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    Crítica | El extraño

    || Críticas | Netflix | ★★★★☆ |
    El extraño
    Thomas M. Wright
    El pasado siempre vuelve


    José Martín
    Telde |

    ficha técnica:
    Australia, 2022. Título original: «The Stranger». Dirección: Thomas M. Wright. Guion: Thomas M. Wright. Producción: Iain Canning, Joel Edgerton, Rachel Gardner, Emile Sherman, Kim Hodgert, Kerry Kohansky-Roberts. Productoras: Blue-Tongue Films, Anonymous Content, See-Saw Films. Fotografía: Sam Chiplin. Música: Oliver Coates. Montaje: Simon Njoo. Reparto: Joel Edgerton, Sean Harris, Jada Alberts, Steve Mouzakis, Cormac Wright, Alan Dukes, Matthew Sunderland, Fletcher Humphrys. Duración: 117 minutos.

    El True Crime vende. El desbordante éxito de la serie Dahmer, que bate récords en Netflix, no hace más que constatar que las historias basadas en crímenes reales atraen a un público sediento de sensacionalismo. La nueva sensación que aterriza en la misma plataforma donde reina el caníbal gay ha sido la australiana The Stranger (2022), segunda película de Thomas M. Wright tras su ópera prima Acute Misfortune (2018), tan aclamada por la crítica como poco conocida fuera de sus fronteras. En esta ocasión, el director se muestra considerablemente más ambicioso a la hora de querer hacer llegar su obra al mayor público posible, contando con el protagonismo de una pareja de actores del tirón de Joel Edgerton y Sean Harris. La cinta llega a Netflix precedida de no poca polémica, después de que la familia de Daniel Morcombe, el chaval de 13 años secuestrado y asesinado sobre cuyo caso gira el argumento, mostrase abiertamente su repulsa hacia un proyecto que vendría a lucrarse a costa de un crimen atroz. Efectivamente, The Stranger se basa en el libro de Kate Kyriacou The Sting: The Undercover Operation That Caught Daniel Morcombe's Killer, sobre el elaborado entramado policial mediante el que se llegó a capturar al asesino del niño, ocho años después de cometerse una desaparición que causó auténtica consternación en la sociedad australiana. La historia del grupo de policías infiltrados que, haciéndose pasar por una mafia criminal, lograron acercarse a Brett Peter Cowan, ganarse su confianza y sacarle una confesión del asesinato, e incluso hacer que les llevara hasta el paradero donde permanecía el cadáver oculto, está reflejada en la cinta de Wright de forma ficcionada, cambiando los nombres de los implicados y omitiendo cualquier escena explícita del crimen o demasiados detalles morbosos de lo ocurrido aquel 7 de diciembre de 2003 con el joven Daniel en cuestión, cuando fue raptado en una parada de autobús de Sunshine Coast, si bien la sombra de este está muy presente en la atmósfera opresiva que se respira a lo largo de sus dos horas de metraje.

    La intención del realizador no ha sido la de levantar ampollas resucitando aquel macabro asesinato cometido hace dos décadas, sino la de sentar, frente a frente, a dos hombres atormentados por sus distintos fantasmas interiores, Mark Frame, ese policía infiltrado que se juega su integridad física y su salud mental para fingir amistad hacia un presunto asesino pedófilo, y Henry Teague, un tipo tan misterioso y taciturno que solo podría esconder dentro de sí la maldad más absoluta. La película muestra detalladamente cómo Frame va acercándose, poco a poco, a su objetivo, este hombre que, según las sospechas policiales, llevaba ocho años esquivando la culpa de la desaparición y asesinato del chico, después de haber abusado, a lo largo de su vida, de otros 30 niños. La trama policial, conocida como Mr. Big, crea una falsa red criminal de tráfico de drogas, que atrae a Teague con la promesa de ofrecerle protección y una poderosa fuente de ingresos, al tiempo que Frame va estableciendo con el sospechoso una relación de amistad, cada vez más estrecha e íntima, únicamente destinada a extraer su confesión. No estamos ante el típico thriller criminal sobre policías infiltrados made in Hollywood. Lo que ofrece Wright está lejos de la acción trepidante de Le llaman Bodhi (Kathryn Bigelow, 1991) o de la comercialidad de Infiltrados (Martin Scorsese, 2006), acercándose más a una frialdad más propia de los thrillers nórdicos o a los terrenos intimistas, profundos y cargados de simbologías de True Detective, presentando como en aquella icónica serie de HBO, unos personajes tan ambiguos y fascinantes que la línea que separa a los buenos de los malos parece difuminarse. Este estudio de dos personajes tan poderosos como los que encarnan magistralmente Joel Edgerton y, sobre todo, Sean Harris, es el motor que da vida a una película que se cocina a fuego muy lento, poniendo a prueba la paciencia del espectador en sus primeros treinta minutos para, a continuación, recompensarle con una de las cintas policiacas más demoledoras de los últimos años, tan rigurosa y cargada de información como fue aquella magnífica Zodiac (David Fincher, 2007).

    Película más tensa que intensa. Muy dialogada, con largos momentos de confrontaciones entre Edgerton y Harris, casi siempre a bordo del coche que servirá de lugar de confidencias y confesiones, The Stranger cuenta con una estructura no lineal, donde se recurre constantemente a flashbacks del pasado, curiosamente, más para mostrar la vida familiar del policía –padre de un chico de edad similar al de la víctima, algo que le remueve por dentro y convierte su misión en algo más personal– que la de Teague, envuelto en un aura de misterio con el fin de hacer dudar hasta el último momento de su supuesta culpabilidad. La dosificación de los detalles que envuelven a su personalidad es ofrecida con maestría, consiguiendo una sensación de creciente densidad emocional y, sin mostrar un ápice de violencia gráfica, esa incomodidad propia de estar ante un auténtico lobo con piel de cordero. La caracterización de ambos actores, con esas greñas y barbas descuidadas, es otro de los grandes aciertos de la película, casi como un acto de deshumanización que les acerca más a la impulsividad más típica de los animales. No obstante, mientras uno vive torturado por la ansiedad y las pesadillas que le causa un trabajo tan delicado, el otro, bajo su apariencia de hombre tranquilo que reniega de toda manifestación de violencia, lucha por dominar sus impulsos sexuales y homicidas. Todo el reparto de secundarios está a la altura y la factura técnica de la cinta no tiene nada que envidiar a la de producciones mucho más costosas, desde la fabulosa labor fotográfica de Sam Chiplin a la discreta pero amenazante música de Oliver Coates. The Stranger termina emergiendo como un viaje físico y emocional de dos personas imperfectas, donde empatía y rechazo se confunden a medida que se van conociendo en más profundidad. El tramo final de la investigación, emocionante y espléndidamente rodado, supone una excelente culminación para una obra de cine negro más que notable, de visionado algo difícil para amantes de la acción (algo que aquí brilla por su ausencia), pero indudablemente oscura y terrorífica, de las que hielan la sangre mostrando lo mínimo. Un mérito solo al alcance de los grandes directores y Wright va camino de serlo.


    The Stranger, Thomas M. Wright
    Una de las valiosas adiciones al catálogo de Netflix.

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