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    Crítica | El último verano

    || Críticas | FICX 2023 | ★★★★☆
    El último verano
    Catherine Breillat
    Del deseo y del poder


    Agus Izquierdo
    Barcelona |

    ficha técnica:
    Francia, 2023. Título original: «L'été dernier». Duración: 104 min. Dirección: Catherine Breillat: Guion. Catherine Breillat. Guion original: Maren Louise Käehne, May el-Toukhy. Productores: Globalgate Entertainment, Nordisk Film Production AS, SBS Productions. Reparto: Léa Drucker, Olivier Rabourdin, Clotilde Courau, Samuel Kircher, Angela Chen, Serena Hu.

    Si existe algo parecido a lo contrario de misericordia, debe tener que ver con Catherine Breillat, capaz de conmovernos o removernos, según le venga bien, y abordando temas escabrosos y políticamente incorrectos sin caer ni en la pornografía, ni el morbo gratuito. Lo de plantar sobre la mesa una relación intempestiva con mucha diferencia de edad ya lo hizo en su momento, y a su manera, Agnès Varda en Kung Fu Master. Entonces era 1988 y los debates y las sensibilidades eran otras, cosa que honra a Breillat por su valentía a la hora de encajar (con grato éxito) una historia a día de hoy más bien peligrosa y puntiaguda. L'Été dernier (El último verano en España), ha sido vista en premiere española con motivo de la 61º edición del Festival de Gijón no sin causar algún estupor, alguna risilla incómoda pero sobre todo un asombro no solo temático (por lo que impresiona) sino también estético (por lo que conmueve a través de las imágenes).

    L'Été dernier despliega un auténtico arsenal de recursos plásticos, actorales, narrativos y visuales que dan lugar, en conjunto, a una de esas premisas que erizan el vello tanto en el sentido de agradable como en el de perverso. Hay algo de placer culpable en esto último de la directora de Abus de faiblesse, que cuenta con una estelar y absoluta Léa Drucker (Custodia compartida), que carga casi todo el peso de este relato sobre una relación entre Anne y su hijastro Theo, muchos años menor que él. Aprovechando la salida por trabajo de Pierre, su marido y padre de Theo, Anne iniciará un juego de distancias basado en la seducción mutua y el divertimento, que tiene como punto de salida la curiosidad adolescente y unos inofensivos celos que, de repente, siente Anne por el joven. Como era de esperar, el juego se va calentando y el globo se va inflando hasta que explota, convirtiendo la situación en una olla incontrolable. Dios sabe que somos pecadores por naturaleza, y la carne pide carne. No aprendemos.

    La película arranca con un plano-contraplano, una decisión para nada trivial, pues L'Été dernier se asemeja más a un endiablado partido de tenis que a un drama familiar. Lo primero que hay que aplaudir es su lucidez estructural: la violencia está inteligentemente calibrada y espléndidamente suministrada, gracias en gran parte a una concordante introducción de dosis de humor negro, y a la fascinación que sugieren los protagonistas. Además, se agradece la edulcoración de la trama, azucarada mediante un respeto por todos y cada uno de los personajes, que la hacen más soportable y humana. A eso ayuda el revestimiento de la fachada, y aquí toca aplaudir la labor de Jeanne Lapoirie, que reviste lo asfixiante de este cuento y mitiga cualquier náusea ético-moral que pueda causar a través de un extremo cuidado y mimo por la formalidad. Se trata de fotografiar la obsesión a través de un resultado obsesivo y, con tal de conseguir tal empresa, se usa una metodología obsesiva centrada en filmar, de forma casi fetichista, la humedad de los cuerpos, las miradas de terror, el brillo lascivo de los ojos y la orografía de las pieles en contacto. Esta es una cinta que calcula euclidianamente cada uno de los planos y los encuadres, un trabajo impecable y exquisito que eleva el lenguaje visual para humanizar una familia que, pese a su burguesa condición social, sufre también penurias y desequilibrios, y que tampoco está exenta de traumas.

    El filme aprovecha todo esto para ofrecernos una prodigiosa tragedia shakespeariana sobre traición y secretos con trazas edípicas. En la ecuación de la tradición, la pureza y la decencia se ven manoseadas por la lujuria y la substitución de la figura paterna. Hay una secuencia espectacular y fantasmagórica que sintetiza en unos segundos toda la fuerza de la película, donde Theo mira, amenazante, a su padre y su madrastra desde un ventanal. El adolescente quiebra la armonía que desprende el matrimonio: se encuentra en medio de los dos, representando así la terrorífica pérdida de inocencia y el peligro que siempre acecha, perseverante, dispuesto a morder. Esta madurez cinematográfica dota a L'Été dernier de un tono más oscuro, diferenciándola de propuestas del mismo estilo como podría ser Call Me by Your Name de Guadagnino. También merece mención especial el papel que encarna Drucker, apabullante, dando vida a una especie de femme fatale deconstruida e inquietante, que no dudará en usar todos sus métodos de manipulación (adquiridos, probablemente, en su profesión de abogada) para salvar su cuello, aunque para ello tenga que aplicar una política de tierra quemada que lo arrase casi todo. Lo más impresionante de este personaje es su capacidad para actuar dentro de la misma actuación, efectuando una gélida y arriesgada conspiración en solitario. Pero sin demonizar ni estigmatizar, Breillat nos brinda un escenario donde es casi imposible discernir quién es la víctima y quién el verdugo. Recuerda que existe un cine no misericordioso, y ese cine no concede tregua ni piedad más allá de una manera delicada y sublime de narrar. Un cine provocador, caprichoso, punzante y que no hace prisioneros. Un cine, por todo esto, hoy más que nunca, necesario y socialmente constructivo. ♦


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