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    Crítica | La voluntaria

    || Críticas | D'A Film Festival 2022 | ★★★☆☆ ½
    La voluntaria
    Nely Reguera
    Dos realidades, una verdad


    Carlos Escolano
    Málaga |

    ficha técnica:
    España, Grecia 2022. Título original: «La voluntaria». Dirección: Nely Reguera. Guion: Nely Reguera, Eduard Solà, Valentina Viso. Productores: Adrià Monés, Álex Lafuente, Maria Drandaki. Productoras: Fasten Films, BTeam Pictures, RTVE, Movistar+, TV3. Fotografía: Aitor Echevarría. Música: Javier Rodero. Montaje: Aina Calleja Cortés, Juliana Montañés. Reparto: Carmen Machi, Itsaso Arana, Dèlia Brufau, Arnau Comas, Yohan Lévy, Henrietta Rauth. Duración: 99 minutos.

    Una de las aspiraciones que se debe plantear toda obra de arte es la voluntad de ser un sismógrafo del aquí y ahora. Encontrar la manera de vertebrar las tensiones o líneas de fuerzas que traza una sociedad y un contexto determinado. Ahí radica su cualidad —el cine, en este caso— de generar imaginario colectivo, construir toda una serie de representaciones en las que no sólo la realidad se refleje sino que estas imágenes contribuyan a construir realidad(es). Pero esta capacidad no queda circunscrita a películas más vinculadas a lo real, sino que en la fantasía más distanciada de ésta, también se pueden vislumbrar los deseos, problemas y miedos de toda una comunidad. El cine paulatinamente —pero en los últimos años de manera vertiginosa— ha ampliado los límites de este imaginario colectivo con la inclusión de la mirada feminista sobre lo real. Algo, que en contadas excepciones (muchas de ellas desde la militancia) era insólito y territorio de la otredad. A pesar de que, en el cine español, por poner el caso, las mujeres en la dirección representan tan sólo el 12,8% (datos de 2021), su presencia se ha hecho notar insertando de manera directa o tangencial una serie de temas bajo el prisma feminista como la maternidad, la sexualidad, la vejez, la conciliación, etc. Poco a poco se va paliando una anomalía que estaba cronificada y evidencia la contradicción de género que habita en la iconosfera. No son pocos los que pueden ver en esto una serie de cuotas o modas, sin embargo esta postura monolítica implica cerrar los ojos a un mundo que cambia (y además a mejor, afortunadamente) y ya es. El cine —como máquina de visión— está para abrir horizontes y ampliar los límites del pensamiento, de lo visible y lo decible.

    La 25ª edición del Festival de Málaga ha corroborado buena parte de estos argumentos en títulos de la Sección Oficial como Alcarràs (Carla Simón), Mi vacío y yo (Adrián Silvestre), La voluntaria (Nely Reguera) o la obra más agraciada del palmarés malagueño, Cinco Lobitos (Alauda Ruiz de Azúa). Todas ellas atravesadas por la mirada feminista —atañe tanto a directores como directoras— que ponen de manifiesto un acercamiento más sincero a lo real. Además de paliar un déficit de representación, son propuestas que se encuentran entre lo más granado desde un punto de vista estético, de las películas que concurrieron a la cita con el festival de cine en español. Con La voluntaria, Nely Reguera regresaba al cine tras ¡8 años! de ausencia, lo que indica la dificultad de sacar adelante una película más allá de la ópera prima. Y más cuando estamos hablando de una directora que con María (y los demás) se ganó la aprobación de la crítica. Este fenómeno de la no continuidad, es uno de los pecados capitales que vertebran la historia del cine español, poblada de francotiradores errantes y trayectorias guadianescas.

    La voluntaria puede causar una sensación de artefacto inofensivo en una primera lectura, sin embargo, si rascamos un poco más allá de las apariencias nos encontramos con un caramelo envenenado. En primer lugar, Nely Reguera no rehúye el riesgo de meterse en un jardín, ubicando la historia en un campo de refugiados griego. Estos no-lugares se han convertido en uno de los limbos donde la humanidad muestra su mayor so(m)bra. Espacios que evidencian los desajustes y contradicciones que engloban los «valores de Occidente». Pero Nely Reguera juega con honestidad y no pretende hacer una película sobre sino más bien desde los campos de refugiados. Que no se entienda esto como un uso de ese lugar a modo de decorado, pues el rozamiento de una película de ficción con la radicalidad de un lugar tan pregnante genera una incomodidad permanente. Similar a cualquier cinta que hace uso de los campos de concentración nazis como marco contextual. En segundo lugar —en una decisión que de nuevo puede generar bastante controversia—, Nely Reguera toma como protagonista de su historia a Carmen Machi, uno de los rostros más populares de la ficción española tanto en cine, como sobre todo, televisión. Además, la emplea en su registro más cercano y entrañable tipo Que se mueran los feos (Nacho G. Velilla) más que al distanciado y frío de La mujer sin piano (Javier Rebollo), con el riesgo que conlleva caer en la obscenidad y problemas de ética asociados a forzar una ficción y un tono a veces cómico, en un lugar tan terrible.

    Con estos dos ingredientes —campos de refugiados y Carmen Machi— la directora catalana construye un guion preciso (quizás demasiado) que constriñe todo intento de fuga narrativa. No así de la propia protagonista, que en un arrebato contra «las normas del sistema» escapa del campo secuestrando de manera «(in)voluntaria» a Ahmed, un niño huérfano. Dando paso a una obertura de los códigos del melodrama en el corazón de la película. La voluntaria, en el fondo, es una historia de amor. En Ahmed, ve cristalizado su deseo nada velado de ser abuela, aunque este hecho esconde algo más profundo como son una serie de carencias emocionales derivadas de su inadaptación a su nuevo rol de jubilada después de toda una vida dedicada al servicio de los demás como sanitaria. Ese vacío y la sensación de inutilidad es lo que intuimos que le lleva a ofrecerse como voluntaria en los campos de refugiados. El deseo de sentirse útil y amada la lleva a una idealización, a una situación de amour fou que es un callejón sin salida. La inclusión de un personaje antagonista como Caro (Itsaso Arana) hará emerger el choque generacional entre Marisa «y los demás». Entre lo individual y colectivo, la razón y la emoción. Y en un nivel de análisis excesivo, a la colisión de dos modelos de entender el cine español ejemplificado en sus dos actrices: el de lo popular (Carmen Machi) y el de lo que se ha llamado «otro cine español» (Itsaso Arana).

    Al igual que sucedía en La regla del juego (Jean Renoir, 1939), en esta cinta, todo el mundo tiene sus razones. Nely Reguera implica al espectador a que tome partido y dibuja en Marisa un personaje humano, demasiado humano, que se mueve por impulso sembrando un catálogo de contradicciones en el espectador. Este planteamiento se ve reforzado por la asunción de la narración sobre los hombros de Marisa que es quien conduce el relato y por la posición empática de ella a todo cuanto le rodea. La virtud de Nely Reguera está en hacernos dudar de manera permanente, en complejizar lo cotidiano haciendo emerger un dilema moral. La forma empleada es una narrativa que se ajusta de manera cercana y transparente al relato, sin ningún tipo de pirotecnia formal. Apoyándose cuando lo cree conveniente, en una serie de encuadres que refuerzan la idea de ambigüedad, así como un uso de las elipsis y el fuera de campo que sostienen la huida hacia adelante de la protagonista. El dilema moral de La voluntaria se muestra comedido, sin el tremendismo ni desasosiego al que nos ha acostumbrado cierto tipo de cine centroeuropeo (Haneke, Seidl, etc.). Un cine social que cuestiona el papel de Occidente en la crisis de los refugiados, su soberbia y su (in)acción funcionarial. Quizás se eche en falta un paso más allá del tono de fábula que destila la película; del mismo modo, una conjetura formal de mayor riesgo en paralelo a la disyuntiva ética. Aun con ello, su final es consecuente con la postura honesta del resto del metraje. ⁜


    La voluntaria, Nely Reguera
    Sección oficial del Festival de Málaga.

    Miguel Ángel Onoda
    Introduction

    Cannes 2022

    El perdón

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