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    Crítica | Coma

    Limbo insoslayable

    Crítica ★★★☆☆ de «Coma», de Bertrand Bonello.

    Francia, 2022. Título original: «Coma». Dirección: Bertrand Bonello. Guion: Bertrand Bonello. Compañía productora: Les Films du Bélier. Presentación oficial: Berlinale 2022 (Encounters). Dirección de fotografía: Antoine Parouty. Intérpretes: Julia Faure, Louise Labeque. Duración: 80 minutos.

    Bertrand Bonello ha presentado en la Berlinale su propia interpretación de los efectos psicológicos que nos han provocado a todos y todas los acontecimientos de salud pública mundial de los últimos dos años. Esto, en sí mismo, ya debe resultarnos interesante, pues, detrás de las pretensiones artísticas y los mecanismos metanarrativos y estéticos empleados, lo que hay es una preocupación humana, básica, y una necesidad de procesar la situación, de intentar entenderla. Esta pureza, enmascarada por los artificios y recursos cinematográficos, sin embargo se mantiene una relativamente indemne, sobre todo gracias al prólogo y al epílogo, consistentes ambos en extractos de una carta escrita por Bonello a su propia hija, en la que, además de manifestarle su pulsión creativa —afirmando querer realizar una obra «tan breve y clara como un gesto»—, le expresa un profundo cariño. Y es que resulta curioso enfrentarse a una obra preexplicada por su propio creador o, al menos, con un aviso previo que describe su intencionalidad, pues el ojo que mira está de alguna manera, ya infectado por la opinión ajena. En cualquier caso, esta no es una película pendiente de su propia linealidad, o de una narrativa al uso, porque parte de la irracionalidad y la angustia, y su desarrollo, más conceptual, pretende registrar estas sensaciones.

    «Coma», del griego κῶμα («sueño profundo»), alude al estado patológico en el que el sujeto pierde la conciencia, la sensibilidad y la capacidad motora voluntaria. La protagonista del filme, una joven sin nombre de unos 17 años (Louise Labeque) —trasunto de Anna, hija del director, a quien la película está dedicada—, se encuentra encerrada en su habitación durante una epidemia indeterminada, sin una manifestación gráfica o evidente, pero presente en toda su gravedad. Durante el día se dedica, con una expresión constante en la que la indiferencia parece confundirse con la ausencia de consciencia, a hablar por videollamada con sus amigas o consumir diversos contenidos audiovisuales de YouTube, en especial el canal de la gurú Patricia Coma (Julia Faure), que parece querer abarcar diversas áreas del conocimiento humano, pasando de la previsión del tiempo —un parte meteorológico de apocalíptica ironía, en el que también se notifica periódicamente cuáles países han sido ya borrados del mapa— a la discusión filosófica acerca del libre albedrío, o el marketing de los productos que ella misma anuncia y vende a sus suscriptores. La chica además ha construido algo así como un set de televisión en miniatura, en el se deleita en una representación mental de «soap opera» o telenovela, y observa constantemente a sus personajes, muñecas Barbie y muñecos Ken, declamar lugares comunes y frases de una obviedad ridícula.

    Por la noche, sin embargo, las cosas cambian: la protagonista se ve asediada por una serie de pesadillas constantes, recurrentes, desarrolladas en un único lugar, un bosque hostil y tenebroso, en el que deambula sin saber nunca hacia dónde o por qué, encontrando ocasionalmente a otros personajes, mientras la acechan al fondo gritos desgarradores y la constante sensación de ahogo, de ansiedad. Este paisaje aterrador entronca con la idea de un coma colectivo, de un sufrimiento global, idea reforzada además con la inclusión en audio de extractos de la propia voz de Gilles Deleuze, donde advierte que «el sueño de la gente es siempre un sueño devorador, que puede engullirnos […] que el sueño es una terrible voluntad de potencia, y que cada uno de nosotros es más o menos víctima del sueño de los demás». Es en este tipo de expresiones más o menos abstractas en las que la película resulta efectiva en su afán de ofrecernos una expresión de las emociones de su protagonista, que son o pretenden ser, en cierto modo, las nuestras.

    Los vídeos de Patricia Coma inciden reiteradamente en la tesis de que no existe ningún tipo de voluntad, de libre albedrío, mediante un juego alegórico, que la propia protagonista utiliza para matar el tiempo: un aparato pulsador con cuatro colores, cuyas secuencias aleatorias han de repetirse manualmente, presionando en orden cada botón, y al que la protagonista parece condenada a no perder, tornando su inicial uso lúdico en un mecanismo terrorífico del que no se puede escapar. Como tampoco puede huir la protagonista de la situación de angustioso letargo en la que se halla. Y la supervivencia, dicta la gurú Coma en uno de sus vídeos, depende únicamente de nuestra capacidad de mentirnos. Las fronteras de forma y narrativa tradicionales se rompen mientras la joven consume piezas de internet de manera no lineal ni jerarquizada, haciendo un top de asesinos en serie durante una alucinada videollamada grupal con sus amigas, o directamente «entrevistando» a uno de ellos —voz del recientemente fallecido Gaspard Ulliel— en una escena animada desasosegante.

    A pesar de intentar a toda costa fingir un estado de normalidad o siguiendo mentalmente el desarrollo de la telenovela imaginada con los muñecos junto a su cama, lo cierto es que resulta imposible encontrar una distracción suficientemente poderosa que aleje a la muchacha, y a nosotros, quienes la observamos, de esta situación de incertidumbre y encierro. Resuenan nuevamente, en las desoladoras cuatro paredes de la habitación, algunas de palabras escuchadas al principio de esta película, como el aforismo de Emil Cioran «no vale la pena molestarse en matarse, porque uno siempre se mata demasiado tarde». Y, pese a todo pronóstico, pese a esta carga de pesimismo extremo que lleva consigo Coma, sus últimos segundos de metraje, que regresan a la dinámica del prólogo, como intentando cerrar un círculo, reproducen la segunda parte de la carta de Bonello a su hija Anna, en las que ofrece un mínimo destello de esperanza, de confianza en que pronto ella y todos nosotros podamos salir de este limbo en el que nos encontramos. Así, Coma es una película sin ninguna intención de contar una historia. Es más bien un aparato de expresión de una sentimentalidad que su creador sufre pero no acaba de entender. Es un esfuerzo por lograr traducir a otro lenguaje la angustia provocada por una situación de impacto global, sobre la cual no parece haber una perspectiva definida o una hoja de ruta clara. En este sentido, la película consigue transmitir la sensación de claustrofobia casi irreal de este delirante y pesado letargo, del que todavía no estamos seguros de poder salir. Este es su gran —quizás su único— acierto.


    Luis Enrique Forero Varela |
    © Revista EAM / 72ª edición de la Berlinale


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