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    Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | Marina, Unplugged

    || Críticas | Mostra de Valencia 2023 | ★★★★★ |
    Marina, Unplugged
    Alfonso Amador
    La voluntad del triunfo


    Aarón Rodríguez Serrano
    Valencia |

    ficha técnica:
    España, 2023. Dirección y montaje: Alfonso Amador. Guion: Alfonso Amador, basado en la obra de Jorge Picó y Alfonso Amador. Fotografía: Diego Opazo. Música: Ángel Galán. Reparto: Claudia Faci, Jorge Picó, Alaitz Catalá, Toni Agustí, Ángel Galán, Miguel Ángel Romo, Alberto Cervera, Begoña Soler, Mario Fernández Alonso. Producción y distribución: Silence. Duración: 95 minutos.

    El interior de la retórica mohosa, el sabor del miedo en la boca, los vendedores de apocalipsis y odio portátil que creen que salvan a nuestro país sugiriendo que van a depositar, con todo su cariño, una bala en el interior de nuestro cráneo. La bala a veces tiene forma de despido, a veces tiene forma de correctivo moral, a veces tiene forma de oración y otras, las que más, tiene forma de bala. La pregunta que realmente nos importa es: ¿Cómo retrata la cámara hoy, en 2023, a la extrema derecha?

    O dicho con mayor claridad: ¿es Marina, Unplugged una película? ¿Una obra de teatro filmada? ¿Un panfleto? ¿Una filípica?

    La pregunta tiene su miga, porque si yo ahora me limitase a quedarme en la capa narrativa superficial de la cinta (lo que aparentemente «cuenta”), si loase simplemente sus capacidades para denunciar la demolición de las libertades democráticas que se nos viene, si me quedase en el guiño cómplice con mis colegas ideológicos, la cosa se agotaría pronto. Marina, Unplugged nos da la razón, pasemos a otra cosa.

    Conviene, sin embargo, dar un rodeo calmado alrededor de la cinta para darse cuenta de que, aunque parezca rodada con una inmediatez y una espontaneidad casi suicida, la película es una suerte de agujero textual lleno de capas, referencias, ecos, detalles en los que uno corre el feliz peligro de extraviarse. No es una flecha (no lleva al espectador de un punto a otro, no tiene una estructura lineal hermética del gusto de las minisalas), sino más bien un laberinto, o una espiral, o una figura sinuosa o desconocida que fuera trepando alrededor del cuerpo de Claudia Faci, figura mayúscula, titánica, voz y movimiento. Así, el cine es el tiempo en el que la actriz decide marcar una pausa, un gesto concreto de las manos apenas perceptible, un atusarse el pelo, un sonreír entre la rabia y el ansia. Un mal cronista diría que la Faci se come la cámara, pero es otra cosa: su interpretación sirve como un puntal férreo para que podamos comprender al mismo tiempo al personaje y su discurso, su máscara y su locura, su desprecio y su genialidad. Porque Marina no es exactamente una máscara, un títere, un enemigo idiota del que podamos reírnos con comodidad diciendo: «Oh, mira, ahí están los que todavía siguen creyendo en la extrema derecha». Ya no podemos mirarlos así. Nos han cambiado la mirada —quizá ese sea su primer gran triunfo— y de pronto se han convertido en otra cosa: en gente que nos trae una bala entre las manos con la sonrisa gélida de quien no duda de sus buenas intenciones y de la labor que ocupa en la Historia. Porque la Historia, para ellos, para ellas, se escribe siempre en mayúscula, como sus nombres propios.

    De ahí que —voy a decirlo claro—, Marina, Unplugged sea una película insoportablemente viscosa. Hay momentos en los que resulta imposible no quedarse atrapado, fascinado por esa mujer mayúscula, descomunal, que ha decidido cargar sobre su espalda la resurrección de un mundo muerto. Y, lo que es peor, resulta viscosa porque utiliza nuestro lenguaje: el de la cultura, el del teatro, el de la puesta en escena. No está en un estadio gigantesco aullando consignas homófobas. No está en un programa en prime time cargando con desprecio contra el lenguaje no binario. No. Está en un teatro, recitando un texto extraordinariamente bien escrito, con un uso del lenguaje exuberante y bellísimo, manejando su voz para salpimentar un odio tras el que escuchamos latir a Lorca, a Cernuda, a Cervantes. Es la Historia de la Literatura, la Historia del Teatro (me permiten las mayúsculas) y la Historia del Cine súbitamente canibalizadas por esa mujer que trae una bala cincelada con nuestros amores. Es Cabaret, es Tomorrow Belongs to Me filtrándose en el texto y en el impresionante monólogo final, es nuestra herencia, es lo que hemos peleado durante décadas, es nuestra misma piel y nuestra propia voz y nuestro propio sexo y nuestro propio pulso el que mastica Marina, el que vomita Marina, el que Alfonso Amador recoge y distribuye por nuestra mirada con ese suntuoso y genial blanco y negro contrastado del que hace gala la dirección de fotografía. Ahí uno entiende que Marina, Unplugged es mucho más que un simple panfleto: es toda una reflexión sobre cómo nos canibalizan la cultura, las instituciones, el lenguaje, los cuerpos, cómo se nos meten en la pequeña cocina del teatro, el cine, la literatura, el amor por la palabra, cómo la prostituyen, lo poco que importamos, lo poco que somos, lo mucho que nos desprecian.

    Marina, Unplugged es, repito, una advertencia a los profesionales de la cultura: no cedamos al colaboracionismo. No creamos su fingido amor por los libros. No creamos que somos algo más que puras herramientas para que ganen capital: capital cultural, capital bancario, capital simbólico. No permitamos que se miren al espejo con la tranquilidad de estar haciendo bien las cosas.

    Y, desde ahí, se entiende lo que hace Alfonso Amador con el espacio: cómo lo hace crecer, cómo lo comprime, cómo lo segmenta. Hay planos absolutamente grandiosos, como esa mirada aérea en la que un par de colaboracionistas se retuercen al fondo de un encuadre dominado por unas líneas compositivas violentas. O ese hombre lleno de asco y furia que bebe en una espera interminable (¿para qué? ¿hacia dónde? ¿hasta cuándo?). Una asesora de Marina que mira de refilón su teléfono de móvil, presa de la vergüenza y sabedora de su responsabilidad con la tormenta de mierda que se cierne sobre el mundo. Los secundarios están simplemente portentosos: su mediocridad, su miedo, su hambre, su desprecio, pero también su ansia, el sabor de los cadáveres que vienen en sus pequeñas mandíbulas, su sensación de triunfo. Todo está ahí: la voluntad del triunfo disparándose como un torbellino entre Marina y su pianista, Marina y su director, Marina y sus asesores, Marina y su teléfono móvil, Marina y la noche valenciana por la que se desplaza como una cucaracha hambrienta de basura en unos planos largos y hermosísimos —¡qué bien funcionan los planos exteriores!— hasta que la cámara se acerca y se acerca y se acerca a esa Marina final, Marina rediviva que coge todas las líneas de fuerza de la película y las dispara contra el espectador, bala/monólogo, bala/futuro, bala/Blas de Otero porque la poesía puede ser un arma cargada del futuro pero el futuro igual huele a plaza de toros, pólvora, mantón negro, Corpus Christi, exilio, patera, Bous al carrer, ponme un anisete.

    Terminas la proyección exhausto y entristecido, y afuera está la noche valenciana, que hubiera podido ser otra cosa pero es, a su manera y desde hace unos meses, un poco más oscura y alberga horrores. No es tan fácil que una película sea un espejo. No es tan fácil que sea, además, nuestro espejo.


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