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