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    Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | The Quiet Girl

    || Críticas | ★★★★☆
    The Quiet Girl
    Colm Bairéad
    La chica entre dos mundos


    David Tejero Nogales
    Badajoz |

    ficha técnica:
    Irlanda, 2022. Título original: «The Quiet Girl». Director: Colm Bairéad. Guion: Colm Bairéad, Claire Keegan (basado en la historia “Foster”). Productores: Cleona Ni Chrualaoí, Des Martin, Dearbhla Regan. Productoras: Inscéal, TG4, Broadcasting Authority of Ireland, Screen Ireland. Distribuida por: La Aventura Audiovisual. Fotografía: Kate McCollough. Música: Stephen Rennicks. Montaje: John Murphy. Diseño de producción: Emma Lowney. Diseño de Vestuario: Louise Stanton. Reparto: Carrie Crowley, Andrew Bennet, Catherine Clinch, Michael Patric, Kate Nic Chonaonaigh.

    Una imagen a ras de tierra. Un paisaje triste. El eco de un nombre suena mecido por el viento. Un ligero movimiento desplaza la cámara e intuimos el cuerpo de una niña en posición fetal escondido entre la maleza. Es un comienzo sencillo, que nos sirve de contexto y situación, sin embargo en el origen de esa primera escena reside todo la fuerza telúrica de una película silente nacida de los elementos naturales de la tierra. The Quiet Girl (Colm Bairéad, 2022) emerge como relato mitológico, en donde una niña renace en medio de una campiña irlandesa. Una criatura mágica ajena a su familia, un hada destinada a soportar el clima hostil de un hogar que no le pertenece. Una bella flor atrapada en un hábitat irrespirable.

    Cáit (Catherine Clinch) solo tiene nueve años. Vive en un pueblo de la Irlanda profunda de 1981. Una fecha que le sirve al realizador para dotar a su película de una extraña atemporalidad. A pesar del trasfondo histórico, las llamadas huelgas de hambre, The Quiet Girl podría ambientarse en algún momento del medievo, en algún pasaje de las novelas victorianas de Charles Dickens, o en la gran depresión americana de los años 30/40. Da igual, porque alberga una extraña condición de lugar perdido. Esto no quita que asistamos a una historia de carácter típicamente irlandés (casi toda la película está hablada en gaélico irlandés moderno).

    Bairéad acierta a la hora de esbozar, por un lado, el grado histórico de un país en vías de desarrollo, y por otro, la Irlanda milenaria que pervive de la tradición oral saturada de cuentos y leyendas. Su mismo título guarda correspondencias con El hombre tranquilo (The Quiet Man, John Ford, 1952), y, aunque sea algo casual, lejos de las verdaderas intenciones del autor, lo cierto es que en el segundo acto de The Quiet Girl respiramos ese aire mágico que debería sentirse en la cinematográfica Isla de Innisfree. Un paraíso ficticio que sirve de imborrable recuerdo de nuestra infancia. La herencia fordiana nace en derredor de toda una amalgama de planos en marcos de puertas y ventanas, encuadres que sirven en su mayoría como trasunto de un viaje a lo desconocido. Bairéad filma centrándose en las pequeñas cosas. Saca un interesante partido al formato 4.3 dado que el aspecto cuadrado de la imagen no permite despistes en el campo de visión del espectador. El cuadro es la ventana. Su cámara se pega a la pequeña sin abandonarla un solo instante. No quiere unos simples testigos quiere que seamos parte directa de su recorrido. Por eso, adentrándonos en ese posible mundo de la niña, podríamos pensar en el pastoril e idílico Innisfree, o también en otros lugares de cine como la aldea escocesa del musical Brigadoon (Vicente Minnelli, 1954), o en aquella Shangri-La oculta en las montañas del Tíbet.

    Precisamente el cineasta intenta plasmar las desemejanzas estéticas manifiestas en los mundos de Cáit. Uno el de origen, digamos, su hogar natural, dentro de una familia disfuncional que no muestra el mas mínimo amor por su hija. Y dos, la propiedad de unos parientes lejanos en donde envían a la niña a pasar el verano. Esos ambientes contrapuestos, alejados en más de un sentido, quedan retratados por medio del andamiaje visual. Una paleta de colores lúgubres y grises para la primera casa, y unos tonos más luminosos, y colores pastel para la segunda. Pasamos de un paisaje tétrico, en el que el sol apenas posa en las oscuras, frías, y tenebrosas estancias, a un espacio resplandeciente de cuento de hadas. La actitud de la niña pasa de sentirse atrapada en una cárcel a liberarse. Hay una secuencia, el trayecto en coche que va desde la antigua casa hasta el nuevo hogar de acogida, que resulta muy reveladora. La escena contiene trazas de violencia implícita, viendo la tensión del viaje o el miedo soterrado de la chiquilla a comunicarse con el padre. El punto de inflexión sale a la luz en ese hermoso reencuadre que nos muestra a Cáit cegada por el sol justo cuando Eibhlin (Carrie Crowley), abre la puerta del coche. La cámara tiende un cordón umbilical entre la mujer y la niña mediante un barrido vertical que sirve de toma de contacto con ese nuevo universo conciliador. Lentamente Cáit baja del coche y pisa la tierra. Entonces los colores aumentan y los verdes son más verdes, los azules más azules. De un solo golpe, los tonos y brillos de la fotografía cambian abriéndose un camino de fertilidad y armonía. La chica tomará conciencia plena en esa escena madurando unas emociones diametralmente opuestas a las de su vida anterior. Más tarde, dentro de la casa de Eibhlin y su marido Sean (Andrew Bennet), la cámara decide alejarse brevemente de la niña. Las dependencias del hogar están sujetas a otras distancias focales, a mayor profundidad de campo, para así poder sentir o experimentar esa nueva sensación de descubrimiento.

    Ante este argumento se nos plantean varias preguntas e incógnitas ¿Es posible pensar en la infancia sin dolor? ¿Es The Quiet Girl una obra esperanzadora? Las respuestas se antojan confusas e indeterminadas porque esa mirada infantil no tapa la terrible y desoladora historia de fondo. Estamos ante una película sobre el maltrato infantil, sobre la perdida, la muerte y el abuso del derecho a los lazos de consanguinidad. Un durísimo reflejo de los gestos condenatorios de padre a hijos y de la difícil adaptación de los más indefensos. Bairéad no hace mella en esos mecanismos, de miseria y disfuncionalidad, pero no oculta, bajo el paraguas sensible del punto de vista de una niña de 9 años, todo el dolor enterrado en el relato. Un guion que el director escribe basándose en un relato corto de la escritora irlandesa Claire Keegan (Foster). El libro, contado en primera persona, coloca el acento en la piel de la niña y teje con ella una mirada inocente. Gracias a ello, el realizador elige sabiamente una narrativa abisal que atraviesa partes subjetivas, y otras en donde colocarnos como pasajeros de un tren con un mismo destino. La dirección omite esa molesta inclinación por los planos de cogote, o las toscas sacudidas del seguimiento cámara en mano, y decide filmar a la protagonista de frente o lateralmente. El cineasta favorece un estilo elegante, otoñal, de atmósferas delicadas apoyado en unos excelentes trabajos de fotografía (Kate McCullough), diseño de sonido y música (Stephen Rennicks).

    Por último, The Quiet Girl se rinde a los poderes sobrenaturales que habitan en los gestos y expresiones de Catherine Clinch. Esa fuerza arrebatadora de intensos ojos azules capaz de transcribir cientos de emociones en apenas un solo pestañeo. Se atisban ligeras alusiones al cine mudo, en especial a Chaplin. Reminiscencias a El chico (1921), en la sensibilización del mundo de la infancia. El que apenas se verbalicen las emociones de Cáit, sujetas a los silencios o detalles cotidianos, simboliza ligeramente la praxis chapliniana acerca de la identidad. Por supuesto, a diferencia de otras producciones en las cuales la vuelta al hogar dramatiza una pulsión de acomodo y serenidad, en The Quiet Girl el supuesto orden natural de las cosas se contradice. El hogar es algo nocivo y toxico, mientras el viaje o periplo del destierro de la chica supone un hallazgo transitorio de amor y vida. Apreciamos una cadena de oportunidades, una cadena que no sigue la vereda marcada sino la de un hallazgo arqueológico cuyo camino parece señalado por una serie de baldosas amarillas. El devastador subtexto (la dulce infancia retenida en dominios de opresión) no debe empequeñecer el cuidado que sus artífices ponen en el sesgo afectivo y conmovedor de esta pequeña gran película. Es complicado no emocionarse con ella. Un buen ejemplo lo tenemos en la afligida, triste como pocas, secuencia final: la última carrera (de la niña de las piernas largas), y el polifónico delirio de un abrazo (eterno). Además consigue subvertir los tropos del melodrama clásico construyendo puentes de línea clara, debajo de una mirada sencilla y transparente.



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