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    Crítica | Holy Spider

    || Críticas | Cannes 2022 | ★☆☆☆☆
    Holy Spider
    Ali Abbasi
    Los hombres que odiaban a las mujeres


    Víctor Esquirol Molinas
    75ª Festival de Cannes |

    ficha técnica:
    Dinamarca, Francia, Alemania, Suecia, 2022. Título original: «Holy Spider». Dirección: Ali Abbasi. Guion: Ali Abbasi, Afshin Kamran Bahrami. Compañías: Profile Pictures, ONE TWO Films, Nordisk Film Production, Wild Bunch, Why Not Productions, arte France Cinéma. Fotografía: Nadim Carlsen. Reparto: Zar Amir-Ebrahimi, Mehdi Bajestani, Arash Ashtiani, Forouzan Jamshidnejad, Mesbah Taleb, Alice Rahimi, Sara Fazilat, Sina Parvaneh, Nima Akbarpour. Presentación oficial: Selección oficial Festival de Cannes. Duración: 117 minutos.


    anexo| Cobertura del Festival de Cannes

    A raíz de sus dos últimos largometrajes hasta la fecha, Ali Abbasi adquirió una fuerte aura de autor de culto. Con Shelley (suerte de revisión de La semilla del diablo, de Roman Polanski) y sobre todo con Border, este cineasta de origen iraní y de adopción escandinava demostró sentirse muy a gusto en, precisamente, los territorios fronterizos. Allí donde la fantasía primero asoma con discreción, y después campa a sus anchas, obligándonos con ello a replantearnos los límites, claro, entre lo real y aquello que la lógica nos dice que no puede serlo. Todo esto para que la evasión que en un principio pudiera pedírsele al cine de género, nos lleve a exponer nuestra verdadera cara, la que mostramos tanto a nivel individual, como aquella que nos define en calidad de colectivo. Por cierto, en su última visita a Sitges (es decir, estando en un festival en el que podría sentirse como en casa), el artista lamentó la poca sensibilidad social que, a su entender, estaban mostrando las nuevas voces y tendencias en el panorama fantástico.

    Y como si dicho mensaje estuviera realmente dirigido a él mismo, aquí está su nuevo trabajo, una película que abandona claramente las fugas de irrealidad en las que fue asentándose su sello autoral. La historia, basada en hechos acaecidos veinte años atrás, se debe a estos mismos para construir un discurso de denuncia hacia una sociedad retratada aquí como un sistema generador de monstruos. Primero como una vía para escurrir el bulto (de la culpabilidad, se entiende), después como un ente cuya —perversa— conciencia propia permite retorcer, de manera igualmente retorcida, la línea que separa las víctimas de los verdugos… y al final como un infecto caldo de cultivo donde los discursos más tóxicos se retro-alimentan (y se perpetúan) con una facilidad que asusta.

    Las imágenes del desplome de las torres del World Trade Center neoyorquino, emitidas en diversos noticiarios, nos ponen rápidamente en el contexto de aquella traumática entrada en el siglo XXI. ¿Pero dónde nos encontramos? En el noreste de Irán, en la ciudad de Mashhad, para ser más concretos, un punto de peregrinación cuyo bullicio urbano se erige alrededor del santuario del imán Reza. Allí, en aquel momento, un padre de familia y trabajador en el sector de la construcción, emprende la que él mismo entiende como la misión que dará sentido a su vida; a lo mejor, aquella en la que muchos otros podrán inspirarse. Así fue como Saeed Hanaei empezó a «limpiar de suciedad» las calles de su ciudad; así fue como el que posteriormente sería bautizado con el apodo de «la araña asesina», llegó a quitar la vida de dieciséis mujeres.

    Holy Spider recrea estos crímenes terribles (los cuales, por cierto, ya provocaron anteriormente dos manifestaciones cinematográficas: el documental And Along Came a Spider, de Maziar Bahari, y la «ficción» Killer Spider, de Ebrahim Irajzad), pero también pone el foco de atención en todo lo que estos nos descubrieron de Irán, donde en su momento proliferaron los discursos institucionales en favor de la aberrante obra de Hanaei. Así de tenebroso se muestra el país donde nació el director y el coguionista, quien vuelve a la «escena del crimen» rodando en Jordania, y con el apoyo de capital europeo (pues hablamos de una coproducción danesa, alemana, francesa y sueca). O sea, está todo contado desde la seguridad de la distancia, y la arrogancia de esa superioridad con la que occidente mira hacia las regiones fuera de su área de influencia.

    Pero ahí es donde la propuesta pierde el norte (como lo perdió, por ejemplo, la policía moral de la nación persa). Más allá de que Holy Spider acabe comportándose como un thriller muy torpe (de suspense alimentado a base de montajes paralelos tramposos, y cuya resolución no depende de la pericia detectivesca de su protagonista, sino más bien de la intervención de cierta providencia divina que, esto sí, se cobra antes el alto precio de los peajes morbosos), el verdadero problema de la película está en la falta de pudor con la que acerca la ficción a la realidad. Conviene recordar que momentos antes de su pase de gala en Cannes, una comitiva de la producción desplegó una lista con los nombres de las víctimas de la «Araña asesina», a quienes en un principio se intentó hacer pasar por únicas culpables de su calamitoso destino. La película pretende pues cambiar las tornas, poner a cada uno y a cada una en su sitio… hacer justicia, vaya. Lo que pasa es que esta misión, tan noble sobre el papel, se lleva a cabo con la misma cautela y sensibilidad que las de un justiciero enmascarado saliendo de guardia nocturna.


    Más allá de que Holy Spider acabe comportándose como un thriller muy torpe, el verdadero problema de la película está en la falta de pudor con la que acerca la ficción a la realidad.


    La película abre con imágenes de un cuerpo femenino que lo dice todo. De hecho, en los montajes prácticamente silentes de seguimiento a las futuras presas, es donde se intuyen destellos de talento de Abbasi. Cuando se supera esta etapa narrativa, todo se echa a perder. Una mujer se desviste y deja al descubierto las magulladuras que cubren su piel, y después abandona su habitación, y da auténtica lástima verla moverse, y horroriza la mala vida a la que la arrastran los bajos fondos de Mashhad… pero sobre todo, indigna el poco pudor con el que se exponen algunos de los aspectos más sórdidos de su día a día. De repente, vemos a la chica practicar una felación a un cliente, en primerísimo primer plano; a continuación, cámaras lentas y ruidos magnificados inciden en el mar de estímulos desagradables que marcan la más desagradable de las condenas, rematada esta con la toma corta de ese rostro desfigurado que entiende, cuando ya no hay vuelta atrás posible, que la muerte está a punto de darle caza.

    Al no confiar en el buen juicio del espectador, Abbasi lo dirige de manera grosera. Lo hace deformando las deformidades, es decir, ensombreciendo descaradamente los defectos e iluminando de forma exagerada las virtudes de sus personajes. Los hombres, afectados todos por la enfermedad de la misoginia, esperan la llegada de la luz salvadora encarnada por la actriz Zar Amir-Ebrahimi, co-protagonista de la función; reverso heroico, desde el periodismo de investigación, del fanatismo homicida. El resto de mujeres solo puede esperar a que llegue su hora, es decir, a que la cámara les dé el golpe de gracia, mostrándonos sin misericordia todas sus miserias. No hay dignidad para las mártires, como tampoco la había en, por citar un ejemplo reciente, El monstruo de St. Pauli, de Fatih Akin, otro filme de asesinos basado en hechos reales, y con idénticos resultados artísticos.

    Tampoco hay credibilidad cuando, ya con la sangre más en frío, Abbasi pretende reproducir un proceso tan deficiente en su nulo respeto por las garantías judiciales (pues aquí por lo visto solo cuenta una opinión pública totalmente desquiciada), que sin querer refleja sus carencias como retratista objetivo (o directamente sensato). «Con seis hombres como ellos se hubiera podido conquistar América del Sur por completo», dijo —realmente— el general Enrique Rodríguez Galindo durante el juicio para investigar las conexiones de la Guarda Civil con el asesinato de Antonio Lasa y José Ignacio Zabala… y cuando Francesc Orella recitaba este imborrable delirio en Lasa y Zabala, de Pablo Malo, sonaba a chiste de mal gusto; a parodia burda. Lo mismo sucede con Holy Spider, cuya filia malsana por los apuntes que delatan el cruel absurdo de un mundo injusto, convierten el drama en comedia involuntaria.

    Con el agravante, claro está, de que aquí vuelve a haber muertes reales ante las que hay que responder. Pero no, para colmo de males, a la película no se le ocurre otra que reaccionar intentando arrastrar al espectador al negro abismo de saborear las infectas mieles de la pena —capital— retributiva. Y si toca hablar de cómo los discursos nocivos de los mayores calan en las generaciones futuras, Abbasi no tiene ningún inconveniente en obligar a sus jóvenes actores (que todavía se encuentran en la franja de edad infantil) a reproducir aquellos vicios de los que en principio se les debería alejar. Es la denuncia social que explota en la cara de quien la formula: a cada escena que pasa, Holy Spider se enreda más y más en su propia telaraña, hasta que se hace demasiado obvio el pecado que la alimenta. Esto es, exponer a quien debería estar protegiendo. ⁜


    Holy Spider, Ali Abbasi
    Competición del Festival de Cannes.

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