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    Crítica | El ruido de los motores

    || CRÍTICAS | AMERICANA FILM FEST 2022 | ★★★☆☆
    El ruido de los motores
    Philippe Grégoire
    Las bicicletas son para los pringados


    Javier Acevedo Nieto
    Salamanca |

    Canadá, 2021. Título original: «Le bruit des moteurs». Director: Philippe Grégoire. Guion: Philippe Grégoire. Productora: G11C. Distribución en España: Flamingo Films. Fotografía: Shawn Pavlin. Música: Joël-Aimé Beauchamp. Montaje: Kyril Dubé. Reparto: Robert Naylor, Tanja Björk Ómarsdóttir, Marie-Thérèse Fortin, Alexandrine Agostini, Naïla Rabel, Marc Beaupré, Maxime Genois, Arnmundur Ernst Björnsson, Huguette Chevalier, Patrice Dussault, Vial Grégoire, Ingi Hrafn Hilmarsson, Nadia Kessiby, Marc Larrivée, Gabrielle Lessard, Virginie Ouellet, Charles Voyer. Duración: 79 minutos.

    Alexandre mira un horizonte que se aplasta, una y otra vez, contra el suelo. Es una frontera gris, es una vida oscurecida, es un sentimiento manchado, es una memoria ensuciada por recuerdos un poquito traicioneros. A 45 kilómetros de Montreal, el pequeño pueblo que odia a Alexandre se ve como un homúnculo postergado en, imaginen, la parte más incómoda y desconocida del cuerpo: el pliegue tras la rodilla o la unión del muslo con las arrugas cobardes de las nalgas, por ejemplo. Así se ve (y se padece) en la mente de Alexandre el pequeño territorio que hace frontera con todo, sin estar realmente en ninguna parte.

    Condenado a ser oficial de aduanas, cuando mira todo cuanto le rodea siente que está enmarcado por uno de esos portarretratos de pan de oro que se encuentran en el más habitual de los bazares. Acaso su memoria y su recuerdo es una voz interna (monólogo sin réplicas alegres) que le dice una y otra vez que la vida es simple determinismo histórico: si todo ha pasado sin pena ni gloria, todo seguirá pasando sin pena ni gloria. La historia de Alexandre avanza en las imágenes gripadas de Le bruit des moteurs (2021) con un ralentí cebado con sorna, ironía y negrura carburante. Expulsado del cuerpo de aduaneros por prácticas tildadas de acoso sexual, acusado de llenar el pueblo de grabados eróticos y maltratado por una autoridad pseudofascista, la vida de Alexandre es convertida por el debutante Philippe Grégoire en una suerte de noir sentimental: búsqueda criminal del sentido de uno mismo. Alexander tiene una voz (socarrona narradora omnisciente) que martillea una vida condicionada por la indiferente biología —los Jinetes del Destino: familia, terruño, gobierno y patria—, y las imágenes que conducen su renovada educación sentimental —largas panorámicas, estáticos planos medios y crueles primeros planos— están al servicio de eso que los angloparlantes llaman deadpan, los hispanohablantes denominan humor seco y las víctimas tildan(mos) de ser un pringado.

    Afirmaba Mark Twain que «nuestra raza humana, en su pobreza, tiene sin duda un arma verdaderamente eficaz: la risa». Realmente, la película de Grégoire es un relato de aventuras en el que la mordacidad y la risa cómplice de Twain han sido abolidas y reemplazadas por un cierto estertor cómico. Alexander conoce a la aventurera piloto Aðalbjörg y cuestiona una existencia cuyo hito más apasionante fue descubrir el sentido de la bujía. La gracia en el mundo actual y en la imagen contemporánea es un acto de compasión más que de liberación. Porque nada de lo que nos rodea es gracioso y, pese a ello, la risa se siente como un préstamo de alegría. Quizá aquí es donde Le bruit des moteurs tiene su gracia: en su forma de reírse de cosas que nos tomamos demasiado en serio. También de este modo pueda explicarse su aniconismo. Como buena parte del posthumor contemporáneo —es inevitable pensar en Bruno Dumont para lo bueno y Denis Côté para lo malo— lo cómico mana de la imposibilidad de invocar imágenes divertidas de temas coetáneos —la precariedad, la masculinidad, el autoritarismo, etc. — y, de esa imposibilidad, sangra un pus absurdo en el que nuestra risa hipotecada aplaza el pánico de sabernos en la más absoluta de las miserias.

    Por lo tanto, hay absurdo, gracia y miseria en Le bruit des moteurs. En sus imágenes se deslizan el tipo de rostros cotidianos que nos recuerdan que la cara se ha convertido en una superficie de emociones tiránicamente controladas por poderes en los que ya no podemos influir. Alexander es apaleado, maltratado y condenado. En la cara del apaleado Grégoire dibuja la absurda herida del presente que nos resulta graciosa porque ante el dolor del resto ya no podemos rebelarnos, tan solo etiquetarlo como una fuente de estatus: yo estoy mal, pero Alexandre está peor. Es cruel, absurdo e injusto y, sin embargo, la solidaridad de los derrotados siempre tiene este pequeño componente egoísta. La película sabe reflejarlo en un noir sentimental (aventura de un exiliado de la suerte) que, sin saber separarse de sus maestros, tiene la malicia suficiente como para usar la ficción con el fin de compensar la precariedad de la vida. Ante la falta de imágenes propias, endemia de un determinado cine que usa la sátira camp sin saber ya de qué se quería reír, Grégoire compensa su debut con un cinismo divertido. Alexander es un pringado, pero es uno de nuestros pringados, parece afirmar el cineasta en esos pequeños exabruptos de compasión sentimental. La voz de Alexander le recuerda que la vida es un ejercicio sin solucionario. La aventura es un error desde el principio y, pese a ello, se entrega a ella en el tipo de filme que muestra que, por lo menos, todavía podemos ser soberanos de nuestras miserias. ⁜


    Le bruit des moteurs, Philippe Grégoire
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