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    Crítica | Rimini

    Ayer, la gloria; mañana, el ocaso

    Crítica ★★★☆☆ ½ de «Rimini», de Ullrich Seidl.

    Austria, Alemania, Francia, 2022. Título original: «Rimini». Dirección: Ulrich Seidl. Guion: Ulrich Seidl, Veronika Franz. Compañías productoras: Ulrich Seidl Film Produktion GmbH, Essential Filmproduktion, Société Parisienne de Production, arte. Presentación oficial: Sección oficial de la Berlinale. Dirección de fotografía: Wolfgang Thaler. Música: Fritz Ostermayer, Herwig Zamernik. Intérpretes: Michael Thomas, Tessa Göttlicher, Hans-Michael Rehberg, Inge Maux, Claudia Martini, Georg Friedrich. Duración: 114 minutos.

    El canon estético ético y estético del austriaco Ulrich Seidl no parece variar aunque aborde la ficción o el documental. El profundo y cómico cinismo de su mirada seca y distante retrata sin jerarquía a personajes reales o ficcionados, tal vez partiendo del principio de que cualquier representación de la realidad es, de por sí, una invención. En este sentido, lo estrambótico de los carácteres de Safari (2016) o En el sótano (2014) resulta indistinguible de los de su nuevo trabajo, Rimini (2022), y el hecho de que esta, en concreto, sea una obra de ficción, resulta, para los efectos, un asunto menor. Un hombre enorme, de cabello largo y rubio, que recuerda a una estrella del Wrestling —y al Mickey Rourke de The Wrestler (Darren Aronofsky, 2008)— se baja en una estación de tren anodina, cargando dos maletas. Se trata de Richie Bravo (Michael Thomas), estrella de la canción ligera del género schlager, o música para pensionistas, y su caída comienza, en la película, con este retorno al pueblo natal, en Austria, tras la muerte de la madre. Su habitación de la infancia se mantiene intacta, con pósteres del apolíneo Ben-Hur y guitarras desafinadas, como indicando que el propio Bravo está anquilosado en otro tiempo, y no ha sido nunca capaz de asumir una responsabilidad adulta sobre sus actos. Tras el funeral, en el que el cantante hace una patética performance entonando una canción de despedida junto al ataúd, mientras el anciano padre, un viejo nazi con demencia, ni siquiera es capaz de acertar quién es la difunta, Richie Bravo regresa a su exilio voluntario, lejos del hogar, a la ciudad italiana de que da título al filme.

    Rimini es un lugar desolado, con decadentes edificios de paredes desconchadas, bares infectos y un omnipresente mar en estado de perpetua indiferencia. A ratos se asemeja a un infierno, a ratos, a un purgatorio, pero en ningún caso parece un espacio agradable. Acaso esta sea la maldición de Bravo, alcohólico, hijo de una familia modestamente monstruosa y artífice de la continuación, por mano propia, del ciclo de la incapacidad como padre. En Rimini malvive dando lustre a su ego en pequeñas actuaciones en hoteles para grupos de turistas austriacos de tercera edad, para cuyas mujeres ejerce además como trabajador sexual; más que por su acuciante necesidad económica, por la urgencia de mantener vivo el placer de sentirse deseado y admirado; un placer que pronto se revela como única motivación, casi un afán de supervivencia que parece proceder de algún miedo atávico. Esta rutina se verá alterada con la llegada de una hija abandonada (Tessa Göttlicher), recuerdo menos agradable del pasado, quien le exige la restitución de todo el sustento económico no pagado; una hija que él ni siquiera es capaz de reconocer físicamente, borracho de grappa y migajas de una fama avinagrada, y a la que intenta primera instancia seducir grotescamente al confundirla con una admiradora.

    Seidl emplea su herramienta más característica en el apartado técnico: el plano fijo, sin concesiones ni música extradiegética, como recurso que desnuda de cualquier floritura o digresión a la imagen y obliga a los espectadores a centrarse en los actos de sus personajes, en lo ridículo de cada escena, de cada situación, que no es más que una sucesión de cuerpos fatigados, de rostros que llevan la derrota pintada en la frente como queriendo hacer de ella un estandarte. Por tanto, no hay espacio para la emoción en este filme, ni siquiera en sus momentos de emotividad confesional, los cuales resultan torpes, sí; y la única manera de entender esta torpeza es interpretándola desde el prisma de la sátira. Si entendemos el cine del director austriaco como «crítica social», así, en general, desoyendo su autodenominación de «pornógrafo social», podríamos correr el riesgo de perdernos en esa especie de laberinto discursivo del arte como arma, como instrumento de cambio, y pasar por alto el sentido del humor, presente en todos sus cintas, como su característica más reivindicativa. Lo que ocurre es que este humor, árido e inconcesivo, está apuntando hacia nosotros. Cada plano de Rimini parece querer burlarse de nuestras nociones preconcebidas sobre el yo y los otros, nuestras vagas ideas de lo que representa vivir al margen del estado del bienestar, nuestras expectativas de la dignidad en la vejez o tal vez de cualquier tipo de dignidad. Cada plano de Rimini se nos ríe en la cara, por si estábamos esperando hallar aquí un atisbo de ternura, una palabra reconfortante. Nuestro gran error como espectadores sería creer que podríamos llegar a empatizar con un personaje patético, cuya única motivación responde al miedo crepitante de quedarse absolutamente solo, como su padre, entonando cánticos de alabanza al Reich y haciendo el saludo nazi directo hacia la cámara; un protagonista que, contra todo pronóstico y de manera velada, encarna lo más inconfesable y oscuro, bajo nuestra superioridad moral.

    Rimini, Ulrich Seidl.
    Competición de la Berlinale 2022.

    «Rimini es un retrato de familia manchado por la negligencia, el abandono y el abuso como maquinaria que fabrica nuevos individuos dañados. Es, además, un estudio mordaz de la periferia humana, incómodo y a ratos feísta, en el que el patetismo de su derrotado protagonista, aun a pesar de estar en las antípodas de la empatía, resulta inusualmente atractivo, quizás porque nos recuerda que la bajeza moral del ser humano no tiene límites».


    Lo que atribula a Richie es el pánico de caer en el olvido, que es peor que la muerte. Y para combatir esto es capaz de buscar desesperadamente un vínculo, una forma de expiación egoísta. La sorpresa llega, por el contrario, cuando una cierta conexión emocional nos envuelve, a pesar de la austeridad de la película. Sí, nos envuelve desde una perspectiva aleccionadora, y nos lleva casi a aplaudir el elemento de justicia cínica que recibe el protagonista, que asoma casi como un castigo esperpéntico: la pesadilla de Richie, que se nutre de su fobia a los migrantes, —únicos seres que deambulan por Rimini como presencias fantasmales entre la niebla—, se instala en el palacio de su monumental ego, en su casa, un espacio antes abarrotado de memorabilia del éxito pasado y fotografías de sí mismo a escala 1/1, y ahora poblado de esos mismos seres periféricos, tangenciales como él mismo, a los que desprecia con la hipocresía del «yo no soy racista… pero». Un paisaje del ridículo que, reiteramos, solo se puede entender desde la sátira. Con ello, Rimini es un filme previsible. Esto no tiene por qué ser una característica negativa, pues lo que esta última obra supone para la carrera del director austriaco es muestra de un estilo y unas intenciones discursivas claras, cuya calidad se ha sostenido de manera continuada formando, como decíamos al principio, un canon sólido. Rimini es un retrato de familia manchado por la negligencia, el abandono y el abuso como maquinaria que fabrica nuevos individuos dañados. Es, además, un estudio mordaz de la periferia humana, incómodo y a ratos feísta, en el que el patetismo de su derrotado protagonista, aun a pesar de estar en las antípodas de la empatía, resulta inusualmente atractivo, quizás porque nos recuerda que la bajeza moral del ser humano no tiene límites.


    Luis Enrique Forero Varela |
    © Revista EAM / 72ª edición de la Berlinale


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