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    Crítica | Avatar: El sentido del agua

    || Críticas | ★★★★☆
    Avatar: El sentido del agua
    James Cameron
    El sentido del espectáculo


    Adrián Chamizo
    Granada |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2022. Título original: Avatar: The Way of Water. Dirección: James Cameron. Guion: James Cameron, Rick Jaffa, Amanda Silver. Historia: James Cameron, Rick Jaffa, Amanda Silver, Josh Friedman, Shane Salerno. Compañía productora: 20th Century Studios, Lightstorm Entertainment, TSG Entertainment.. Distribuidora en España: Walt Disney Pictures. Dirección de fotografía: Russell Carpenter. Música: Simon Franglen. Diseño de producción: Dylan Cole, Ben Procter. Montaje: David Brenner, James Cameron, John Refoua, Stephen E. Rivkin. Intérpretes: Sam Worthington, Zoe Saldana, Sigourney Weaver, Kate Winslet, Stephen Lang, Cliff Curtis, Jamie Flatters, Britain Dalton, Trinity Jo-Li Bliss, Jack Champion, Bailey Bass. Duración: 192 minutos.

    Trece años han tenido que pasar para poder volver a ver una nueva película de James Cameron. El creador de Terminator (1984) lleva reventando las taquillas mundiales desde aquel largometraje, pasando por un fenómeno cultural irrepetible como Titanic (1997) hasta llegar al final del año 2009 con la primera Avatar, entre otras cosas la película más taquillera de la historia en España con 75.806.175,06 euros de recaudación y 9.469.412 espectadores. La experiencia del 3D y la inmersión en el mundo de Pandora que casi trascendía lo cinematográfico —o quizá no tanto—. Lo que parece un misterio —o, de nuevo, quizá no tanto— es que el mismo director se haya sumergido tanto en Pandora como para no querer salir de allí: desde el estreno de la primera Avatar en 2009 se ha embarcado en la elaboración de una serie de secuelas que verán la luz los próximos años.

    No es habitual que un cineasta apueste tanto por su propia valía, y ahí reside la valía de esta primera secuela, además de en su decisión de entregarlo todo a la imagen. En este sentido, Avatar: El sentido del agua repite el mismo esquema que la anterior película y, para bien o para mal, la confianza de Cameron en lo plasmado en la pantalla es plena. De momento, la respuesta masiva del público parece dar la razón a esa confianza. El tiempo nos dirá qué es lo que ha que millones de personas decidan acudir a las salas de cine en tiempos de recuperación de una pandemia mundial para acoger espectáculos visuales y sonoros como esta película o Top Gun: Maverick (Joseph Kosinski, 2022), los dos fenómenos cinematográficos del pasado año. Ambas tienen vasos comunicantes inseparables, como la apuesta en imágenes por un cine espectacular de calidad o la creación de expectativas. En su caso, Cameron ha jugado con el misterio, puesto que apenas hemos tenido información hasta pocos días antes del estreno, una baza casi erótica que desde luego ha funcionado para crear un interés claramente escópico. También hay que recalcar el mérito de resucitar el formato del 3D, desaprovechado por la gran mayoría de películas de evasión que poblaron la taquilla de 2009 a 2015, salvando a unos pocos autores [1].

    Y es que el uso del 3D- que ya fascinó a Cameron en su día cuando rodó la atracción de la Universal Studios T2 3D: La batalla a través del tiempo (John Bruno, James Cameron, Stan Winston, Keith Melton, 1995). La tecnología dota a las más de tres horas de metraje de Avatar: El sentido del agua de una inmersión bastante notoria y digna de ser disfrutada en las mejores condiciones posibles. Decimos esto debido a los efectos plásticos que consigue Cameron con el uso de la profundidad de campo, el plano detalle, los potentísimos y detallados primeros planos de los Navi, o la belleza del movimiento de elementos en momentos tan sencillos como el aleteo de estas criaturas bajo el mar. Hablamos de las imágenes más impresionantes que se han visto en los últimos años en una gran pantalla.

    «Avatar: El sentido del agua devuelve al espectador y a la gran pantalla una profundidad visual que el cine espectacular ha devaluado, malversado o directamente renunciado a ella en los últimos años».


    Avatar: El sentido del agua devuelve en cierta medida al espectador y a la gran pantalla una profundidad visual que el cine espectacular ha devaluado, malversado o directamente renunciado a ella durante estos años. Es eso lo que convierte al regreso de Cameron en un acontecimiento esperado, una espera que ha merecido la pena porque ha conseguido devolver al espectador un sentido de la maravilla del que lleva privado demasiado tiempo; ya sea por falta de talento detrás de una cámara, por falta de ganas —que es peor—, o porque se ha logrado convencer a través de sagas y series interminables de que lo importante son los argumentos y las historias relevantes y de peso [2], o porque la industria no está dispuesta a confiar en la mirada y personalidad de un autor.

    Para bien o para mal, Cameron confía la potencia de un relato que es mínimo —quizás demasiado— y que apela a lo primitivo del ser humano pero también del cine, ya que, como en la primera Avatar y como en la aventura aérea de Maverick, todo ocurre según lo previsto. Sus respectivos directores parecen entender que el espectador ha pagado una entrada para ver justo lo que esperaba.

    El enorme y espectacular despliegue digital, los avances técnicos en cuanto a texturas, expresiones faciales y movimiento de las criaturas animadas alcanzan nuevas cimas. El progreso técnico en los efectos especiales consigue que los rostros y cuerpos digitalizados de los Navi y de los nuevos seres, la tribu Metkayina —cuyo poblado y estilo de vida recuerda al pueblo Zora de The Legend of Zelda: Ocarina of Time (Nintendo, 1998)—, adquieran una notorio realismo y una belleza considerable. Da absolutamente igual que haya algún momento ridículo, véase la fascinante presentación de Tsireiya (Bailey Bass) que remite a algunos icónicos fotogramas de la serie Los vigilantes de la playa (Baywatch, Douglas Schwartz, Gregory J. Bonann, Michael Berk, 1989), como apunta Elisa McCausland [3]. Es tal la atención al detalle visual que el espectador puede encontrarse anonadado en ese momento de llegada al pueblo del arrecife, donde desfilan numerosos seres en pantalla que reciben en comunidad a la familia protagonista.

    «Sería erróneo considerar el uso del HFR como mera copia de las cinemáticas de un videojuego, puesto que Cameron no está interesado en la parte jugable de una experiencia inmersiva, sino en la visible».


    Otro de los aspectos llamativos del film es el uso de la tecnología HFR (High Frame Rate). Esto es, que la imagen circula a más velocidad de la habitual, rompiendo los 25 fotogramas por segundo. El uso de este recurso dota de mayor fluidez a la acción, y también de vertiginosidad, algo notorio e inmersivo en las escenas de acción. El uso de este recurso puede ser percibido como «copiar una cinemática de un videojuego». Pero sería erróneo, puesto que Cameron no está interesado en la parte jugable de una experiencia inmersiva, sino en la visible: se trata de contemplar y mirar, no de actuar ni de tener satisfacción de hacer.

    En cuanto al guion, la película no esconde su sencillez ni los esquematismos que desfilan a lo largo de su trama. No obstante, resulta tan humana y espectacular como cualquier otra de Cameron. Podemos pensar que por todo lo que ha rodeado a la producción, su apelación al sentimiento de comunidad, no es algo gratuito, sino que ese sentimiento de comunidad se encuentra tanto dentro como fuera de la pantalla, La experiencia cinematográfica es tan importante como los valores y la unidad familiar en la ficción, así como el respeto y la convivencia hacia otras culturas.

    Visualmente es un mix de todo lo que vertebra la obra de Cameron, en el el que encontramos numerosos de sus estilemas. Entre ellos, un espectacular prólogo que nos remite al de Terminator 2: El juicio final (1991). Las impactantes imágenes realizadas mediante maquetas que recreaban la destrucción causada por el fuego nuclear de Skynet en las pesadillas de Sarah Connor son, ahora, el fuego digital que arrasa sin piedad parte del mundo y la fauna de Pandora en el ataque perpetrado por los humanos. Las rimas destructoras continúan: véase la nave de Skynet derribada por un lanzacohetes humano, de la misma manera que aquí los Navi se deshacen de una nave de los marines durante un espectacular asalto a un tren de mercancías. Hablamos de uno de los más destacables momentos de la película, donde el plano posee múltiples elementos diferentes en movimiento, todos ellos dispuestos para asaltar la mirada del espectador. El villano, como en la primera Avatar, es Stephen Lang (Quaritch), recuperado para volver a dar caza a su objetivo, en este caso Jake Sully. No en pocas ocasiones, este es filmado en contrapicado de la misma forma que era representado el T-800 y el T-1000, las imbatibles máquinas asesinas de ambas entregas de Terminator.

    Uno de los picos emotivos de la película está rematado con un plano cenital, que remite a uno de los momentos más intensos tanto en The Abyss (1989) —donde Lindsey Brigman (Mary Elizabeth Mastrantonio) se encuentra al borde de la muerte— como en Titanic —en el instante que precede a que Rose (Kate Winslet) descubra que Jack (Leonardo DiCaprio) ha muerto—. El clímax final remite asimismo a Titanic, ya que la plataforma marina donde se desarrolla parte de la acción se encuentra en constante hundimiento y los personajes deben de sumergirse y salir de la misma, dando lugar a secuencias muy brillantes. Es llamativa la potencia que tiene el plano cenital en esta secuela, extrayendo mucha potencia visual de situaciones mínimas: véase la llegada de los personajes principales al poblado de los Metkayina, o cuando Lo’Ak —cuya gestualidad parece la de una escultura de un efebo del arte clásico—despierta de un naufragio en lo que parece una roca y un plano cenital nos descubre que se encuentra encima de una gigantesca ballena.

    «La sensación general, números y taquilla aparte, es que James Cameron vuelve a escribir otro capítulo en la historia del cine y de paso vuelve a dar una lección de cómo realizar cine de espectáculo a gran escala».


    Uno de los apartados mejorables de esta secuela es la banda sonora, donde Cameron ha asumido la complicada tarea de sustituir a James Horner, tristemente fallecido en 2015. El elegido ha sido Simon Franglen, colaborador de Horner, que pese a hacer un buen trabajo y cumplir en tramos como la llegada de los Tulkun, las criaturas marinas gigantescas similares a las ballenas con las que tienen una conexión espiritual los Metkayina, no está a la altura en otros pasajes de la película. Las particulares notas de Horner son homenajeadas a lo largo del metraje, con resultados variopintos; hay ocasiones donde se replican de manera un tanto agotadora.

    Avatar: El sentido del agua no es ni mucho menos una película perfecta. Hay conversaciones donde el relato manifiesta cierta apatía visual y narrativa a la hora de plasmar diferentes puntos de vista, en concreto los que se centran en los villanos de la función, algo llamativo al ser una producción tan cuidada y que ha sido fruto del trabajo de tantos años —cuestión que apuntan acertadamente Álvaro Pita y Diego Salgado [4] —. Como si de partes vacías se tratasen, estas entorpecen el metraje, aunque queremos pensar que son totalmente intencionadas y piedras de toque que serán completadas en las siguientes entregas.

    También su largo clímax final plantea hasta qué punto funciona todo el dispositivo, que es disfrutable, pero que peca de un evidente cinematic excess, —incluso un personaje de la película lo señala—. Hablamos de un clímax a base de múltiples situaciones narradas en montaje en paralelo donde Cameron compone una batalla naval repleta de disparos de ametralladoras, flechazos, arpones, robots submarinos, lanchas motoras y el ataque de una ballena gigante que provoca el vuelo de numerosos cuerpos recogido por planos generales. Pero la sensación general, números y taquilla aparte, es que James Cameron vuelve a escribir otro capítulo en la historia del cine y de paso vuelve a dar una lección de cómo realizar cine de espectáculo a gran escala.


    Anotaciones
    [1] Véase el interés de las posibilidades del formato que manifestaron Joe Dante con Miedos 3D (The Hole, 2009), Martin Scorsese en La Invención de Hugo (Hugo, 2011), Paul W.S Anderson con Resident Evil: Ultratumba (Resident Evil Afterlife, 2010) y Resident Evil: Venganza (Resident Evil: Retribution, 2012) o Alfonso Cuarón con Gravity (2013).
    [2] El éxito de la magnífica El Caballero Oscuro (The Dark Knight, Christopher Nolan, 2008) inundó al blockbuster del siglo XXI de una solemnidad argumental que ya resulta hasta molesta. Escribía Antonio José Navarro sobre la valoración de las películas a finales de los años 80 y principios de los 90, dado que se valoraban por la importancia de las tramas y argumentos en detrimento del caso omiso a las imágenes y de la puesta en escena. En NAVARRO, Antonio José. «Estudio John Carpenter. La razón de las sombras». Dirigido por, nº 238 (Septiembre), 1995, pág. 63.
    [3] En el análisis de Avatar: El sentido del agua en «El cine de James Cameron (3ª Parte)». En el podcast El Escritorio de Chamizo. 29-12-2022.
    [4] Ibíd.

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