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    Crítica | Men

    || Críticas | ★★★★☆
    Men
    Alex Garland
    La aldea inquietante


    Víctor Esquirol Molinas
    75ª Festival de Cannes |

    ficha técnica:
    Reino Unido, Estados Unidos, 2022. Título original: «Men». Dirección: Alex Garland. Guion: Alex Garland. Compañías: A24. Distribución: Vértice 360. Fotografía: Rob Hardy. Fotografía: Geoff Barrow, Ben Salisbury. Reparto: Jessie Buckley, Rory Kinnear, Paapa Essiedu, Gayle Rankin, Zak Rothera-Oxley, Sonoya Mizuno. Presentación oficial: Quincena de Realizadores de Festival de Cannes. Duración: 100 minutos.

    En la nueva película de Alex Garland, los hombres caen literalmente del cielo, y al principio no está claro si esto es una bendición o si, por el contrario, es una situación que nos atormentará durante el resto de nuestra vida. A orillas del Támesis, una fina lluvia rocía las calles de Londres y combina a la perfección con la luz anaranjada de un Sol que tampoco se sabe si es el que da la bienvenida a un nuevo día, o si es el preludio de los horrores que encierra la noche. De fondo podríamos estar escuchando el tema más icónico de las Weather Girls, aquel en que al grito de «Aleluya» se calentaba el ambiente para recibir el fenómeno meteorológico más milagroso de todos los tiempos… pero no. El tema musical que acompaña esta escena es la «Love Song» de Lesley Duncan. La canción, que claramente suena desde un plano extradiegético, llega igualmente al oído de Jessie Buckley y la despierta, casi golpeándola, del estado catatónico en el que se encontraba.

    Hasta ese momento, su mirada perdida en la nada y su nariz ensangrentada habían sido capaces de congelar el ambiente; detener el tiempo como vana y muy comprensible reacción a no estar entendiendo qué demonios está pasando aquí. La vida, efectivamente, puede cambiar en un suspiro, y cuando hemos querido darnos cuenta, ya estamos en otra fase; en otro escenario que no va a esperar a que nos adaptemos a él. Un diente de león se tambalea en una pradera, y cuando le alcanza un soplo de viento, la cúpula de cipselas que lo cubre sale despedida hacia otra parte. La cámara de Garland, hipnotizada por este mágico fenómeno, sigue la corriente de aire, y aquello que queda de la mala hierba. Por el gusto de hacerlo; por no quererse resistir a las fuerzas de la naturaleza. Entre aquello que le pide el cerebro, lo que le sugieren los instintos y lo que dictan los comportamientos cambiantes de los elementos: los movimientos de Men son el resultado de juntar estas fuerzas que muy frecuentemente apuntan hacia direcciones opuestas.

    Siguen sonando aquellos acordes de guitarra y aquella voz melosa de Lesley Duncan, solo que ahora se escucha todo desde el interior de un coche. Ya no estamos en la City, ahora nos encontramos rodeados del verde intenso de la campiña inglesa. Atrás quedan las inmensas torres de cristal de la metrópolis; en el destino están las humildes construcciones de piedra que dan forma a un pueblo de postal; un lugar que ningún urbanita de pro sabría encontrar sin la ayuda del navegador GPS. Por el camino, y sin cambiar en ningún momento de emisora, un travelling lateral se pierde en la perturbadora visión de unas casas de construcción moderna, pero que claramente llevan mucho tiempo abandonadas. Allí, en medio de la nada, en un punto indeterminado entre el origen y el final de la ruta, justo donde empieza a alzarse un bosque que se intuye muy profundo. Una imagen (y ninguna línea de diálogo) de relato de terror, que mancha una partitura de cuento de hadas.

    Combinación imposible (y por esto, ideal) de elementos, sensaciones y emociones para plasmar el infierno de la violencia machista (aquí, catalizadora y motor del relato), la que habitualmente, para mayor desgracia, cala en el hogar. En casa, vaya, esa fortaleza supuestamente inexpugnable, pero que en un abrir y cerrar de ojos, se convierte en una ruina; en poco más que los escombros del que antaño fue un edificio formidable. «¿Si en el pasado me querías, ahora por qué no?»; «Soy la misma persona de antes… pero a lo mejor ya no». Y en efecto, la vida cambia porque la gente cambia, y viceversa. «Entonces, ¿toca usted el piano?»; «Pues no» (aunque poco después descubrimos que en realidad sí). Antes no, ahora sí, y al revés. Buena parte de esta función transcurre en santuarios que se comportan como escenas de un crimen que ya se ha cometido y que va a volver a cometerse en cualquier momento. Lugares seguros que en realidad no lo son; promesas de sanación concretadas en estallidos de sadismo… un viaje demencial que, esto sí, puede conducirnos hacia la catarsis.

    Una mujer intenta dejar atrás su pasado, pero este, por reciente e insoportable, se niega a despegarse de un presente en el que el trauma ha somatizado primero en el entorno, y después, claro está, en la apreciación del tiempo. El antes y el ahora se solapan en un montaje que hace avanzar la narración mirando constantemente atrás. Esto es, al fin y al cabo, un intento de recuperarse de una experiencia de la que en principio es imposible recuperarse. Dicho proceso debe concretarse en una casa rural idílica, de construcción «preshakespeariana». Su puerta se abre y nos descubre al anfitrión, quien resulta ser Rory Kinnear, esto sí, disfrazado como si hubiera salido directamente de una comedia de Adam McKay. Y en efecto, Geoffrey, que así se llama el personaje que encarna, actúa como una especie alivio humorístico, resultado este de una afabilidad y servilismo que, mirados con cierta distancia, pueden ser leídos como lo que también (o realmente) son. Esto es, gestos de hostilidad hacia la otra persona.

    «Men invoca el drama (anti-)romántico para activar los miedos de la home invasion, para explorar las inhóspitas grutas del folk horror… y a cada paso (y tropiezo), Garland se confirma como superdotado poeta del cuerpo».


    El machismo, tanto en sus síntomas micro como macro, se manifiesta en todos los demás hombres de la función. Un agente de policía, un camarero, un vicario, un crío impertinente, los clientes de un pub, una entidad cavernaria. En total, Kinnear se pone en la piel de ocho personajes, no por caprichos de la endogamia, sino para ilustrar los efectos de esa otra enfermedad que, de la peor de las maneras, acaba emparentando a todos los que la padecen. Patrones de conducta que se repiten, que marcan y, en consecuencia, que definen al sujeto: los mismos que te hacen indistinguible del monstruo que vino antes que ti, y también del que seguirá tus pasos. Engendros que engendran engendros: es el ciclo de la vida (masculina). El efecto de desdoblamiento se consigue a veces gracias a capas de maquillaje; a veces gracias a filtros digitales, y siempre causa el mismo efecto: instalarnos en ese valle inquietante donde lo que vemos no esclarece si estamos ante algo real o ante el producto de una fantasía enfermiza.

    Como en las mejores fábulas y, ya puestos, como en las obras más memorables del antes citado dramaturgo inglés: Jessie Buckley, la mujer que intenta pasar página, se adentra en un bosque, y allí descubre un túnel donde la naturaleza se comporta de manera antinatural. Porque indudablemente, hay algo podrido en este mundo. En un momento, y por la misma razón aparente que la cámara seguía antes los vaivenes de un diente de león, nos introducimos en el cuerpo en descomposición de un ciervo… y parece que lo que viene a continuación, lo estemos observando desde tan infecto interior. Solo que al rato estamos en el jardín de aquella casa rural, y justo después, sin saber cómo, volvemos a estar dentro, o sea, al otro lado de una puerta que no nos protege de nada. Y a todo esto, un canto rebota entre las paredes de aquella estructura subterránea perdida en aquel paraje forestal, y crea un coro siniestramente armonioso que, de repente, se ve interrumpido. Un corte brusco tan inexplicable como lo era el canto coral que estaba impregnando el ambiente. Un silencio imposible es ahora la antesala de un grito inidentificable; de repente, una figura emerge en la lejanía. Una sombra inconcreta, que bien podría pertenecer a un hombre, a una mujer o, por qué no, a la propia protagonista. No se sabe.

    «¿¡Por qué me estás haciendo esto!?», grita ella, y nada (inteligible) viene a continuación. Precisamente, esta no-respuesta resuena como un eco ante la mayoría de preguntas que Men pretende despertar. Ante los «¿por qué?» con los que podemos intentar relacionarnos con el producto, Alex Garland, el guionista que tenía que acabar siendo director, responde con pocas palabras y muchas imágenes sugerentes, pero sobre todo inquietantes, que se niegan a ser desencriptadas con una sola lectura. Los alardes estetas con los que suelen destacar las propuestas del sello A24 (más aun las que abordan el cine de género), adquieren aquí la solidez suficiente como para no caer en la trampa de la sobreexplicación. Porque cuando toca hablar con un monstruo, las razones las suele cargar el Diablo. Al llegar a este punto, perderse en los cánticos abismales de Geoff Barrow y Ben Salisbury implica alcanzar la clarividencia. A esto responde la evidente y aun así esquiva carga alegórica de la película: renunciar a la lógica racional para entender lo que hay que entender en la sinrazón más intolerable, aquella en la que quien dice amarte, busca destruirte.

    Ahí, el mal llamado «elevated horror», se comporta como cabía esperar (llamando al escalofrío en plena luz diurna, renunciando al jump scare, inclinándose hacia las tomas lejanas, más que hacia los planos cortos… y todo esto, claro está, sin perder nunca de vista la tesis social que alimenta al relato), pero también sorprende disfrutando los placeres de perder el control. Haciendo funambulismo en la fina línea que separa el terror de la comedia, Men invoca el drama (anti-)romántico para activar los miedos de la home invasion, para explorar las inhóspitas grutas del folk horror… y a cada paso (y tropiezo), Garland se confirma como superdotado poeta del cuerpo. Venimos, conviene recordarlo, de Ex Machina, pero sobre todo de aquella apabullante recta final de Aniquilación. Pues bien, el cineasta británico despide su nuevo más-difícil-todavía con un ritual de metamorfosis tan inenarrable como, a la postre, memorable.

    Algo así como el sueño (pesadillesco) realizado de ver el imaginario de Junji Ito plasmado en imágenes «reales». Como sucede con el maestro japonés, el extremismo visual al que se nos somete es la clave para alcanzar esa cima que solo puede coronarse con altas dosis de sufrimiento: la lucidez animal de quien logra quitarse de encima la cosmética malvada de las palabras. «Estas cosas existen ahora en mi mente». La mujer como receptáculo —forzado— de las inseguridades, miedos, frustraciones y perversiones de los hombres; los hombres como esa amenaza letal… y terriblemente frágil. «Cuanto más aterrador eres, más pena me das». Esto último no lo dice nadie, en ningún momento, y ni falta que hace, porque la moraleja está ahí (sin estarlo), cayendo del cielo, una y otra vez. No como aquella lluvia londinense, sino más bien como esa gota china que, a fin de cuentas, ya no es tortura, sino todo lo contrario: un respiro, una liberación. ⁜


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