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    Crítica | El hombre que vendió su piel

    || Críticas | ★★★☆☆ |
    El hombre que vendió su piel
    Kaouther Ben Hania
    Vender la dignidad


    Yago Paris
    Madrid |

    ficha técnica:
    Túnez-Francia-Bélgica-Alemania-Suecia, 2020. Título original: «L'Homme qui a vendu sa peau». Directora: Kaouther Ben Hania. Guion: Kaouther Ben Hania. Productores: Habib Attia, Anas Azrak, Khaled Walid Barsaoui, Nadim Cheikhrouha, Fabrice Delville, Philippe Faucon, Martin Hampel, Faycal Hassairi, William Johansson, Thanassis Karathanos, Antoine Khalife, Lassaad Kilani, Rafik Kilani, Philippe Logie, Anthony Muir, Annabella Nezri, Simon Ofenloch, Guillaume Rambourg, Jacques Reboud, Andreas Rocksén, Christophe Toulemonde, Alain-Gilles Viellevoye, Marie-Sophie Volkenner, Daniel Ziskind. Productoras: Cinétéléfilms, Tanit Films, Kwassa Films, Laika Film & Television, Twenty Twenty Vision Filmproduktion, ZDF/Arte. Fotografía: Christopher Aoun. Música: Amin Bouhafa. Montaje: Marie-Hélène Dozo. Reparto: Koen De Bouw, Monica Bellucci, Husam Chadat, Rupert Wynne-James, Adrienne Mei Irving, Najoua Zouheir, Yahya Mahayni, Saad Lostan, Nadim Cheikhrouha, Dea Liane, Wim Delvoye, Montassar Alaya, Marc de Panda, Jan Dahdoh. Duración: 104 minutos.

    Durante el tercio inicial de El hombre que vendió su piel (L'Homme qui a vendu sa peau, Kaouther Ben Hania, 2020) tiene lugar la escena clave de la película, aquella que desencadena todo lo que está por acontecer posteriormente. El evento en cuestión consiste en la conversación entre el protagonista del filme, Sam Ali (Yahya Mahayni), y Jeffrey Godefroi (Koen De Bouw). El primero es un refugiado sirio que ha huido al Líbano tras el estallido de la guerra en su país; el segundo es un artista de renombre internacional. Ambos personajes entran en contacto porque Sam apenas tiene dinero para comer, por lo que se cuela en exposiciones de arte contemporáneo para llenar el estómago con la comida gratis que en ellas se ofrece. Su situación precaria es para Jeffrey una oportunidad para desarrollar uno de sus proyectos artísticos, algo que, como consecuecia, permitirá mejorar ostensiblemente la situación económica de Sam. Básicamente, Jeffrey le ofrece convertir su espalda en un lienzo que porte una de sus obras de arte, que consistirá en un tatuaje. Cuando el artista le ofrece la posibilidad de ser libre, Sam le pregunta si acaso es el genio de una lámpara, a lo que Jeffrey le responde: «Bueno, a veces creo que soy Mefistófeles». Aunque se trata de una línea de diálogo que explicita en exceso las intenciones del relato, es un momento fundamental, pues en ella reside la clave. En última instancia, lo que el artista le ofrece al refugiado sirio es un pacto con el diablo, y, como podemos anticipar si conocemos la historia de Fausto, lo que parece una oportunidad irresistible para el protagonista acabará siendo una tortura.

    A El hombre que vendió su piel puede que le pese la manera explícita, y por momentos gruesa, con que expone sus argumentos, pero esto no siempre es un problema. Por un lado, al tratarse de una narración con mimbres de sátira, la explicitud mordaz de algunos de sus planteamientos sí caen de pie y se sostienen por sí mismos. Por otro, ofrece una visión nada autocomplaciente del cine social, lo que, por comparación, deja en evidencia a la mayoría de producciones de este calado. De hecho, la película se podría entender como una especie de discurso metarreflexivo en torno a la manera de hacer cine (arte), y el lugar que ocupan los individuos que protagonizan dichas ficciones. Con su actitud de enfant terrible, mostrando una mayor inteligencia analítica que el resto de personas que lo rodean, aunque siendo incapaz de escapar a su propia impostura, el propio Jeffrey señala abiertamente que está utilizando a Sam como una mercancía para desarrollar su arte, lo que al mismo tiempo funciona para criticar la situación de emergencia humanitaria de los refugiados —una persona está dispuesta a vender su piel y convertirse en una mercancía, porque así podrá emigrar y subir de estatus social, huyendo de la miseria— y al mismo tiempo también la ética de un circuito de arte que funciona como burbuja alienada de todo atisbo de realidad —la manera con que se celebra la inmoralidad de lo que esta acción supone, la forma en que se utiliza la miseria ajena como espectáculo circense de freaks con la justificación de una en última instancia inocua, cosmética denuncia social—. ¿No es acaso esto lo que ocurre con buena parte del cine de denuncia social que abunda en el circuito de festivales, donde a la hora de la verdad se filma a los personajes desde un miserabilismo humillante, que apenas atisba a entender sus realidades, en pos de una catarsis complaciente del espectador que convierte a las figuras de la pantalla en meras mercancías? En este sentido, El hombre que vendió su piel demuestra ser una obra bastante más inteligente que sus compañeras de espacio genérico.

    Esta aproximación a la narración se demuestra a través de momentos incómodos, donde la sátira va más allá del humor para plantear cuestiones difícilmente resolubles en torno al lugar que ocupa el arte en la sociedad europea. En ese aspecto, destacan las escenas donde el protagonista es expuesto en diferentes salas museísticas, forzado a estar sentado durante toda la jornada en un expositor, desnudo de cintura para arriba, y de cara a la pared, pues lo que se expone es el tatuaje que lleva a su espalda. La elección del lugar de su cuerpo no es baladí, puesto que enfatiza la deshumanización del Otro: los visitantes no le ven la cara a Sam, al que se le prohíbe darse la vuelta para mirar a quienes han venido a observarlo. En esta línea, las mejores escenas no son aquellas donde la sensación de frustración e inmoralidad son mayores, como la de la subasta, que acaba con Sam fingiendo actuar como un terrorista prototípico, provocando una estampida en la sala, plagada de prejuiciosos europeos. Al contrario, las mejores escenas son aquellas en las que la denuncia se materializa en la normalización de una situación aberrante. Aquí destaca la visita guiada de un grupo escolar, donde la profesora, en su afán didáctico, explica a los pequeños la obra de arte que es Sam, sin ser consciente de que por el camino se está utilizando la educación para asimilar el otro sistema de opresión, invisible, al que se ve forzado el protagonista: el que el Primer Mundo ejerce sobre el Tercero.

    Quizás los momentos más valiosos del filme responden a esta máxima, pues la decisión que más aleja a El hombre que vendió su piel de la mayoría de producciones de esta temática consiste en convertir al propio Sam en un personaje incómodo, cuestionable aunque tremendamente humano, lo que en última instancia redunda en el perfilado de una personalidad compleja. Lejos del habitual retrato del protagonista como una víctima santurrona, el realizador y guionista Kaouther Ben Hania expone a un Sam que pasa de estar indignado por la trampa en la que ha caído, a defender a sus opresores, habida cuenta de que, a la hora de la verdad, vive mucho mejor. Es esta manera de cuestionar el valor de la dignidad donde probablemente residan las reflexiones más estimulantes del filme, que tampoco ofrece respuestas claras a este respecto, aunque sí una salida contundente por parte de su protagonista. El personaje pasa de la indignación a cuestionarse qué está uno dispuesto a comprometer, qué parte de la dignidad, de aquello en lo que uno cree, vale la pena sacrificar por la comodidad material. En otras palabras, la película se plantea si es mejor vivir con miedo y en disonancia cognitiva, pero en un hotel de cinco estrellas, o con dignidad y satisfecho con uno mismo, pero sufriendo la precariedad. No existe una respuesta clara, pero el personaje, con un poso ciertamente satírico, decide volver a meterse en la boca del lobo antes que continuar viviendo humillado, lo que deja en evidencia la falsedad del sueño europeo. Lástima que un epílogo innecesariamente conciliador emborrone lo construido hasta entonces, pero, a pesar de todo, El hombre que vendió su piel, ya es valiosa simplemente por dejar en evidencia a la mayoría de producciones autocomplacientes, éticamente problemáticas y cinematográficamente planas que pueblan el ecosistema del cine de denuncia social. ⁜


    L'Homme qui a vendu sa peau, Kaouther Ben Hania
    Nominada al Oscar a mejor película internacional.

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