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    Crítica | Fuego (Avec amour et acharnement)

    La vida era esto

    Crítica ★★★☆☆ de «Fuego», de Claire Denis.

    Francia, 2022. Título original: «Avec amour et acharnement». Dirección: Claire Denis. Guion: Christine Angot, Claire Denis. Compañía productora: Curiosa Films. Presentación oficial: Sección oficial de la Berlinale. Dirección de fotografía: Eric Gautier. Música: Stuart Staples. Intérpretes: Juliette Binoche, Vincent Lindon, Grégoire Colin, Bulle Ogier, Mati Diop, Issa Perica, Hana Magimel. Duración: 116 minutos.

    Un plano general en una playa de aguas tranquilas, bajo un sol espléndido, presenta a dos cuerpos solitarios a través de un lirismo intenso. Estos dos amantes perfectamente podrían ser los únicos en el mundo, inmersos en una calma sin esquinas. Flotan en el agua en completa placidez, y se observan el uno al otro con fascinación, como si nunca antes se hubiesen visto, mostrando sin temor su vulnerabilidad y ofreciéndosela mutuamente. Aquella breve eternidad, que concluye casi como un prólogo, pronto deriva hacia una realidad menos encantadora: los túneles y estaciones de metro, el tráfico, el cielo bajo y asfixiante de París, el correo sin leer apilándose en el suelo contra la puerta. El amor que se profesan Jean (Vincent Lindon) y Sara (Juliette Binoche) en los primeros minutos de Avec amour et acharnement, nuevo trabajo de Claire Denis, ese mismo amor demostrado en unas vacaciones recientes, de alguna manera comienza a sucumbir ante el advenimiento de la pesada rutina inevitable.

    Los tristes ojos de Jean cargan con el peso del fracaso y de la culpa, tras haber cumplido recientemente una condena en prisión durante casi una década. Sus intentos por recoger los pedazos del antiguo estatus de brillante jugador de rugby lo llenan de vergüenza. Por su parte, Sara vive y ha vivido soportando los embates de Jean, apoyándolo, acompañándolo, y, sin embargo, sin formar del todo parte de la vida de este, siempre en una suerte de estado de suspensión. La vemos ir y venir de su trabajo, discutir en su programa de radio acerca de la situación sociopolítica en el Líbano y el racismo estructural en la sociedad europea, pero, al regresar a casa parece empequeñecida, mermada. En una de aquellas repeticiones cotidianas, un encuentro fortuito con François (Grégoire Colin), anterior pareja de Sara y amigo de Jean, supone el final de la perfección aparente. Sara se transforma en un sujeto sufriente, temblorosa y presa de una angustiosa dificultad para sentirse cómoda dentro de sí misma. Más aún, en este río de coincidencias que parecen solo ocurrir en el cine, François se comunica con Jean para proponerle un interesante nuevo proyecto empresarial, pero en el fondo Sara sospecha que con quien su antiguo amante intenta comunicarse es con ella, repite su nombre como invocándolo, sin saber del todo qué supondrá el encuentro.

    La fotografía de Eric Gautier, perlada de primeros planos, registra sobre todo el marasmo emocional, los mínimos cambios de expresión en diálogos bajo los cuales parece estarse llevando a cabo una segunda charla, ocultando ambos sus miedos, Jean y Sara, fingiendo una normalidad que a todas luces nunca han tenido; estos diálogos, que en mi opinión suponen, en suma, un conjunto irregular, brillan por momentos en algunos extractos honestos y, tal vez por ello, sobresalientes —un retrato crudo de una discusión, profiriendo ambos personajes insultos y frases muy concretas a sabiendas del dolor que causarán, cegados por la rabia—, potenciados, además, por las interpretaciones magníficas, milimétricas, tanto de Vincent Lindon como de Juliette Binoche, quienes, sin duda, son los responsables de que este filme no se derrumbe. Y es que la irregularidad del guion —firmado a cuatro manos por la propia Denis y la escritora Christine Angot—, que es, junto a los actores, el alma de la película, arroja algunas ideas interesantes, como el estigma socioeconómico de la población racializada francesa, por ejemplo, y parece por momentos querer derivar hacia una reflexión cultural, pero se frena a sí mismo y traslada cualquiera de estas digresiones siempre a un segundo plano, en favor del asunto central, que es la angustia emocional de un amor incontrolable.

    La atracción de Sara hacia François, cuyo encuentro resulta perversamente magnético, se fundamenta en parte en un recuerdo común, deformado por el paso de los años, pero también en una suerte de deseo de reformular el pasado. Sara, quien que es incapaz de amar más a uno que a otro, y repite evocando a cada uno repitiendo las palabras «mon aour, mon aour, mon amour» como un mantra, vive sus días siempre como un sujeto pasivo, como la compañía invisible. Cada uno de los elementos de la complicada vida personal de Jean están claros y presentados con la importancia de un drama cotidiano: sus esfuerzos por reconstruir su vida, después de ser arrojado al lugar menos honroso de la sociedad, la vergüenza de estar viviendo en una casa que no le pertenece (la de ella), utilizando una tarjeta de crédito que no le pertenece, incapaz de hacerse cargo de su propio hijo, cuya tutora legal es su madre, la de Jean; vínculos que él intenta restablecer atropelladamente, haciendo vanos esfuerzos, a sabiendas de que él mismo ha cometido tantos errores. El sufrimiento de Sara, por el contrario, se presenta siempre en soledad, y resulta interesante el artefacto narrativo de desplazarla a ella a un rol secundario y ser, a la vez —paradójicamente— la absoluta protagonista. Reprimida y contenida, su actitud de cara a Jean es la de la compañía constante, también durante su larga condena, y se enmarca por momentos esa retrógrada figura literaria del «descanso del guerrero»; por otra parte, para François, manipulador y opaco, Sara parece representar más bien un objeto periférico de deseo. Este desplazamiento o negación de su expresión acaban provocando, en el clímax de Avec amour et acharnement, un grito de rebelión, espetando con rabia a Jean su derecho a ser libre, reclamando que alguien le pregunte cómo está, que alguien se interese legítimamente por ella; reivindicación que, en consecuencia, la dejará inmersa en un mar de soledad.

    El nuevo filme de Denis, planificado y filmado durante el año 2021, está inserto en la cotidianidad actual, durante la situación de salud pública que vivimos. Este detalle no es para nada baladí, pues, aparte de requerir al elenco de un talento interpretativo enorme para conseguir transmitir el infierno interior con la mitad del rostro tapado, imbuye casi de manera involuntaria a cada plano, a cada minuto de metraje, de una atmósfera asfixiante, con espacios cerrados cuyas paredes parecen constreñirse, exteriores de color inexistente que, de hecho, expresan con aún más fuerza el contraste con el inicio del metraje, los escasos momentos aquella playa inmensa, una promesa de futuro destruida por la realidad.


    Luis Enrique Forero Varela |
    © Revista EAM / 72ª edición de la Berlinale


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