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    Crítica | Scarlet (L’envol), de Pietro Marcello

    || Críticas | Cannes 2022 | ★★★★☆
    Scarlet
    Pietro Marcello
    La primera última vez


    Víctor Esquirol Molinas
    75ª Festival de Cannes |

    ficha técnica:
    Francia, Italia, Alemania, Rusia, 2022. Título original: «L'envol». Dirección: Pietro Marcello. Guion: Pietro Marcello. Compañías: arte France Cinéma, CG Cinéma, Match Factory Productions, RAI Cinema. Fotografía: Marco Graziaplena. Música: Gabriel Yared. Reparto: Juliette Jouan, Louis Garrel, Noémie Lvovsky, Raphaël Thierry, Yolande Moreau. Presentación oficial: Quincena de Realizadores del Festival de Cannes. Duración: 100 minutos.


    anexo| Cobertura del Festival de Cannes

    La primera vez que el cine inmortalizó la figura inconfundible de Raphaël Thierry, fue en una película de naturaleza extraordinariamente esquiva. Con Je ne suis pas morte, la pieza de ciencia-ficción casi perdida de Jean-Charles Fitoussi, la pantalla descubrió a este artista multidisciplinar francés, nacido en Túnez, y con múltiples identidades con las que ha ido construyendo su personaje público. Un hallazgo inolvidable, que inevitablemente acabaría recayendo en la filmografía de otro autor igualmente irrepetible. En 2016, es decir, ocho años después de aquella primera experiencia ante la cámara, el hombre volvió a emerger en Rester vertical, en cuya propuesta debería poner cuerpo a esa ruralidad tan característica de las historias de Alain Guiraudie, un director para el que es constante asegurar determinados espacios a esas presencias (o sea, a esas formas, a esos volúmenes) que por salirse tan descaradamente de los cánones de belleza impuestos por la industria más «glamourosa», muestran la misma eficacia tanto impactando la retina, como instalándose en la memoria de la audiencia.

    Es el tipo de elección de casting que sirve para entender, también, el sello de un cineasta que, de igual manera, tampoco puede dejar indiferente. Pienso, por ejemplo, en los filmes de Bruno Dumont, los cuales nos han servido también para tener contacto con actores y actrices «que no lo son», o que no lo eran antes de que este director de Bailleul les encontrara, literalmente, haciendo cola en alguna oficina de empleo. En este sentido, es palmario el caso de La humanidad, en el que su dupla protagonista, compuesta por Emmanuel Schotté y Sévérine Caneele, saldaría su primera manifestación cinematográfica ni más ni menos que con los Premios a la Mejor Interpretación Masculina y Femenina en la edición de 1999 del Festival de Cannes. Reconocimiento que en cualquier otro caso, habría servido para preparar el lanzamiento fulgurante de unas carreras actorales largas y fructíferas… solo que no, a partir de ahí, tanto ella como sobre todo él, desaparecerían prácticamente del radar, lo cual, a la larga no hizo sino añadir aún más belleza y dimensión trágica a aquel atipiquísimo thriller detectivesco.

    Y así, exactamente así se vive el nuevo trabajo de Pietro Marcello, una «película-juguete» que, teniendo en cuenta la trayectoria que estaba trazando su filmografía, sobre todo con la presentación de su última ficción hasta la fecha, Martin Eden (colosal adaptación de la novela homónima supuestamente inadaptable de Jack London), no puede —ni quiere— evitar la consideración de «título menor». Una etiqueta que para nada debe tenerse como un paso atrás, sino más bien como la constatación del prematuro punto de madurez que ha alcanzado un cine que se niega a ser rehén en una de las peores prisiones: la que imponen los éxitos propios. L’envol se aleja de esta maldición para meternos, ya desde su primera escena, en otra. El recuerdo devastador de la Primera Guerra Mundial resucita de la mano de un montaje con material de archivo marca de la casa.

    Imágenes de un blanco y negro fantasmagórico, que al poco rato pasan a estar coloreadas, y de cuya tempestad sale a flote, una vez más, Raphaël Thierry, ese actor mitológico, esa suerte de golem que, de alguna manera, ha sobrevivido al infierno de dicho conflicto bélico. Una vez este ha terminado, la criatura vuelve al hogar (una casa en las afueras de una aldea que, cómo no, encontramos en el norte de Francia), solo para descubrir que la hija que tuvo junto al amor de su vida, se ha quedado sin madre. Juliette, que así se llama la cría, se reencuentra así con una figura paterna que necesita imperiosamente volver a la vida real, porque solo allí encontrará el sustento para él y para sus seres amados. ¿Cómo lo hará? Retomando su oficio de carpintero, por supuesto, ¿y cómo conseguirá que alguien confíe en sus aptitudes? Pues simplemente mostrando sus manos.


    Es la primera vez que contemplamos a Juliette Jouan, y quién sabe si será la última. Ahí radica el encanto de L’envol, en la fragilidad emocionante de estas revelaciones espectrales que dan un vuelco al corazón: entristecen por su posible carácter efímero, pero al mismo tiempo reconfortan por el extraordinario hecho de haberlas encontrado.


    Unos dedos que no se pueden falsear, es decir, que solo pueden contar la verdad: la de un trabajador curtido en la nobleza de incontables labores ejecutadas con ese conocimiento y ese mimo que son patrimonio de los mejores artesanos. En muchos tramos, la cámara de Pietro Marcello se queda embobada a base de planos detalle dedicados a estas manos rocosas pero extremadamente hábiles, que cuando dan forma a la madera, solo pueden hacerlo elevándonos hacia esa no-ficción bondadosa de la cual el maestro Franco Piavoli es uno de sus más resplandecientes representantes. Pero L’envol se define, sobre todo, por un carácter fabulesco en el que consecuentemente la fantasía actúa como hilo conductor de los distintos tiempos y escenarios visitados, pero especialmente como refugio frente a todos los males que, por desgracia, se empeñan en impregnar el mundo que nos ha tocado vivir.

    Pietro Marcello adapta ahora a Alexander Grin, dibujando con trazos naives la psicología de unos personajes cuyas acciones y decisiones no están sujetas a ningún tipo de ambigüedad. Son, en su amplia mayoría, la encarnación pura (idealizada, se podría decir) de esas luces y sombras con las que los cuentos de hadas han alimentado, desde tiempos inmemoriales, nuestros sueños. L’envol tiene, precisamente, no pocos saltos de naturaleza onírica. De repente, un número musical se pone en marcha sin previo aviso, y en una excursión extraviada por el bosque, conocemos a una bruja (interpretada, cómo no, por Yolande Moreau, otra presencia inconfundible) que profetizará la caída del cielo de un príncipe azul con la cara de Louis Garrel. Una maravillosa ilusión, vaya. Entre un punto y el otro, la niña Juliette crece y se convierte en una chica de rostro encantado. Le da vida Juliette Jouan, y con ella descubrimos una de las miradas que mejor casan con esa luz anaranjada que no se sabe si es la de la tarde que se apaga, o la de un nuevo día.

    Es la primera vez que contemplamos a esta actriz, y quién sabe si será la última. Ahí radica el encanto de L’envol, en la fragilidad emocionante de estas revelaciones espectrales que dan un vuelco al corazón: entristecen por su posible carácter efímero, pero al mismo tiempo reconfortan por el extraordinario hecho de haberlas encontrado. La narración, ambientada a principios del siglo XX, usa ahora fragmentos de El paraíso de las damas, cinta de Julien Duvivier de 1930, en la que se nos muestran unas mareantes galerías comerciales que aquí, en el universo propuesto por Pietro Marcello, simbolizan el nacimiento de esta sociedad de consumo que, incapaz de entender cómo se pueden reparar las cosas, cuando es mucho más fácil tirarlas y comprar otras nuevas, va a borrar del mapa tanto a Raphaël Thierry como a Juliette Jouan, jugueteros a punto de convertirse en juguetes rotos; padre e hija (o creador y creación) en esta ensoñación destinada también a desvanecerse. ⁜


    L’envol, Pietro Marcello
    Quincena de Realizadores del Festival de Cannes.

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