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    Crítica | A fuego lento

    || Críticas | Cannes 2023 | ★★★★☆
    A fuego lento
    Tran Anh Hung
    Los fogones-jugones del cine francés


    Mariona Borrull Zapata
    Cannes (Francia)|

    ficha técnica:
    Francia, 2023. Título original: «La passion de Dodin Bouffant». Dirección: Tran Anh Hung. Guion: Tran Anh Hung. Compañías productoras: Curiosa Films, Umedia. Productores: Olivier Delbosc. Diseño de producción: Toma Baqueni. Fotografía: Jonathan Ricquebourg. Reparto: Juliette Binoche, Benoît Magimel, Pierre Gagnaire, Jean-Marc Roulot. Presentación oficial: Sección Oficial del Festival de Cannes. Duración: 145 minutos.

    Sobre las encimeras de la mansión Dodin-Bouffant, cocinar vale la pena. Proceso colaborativo pero abstraído, sencillo aunque lleno de color, exigente y científico, con sus dosis de juguetonería. De entre las estrellas que conforman la constelación culinaria de la pequeña troup de chefs de casa Dodin-Bouffant, destaca la satisfacción incontestable que exuda la sonrisa de Eugénie (Juliette Binoche) al soasar, verter o emplatar. Es el gesto de seguridad verdadera que llega sólo a quien se sabe en buen camino, el choca-esos-cinco de un deporte en equipo, el giro preciso de quien clava una coreografía al segundo.

    En casa de Dodin-Bouffant, cocinar juntes es placer, hacerlo a solas es devoción. Al fin y al cabo, supone participar en un ritual más preciso, más dado al error. Lo que hay en juego se disuelve en la pequeñez aparente de sus procesos, se convierte en tarea detectivesca. En solitario se cocina de noche. De día, la cocina pide al cine una sucesión de cortes que sostengan un paso en el tiempo lo justo para mantener la lógica del partido, mientras lo entregan a los brazos de la imagen siguiente.

    El cineasta vietnamita Tran Anh Hung (Cámera d’Or por El olor de la papaya verde en 1993) entiende que la cocina habla directamente a los pilares de cualquier construcción audiovisual, en lo visual y en sus tiempos. Prioriza, por lo tanto, cuestiones estéticas a duramente argumentales, se pregunta antes cuál es el tiempo perfecto para que un salteado atraviese un plano detalle, qué distancia pide cortar en Juliana o qué colores encapsulan un determinado sabor, u otro. Participar en el espectáculo audiovisual que La passion de Dodin Bouffant propone puede abrir puertas realmente interesantes a cuestiones de puesta en escena y de montaje, si sólo no nos dejamos llevar.

    Porque resulta cómodo dejarse mecer por la narrativa relajada de Tran Anh Hung, que adapta el libro de 1920 La Vie et la Passion de Dodin-Bouffant, gourmet de Marcel Rouff, sintetizando toda la carne de la segunda mitad de la novela, sobre la búsqueda de un aprendiz para el chef, en la presencia entre fogones de una niña talentosa que, intuimos, podría heredar la cocina de la mansión. Tran escribirá únicamente sobre la relación entre el aristócrata, experto aficionado en la alta gastronomía, y su cocinera Eugénie. Una relación afectiva y amorosa, en ocasiones sexual, pero que desde el guion Tran oculta tras un biombo. Dice Dodin Bouffant (Benoît Magimel) que Eugénie no será nunca su esposa, siempre «su cocinera».

    A los veinte minutos de metraje, entre cacerolas y mesas de cortar, la mujer sufre un desmayo. Sin embargo, el arco dramático que este primer trastabillo anticipa no llega a concretarse hasta prácticamente las dos horas de película… De esta guisa, aunque sepamos que la relación entre Eugénie y Dodin esté condenada a la fatalidad, Tran deja suficiente espacio para que las imágenes gustosas que cultiva se empapen de tristeza sólo al baño María; nos permite paladear los días dulces del otoño (de fondo, chicharras y vencejos). El director acude con regularidad al desplazamiento lateral, suficientemente descriptivo para que el mundo llene el cuadro con sus aromas intactos, pero dictada por una composición transparente, amable.

    De la fotogenia incontestable de cada cuadro, todos hijos aventajados del impresionismo, se encarga la mano de Jonathan Ricquebourg (La muerte de Luis XIV, Earwig). Nos recuerda la compleja mecánica de la retórica, que se separa del barroquismo por tener las ideas claras y la audacia para esgrimirlas. Sólo por el interés en pensar aquello que se prepara ya distinguimos al grupo capitaneado por Magimel de los gentilhomes farsantes de cocinas ajenas, pero que la cocina esconde un sistema propio de pensamiento es una tesis que moviliza todo el suelo narrativo de la película. Eugénie pide a su aprendiz que describa con atino qué ha sentido al dar el primer bocado a su tarta Alaska, Dodin Bouffant dedica una preciosa declaración de amor al acto de masticar.

    Y, a pesar de todo, esta se concreta en la realidad apabullante de una descripción científica. Tran emprende su película de forma parecida: tomando la estética como un terroir que abordar con la meticulosidad que pide la suerte de ciencia que pone en forma cualquier película, para exprimir lo mejor del mundo por delante. Eso no le quitará pizca de juguetonería. Recordamos a Benoît Magimel con un gorrito simpático de pâtissier soplando para montar paquetitos de azúcar endurecido, o un sugerente –sobradísimo– corte de una pera a una espalda desnuda. Cuando entendemos la cocina (y el cine), disfrutamos más.


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