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    Crítica | Slow

    || Críticas | Karlovy Vary Film Festival 2023 | ★★★★☆ |
    Slow
    Marija Kavtaradze
    Un film (cuerpo) contemporáneo


    Aarón Rodríguez Serrano
    Karlovy Vary (República Checa) |

    ficha técnica:
    Lituania, España, Suecia, 2023. Título original: Slow. Dirección: Marija Kavtaradze. Guion: Marija Kavtaradze. Música: Irya Gmeyner, y Martin Hederos. Fotografía: Laurynas Bareisa. Intérpretes: Greta Grineviciute, Kestutis Cicenas, Pijus Ganusauskas, Laima Akstinaite, Vaiva Zymantaite, Mantas Barvicius, Rimante Valiukaite, Ugne Siauciunaite, Mantas Stabacinskas, Dovile Silkaityte, Gediminas Rimeika, Matas Dirgincius, Pau Colera. Duración 104 minutos.

    Ahora, hoy, les pido que imaginen un cuerpo. Como todos, está atravesado de ciertas vivencias, se sostiene a partir de ciertas palabras y hace de su lenguaje y su deseo un baile de contradicciones. De ahí que el cine siempre tenga una relación fascinante y bien documentada con los cuerpos: los momifica, los secciona, los traiciona, los construye. Mejor que los espejos —que, ya se sabe, están predestinados siempre por la traición del presente—, son las pantallas y la danza de luminosidades que reflejan.

    Decir que Slow es una película sobre los cuerpos vale tanto como decir que es una película contemporánea. Lo dejó apuntado por algún lado Domènec Font en sus escritos póstumos: el cine de nuestro tiempo es un cine del cuerpo y hacia el cuerpo, y de ahí sus fricciones y su incrédula cercanía. Qué gran texto hubiera escrito Font si hubiera tenido la suerte de tropezarse con Dovydas (Kestutis Cicenas) y con Elena (Greta Grineviciute), los dos extraños amantes que se deslizan por los fotogramas de Slow con medida y primorosa complicidad. Amantes, cabe añadir, que sufren la catástrofe del cuerpo, territorio definitivo en el que se pone siempre el envés de la palabra —todos hemos tenido cuerpos en nuestra cama que se prometían exquisitos en el lenguaje pero que fracasaban en lo más evidente de su sensualidad, y al contrario, ciertas intimidades son tan poderosas que parece que traen con ellas el amor por primera vez, incluso cuando pintamos canas y estamos asomados en las balconadas de la madurez.

    Digo esto porque Slow no se entiende sin ver cómo el cuerpo, que es lo que precisamente suele unir a los amantes, funciona aquí a la inversa y se establece en abismo irresoluble. Ella, Elena, es un cuerpo no normativo, gozoso, constantemente puesto a prueba en la exigencia desmesurada de la danza contemporánea. Uno de los grandes logros de la dirección de Marija Kavtaradze —que no son pocos— es precisamente su capacidad para rodar los movimientos de su protagonista y escoger de manera incontestable la distancia y la angulación precisa de la cámara que exige cada número. A veces abismada en su rostro, a veces con picados y travellings de seguimiento que captan el huracán de su movimiento, a veces en generales distanciados que permiten paladear la armonía y sincronización de los bailarines. La directora es una experta cazadora de instantes del cuerpo, y eso se nota. Al otro lado de la ecuación se encuentra Dovydas, un hombre asexual que se gana la vida traduciendo al lenguaje de signos todo tipo de eventos. Al contrario que Elena, su cuerpo está momificado en una belleza estéril que la cámara suele retratar televisivamente, en un plano medio frontal desolado pero extrañamente dulce. Los dos no saben que hacer con su cuerpo, así que lo convierten en lenguaje: artístico en un lado, traducido en otro. Pero siempre hay algo artístico en una buena traducción, y siempre hay que saber traducir a nuestro cuerpo el arte, y así, en el medio de esa lemniscata de pasiones y gestos es precisamente donde Dovydas y Elena se encuentran, donde se juega la película entera, donde surge la rabia y la dulzura, la desesperación y el orgullo, la sacrosanta complejidad del deseo imposible. (Cabría preguntarse, por cierto, si hay algún deseo que no sea siempre imposible, o al menos, si el cine no sirve siempre para hacer un semblante tolerable de semejante paradoja).

    Lo que en manos de una mala directora hubiera podido desembocar en un melodrama de blancos y negros trazado a grandes brochazos es, en manos de Marija Kavtaradze un valiente ejercicio de orfebrería cinematográfica. Amargamente divertida, salpicada de unos diálogos limpios y prodigiosamente escritos, fulgurantemente rápida en ocasiones y delicadamente morosa en otros. La película maneja el tiempo como era de esperar en alguien que sabe fijar con tanta precisión el movimiento de los cuerpos. Se abre y se deshoja como una margarita de promesas rotas, y de pronto renace en un plano en el que los amantes se reencuentran a través de un espejo. Promete una salida y de pronto se quiebra dejándonos incrédulos y con las manos vacías. Oscila entre polos sin desplomarse, como el movimiento mismo de la existencia, como el recorrido siempre contradictorio pero inevitable de la pasión, y así poco a poco se va convirtiendo en una gran película por su capacidad de acumular momentos y chispazos.

    En un momento en el que se discuten —de nuevo, digámoslo claro, casi siempre a brochazos de mal gusto— en qué podrían consistir esas nuevas masculinidades y se buscan respuestas baratas que otorguen aplausos en redes sociales y capital cultural, llama la atención encontrarse un personaje como Dovydas. Sin poder participar de eso que constantemente se pone como condición fundamental del ser hombre, es sin embargo capaz de amar, de escuchar, de querer ser amado y de comportarse con una elegancia sobrecogedora. En su envés es, por supuesto, también un personaje mediocre y celoso, dominado por los miedos y de una fragilidad que a veces tiene chispazos rabiosos. Es, por lo tanto, un hombre y la suya una posición mucho más masculina que la de los arquetipos habituales que maneja el cine menos dotado de nuestros tiempos (el violento descerebrado o el aliado infalible, según convenga). No. Hay otras posiciones y trabajamos también con el dolor de sabernos a mitad de camino de nosotros mismos. Y es extraordinario cómo Marija Kavtaradze nos ha tomado el pulso y nos ha sacado la foto, o mejor, la película entera.

    Slow habla desde su propio título de una concepción del tiempo, o lo que es lo mismo, de una ordenación de los afectos. La película está a la altura, hay que señalarlo, y sabe perfectamente hacer de la necesidad (del cuerpo) una virtud (del amor). Sus grietas son nuestros espejos, y es que, como decíamos antes, se trata de una película radicalmente contemporánea.


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