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    Crítica | Las ilusiones perdidas

    || CRÍTICAS | ★★★★☆
    Las ilusiones perdidas
    Xavier Giannoli
    Belleza eternamente


    Raúl Álvarez
    Madrid |

    Francia, 2021. Título original: «Illusions perdues». Director: Xavier Giannoli. Guion: Xavier Giannoli, Jacques Fieschi, Yves Stavrides. Productores: Emilien Bignon, Christine De Jekel, Olivier Delbosc, Sidonie Dumas, Sylvain Goldberg, Cédric Iland. Productoras: Curiosa Films, Gaumont, France 3 Cinéma, Pictanovo, Gabriel, Umedia, Canal+, Ciné+, France Télévisions, Centre national du cinéma et de l’image animée, La Region Île-de-France, Region Hauts-de-France, uFund, Orange Studio, Tax Shelter du Gouvernement Fédéral Belge, Investisseurs Tax Shelter. Fotografía: Christophe Beaucarne. Música: Varda Kakon. Montaje: Riwanon Le Beller, Cyril Nakache. Reparto: Benjamin Voisin, Cécile de France, Vincent Lacoste, Xavier Dolan, Jeanne Balibar, Salomé Dewaels, André Marcon, Gerard Depardieu. Duración: 149 minutos.

    La obra literaria de Balzac es intemporal porque retrata el estado permanente de las cosas: cínicos contra idealistas. Ayer, hoy o mañana, tanto da, cualquier lector que atienda con los ojos abiertos su inmenso legado se dará cuenta de que el mundo es siempre el mismo. Y lo arañan siempre las mismas personas. Parte de las denominadas «Escenas de la vida en el campo», que componen, entre otras series, La comedia humana, Las ilusiones perdidas es una de sus novelas más contundentes por cuanto en ella el Balzac hombre discute su visión de la sociedad con el Balzac escritor. Se trata, por tanto, de una obra autobiográfica en la que su autor se desdobla en dos poetas. Uno, Lucien (Benjamin Voisin), de origen humilde, olvida su arte para triunfar en la prensa sensacionalista de París, mientras el otro, Nathan (Xavier Dolan), vinculado a la nobleza, aspira al reconocimiento literario. Sin ceder a las trampas de la memoria o a la autoindulgencia, y esto es evidente en los tres volúmenes que integran Las ilusiones perdidas, el Balzac inmortal se deja juzgar por el Balzac mortal en la que medida en que este termina imbuyéndose del espíritu noble de Nathan; el único de los dos con autoridad y fuerza suficientes para invocar la belleza, y salvarse y salvar el mundo.

    En esta magnífica adaptación, reciente triunfadora en los César con siete premios, Xavier Giannoli acierta de pleno al concentrar su atención sobre esta idea en lugar de empeñarse en reproducir la estructura formal de la novela, un culebrón folletinesco que Balzac publicó por entregas en la prensa parisina entre 1836 y 1843. Liberado de esa prisión, el director de Madame Marguerite (Marguerite, 2015) se aplica de manera impecable sobre la retórica de Balzac con el propósito de afinar una reflexión contemporánea en torno a las servidumbres del éxito social, el peso de la conciencia, la decadencia de la verdad y el valor del arte. Temas estos tan sustanciales en la época de Balzac –la Francia entre la caída del Primer Imperio y la Monarquía de Julio (1815-1830)– como en la nuestra, hecho que le permite a Giannoli colocar ante el público el espejo entre tiempos que lleva implícito todo drama de época. El cineasta galo no fuerza sin embargo las correspondencias entre el pasado y el presente, patentes, por otra parte, para cualquier espectador despierto, sino que articula esa clase de discurso universal, por la validez de su actitud ética y moral, que emana únicamente de la gran literatura. Balzac, como Shakespeare o Cervantes, pronuncia las verdades del barquero.

    Para ello, Giannoli, Jacques Fieschi (su guionista habitual) e Yves Stavrides adaptan con magisterio la técnica narrativa más representativa de Balzac: la descripción psicológica de personajes a partir de la contradicción entre sus vicios y su fortuna. La película discurre así ágil y ligera sobre un dispositivo cinematográfico en el que cada protagonista primero actúa —y luego se justifica. Uno apuñala y otro finge pedir perdón. La mentira, la deslealtad, la traición, la venganza, el cinismo, la hipocresía, el miedo y el autoengaño liquidan esas ilusiones perdidas que dan título a la obra de Balzac para, en su lugar, cultivar las semillas de la lucha de clases, la corrupción política, el despotismo, la miseria moral, la prostitución ética, la vulgaridad afectiva, la mediocridad profesional y el culto a las riquezas materiales. Insisto en que es sencillo para el público establecer paralelismos entre el universo inmoral de Balzac y el nuestro, en particular todo lo relacionado con la prensa y la política. Pero la fuerza y la solidez de esta película no provienen de ahí, sino de la agudeza conque relata el origen de esa inmoralidad. Ni más ni menos que la muerte del arte, el ocaso de la belleza.

    Lucien deja marchitar sus Margaritas cuando se inclina ante la tentación de la fama y el aplauso fácil. En definitiva, cuando renuncia a sí mismo por miedo y abandona la búsqueda de su verdadero lugar (y amor) en el mundo. Lo que obtiene a cambio le satisface durante un tiempo breve porque es fruto del despecho –su relación con Coralie (Salomé Dewaels), su ascenso en la escala social, el temor que despiertan sus artículos entre la nobleza–. Hasta que un encuentro con Louise (Cécile de France), su primer amor, le recuerda que una vez, tiempo atrás, se conformaba con el tacto de las flores, el calor del sol y la vibración de un beso. Obligado a confrontarse con el hombre y el poeta que fue, Lucien se enreda sin remisión en la tela de araña que tejen para él sus enemigos a ambos lados de la iniquidad. La burguesía (Lousteau / Vincent Lacoste y Dauriat / Gérard Depardieu), porque no tolera su exceso de ambición. La nobleza (el barón de Châtelet / André Marcon y la marquesa D’Espard / Jeanne Balibar), porque detesta su orgullo de advenedizo. Novela y filme tratan la caída en desgracia de Lucien en los mismos términos, como lección moral necesaria para ilustrar una verdad arrolladora: no conviene engañarse a uno mismo. Aguarda la náusea.

    Desde luego que Las ilusiones perdidas es moralista, y hace bien en presumir de ello porque ¿qué acto más subversivo cabe en este momento, en cualquier ámbito de la vida en sociedad, que el de afirmar el yo de las pasiones, sin filtros, sobre el yo del pragmatismo, por conveniencia? Cuando todo se compra y se vende, empezando por la propia identidad y los principios, ¿qué esperanza la queda al mundo si no es la poesía del marginado, el canto de una sirena muda, la balada de dos amantes desesperados? La última y fascinante media hora del filme plantea en este sentido un juego plástico verdaderamente conmovedor y muy bello. Hundido en la miseria, progresivamente solo y abandonado, a Lucien se le borran poco a poco los restos de maquillaje y peluquería que habían ennegrecido su espíritu, sus Margaritas. Recuperada su naturalidad, con ella se atreve a empezar de nuevo donde lo dejó: dedicándole cada palabra al ser amado. Pour elle. Pour Ève. ⁜


    Illusions perdues, Xavier Giannoli
    Competición de la Mostra de Venecia.

    Miguel Ángel Onoda
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