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    Crítica | La abuela

    Reloj, no marques las horas

    Crítica ★★★★☆ de «La abuela», de Paco Plaza.

    España, 2021. Título original: La abuela. Director: Paco Plaza. Guion: Carlos Vermut (Idea: Paco Plaza). Productores: Enrique López Lavigne, Sylvie Pialat, Alejandro Arenas. Productoras: Coproducción España-Francia; Apache Films, Les Films Du Worso. Distribuidora: Sony Pictures España. Fotografía: Daniel Fernández Abelló. Música: Fatima Al Qadiri. Montaje: David Gallart. Reparto: Almudena Amor, Vera Valdez, Karina Kolokolchykova, Chacha Huang, Michael Collis. Duración: 99 minutos.

    Dos décadas después de su prometedora ópera prima El segundo nombre (2002), apoyada en la novela de Ramsey Campbell, Paco Plaza ha logrado instalarse en lo más alto del panorama cinematográfico español como uno de sus maestros del terror y el suspense. Tras una irregular reválida con Romasanta, la caza de la bestia (2004), formó junto a Jaume Balagueró una estupenda dupla en la saga [REC], siendo, precisamente, el capítulo más rompedor aquel que él dirigió en solitario, la divertidísima [•REC]³: Génesis (2012), no solo por romper finalmente con el encorsetamiento del formato de falso metraje encontrado de las dos anteriores entregas, sino por su apuesta por un humor berlanguiano y muy sanguinolento y, sobre todo, por aquella Leticia Dolera vestida de novia y convertida en icónica heroína del género. Plaza pareció tocar techo con una de las mejores cintas de posesiones y fenómenos paranormales de los últimos años, Verónica (2017), basada en un aterrador hecho real acontecido en el Vallecas de la década de los 90, antes de tomarse un puntual descanso del horror para dirigir una excelente muestra de thriller criminal protagonizada por Luis Tosar, Quien a hierro mata (2019). La abuela supone la vuelta del director a lo que mejor conoce y se le da, provocar auténticos escalofríos en el espectador. Partiendo de una idea original del propio Plaza, el guion corre a cargo de Carlos Vermut, una de las voces más turbias del cine actual, capaz de escarbar en lo más negro del alma humana, como bien demostró en la genial Magical Girl (2014) o en Quién te cantará (2018), una historia que mostraba relaciones familiares nada complacientes y una descarnada reflexión sobre el éxito y el fracaso. Estas constantes, de alguna manera, vuelven a estar presentes en el libreto de La abuela, un trabajo que, tras su fachada de típica película de terror, esconde algo mucho más profundo y, a la postre, perturbador que lo que pudiera ofrecer un festival de sustos y lugares comunes. Y es que si con Verónica Paco Plaza había jugado a emular a James Wan y su Expediente Warren, los modelos en los que se mira en este nuevo trabajo son más ambiciosos: entre otros, los nuevos reyes del horror inteligente, Ari Aster y Robert Eggers, a los que el valenciano ha reconocido admirar profundamente.

    La abuela cuenta la historia de Susana (Almudena Amor), una chica guapa e independiente que lleva unos años labrándose un nombre como modelo publicitaria. Las paradas de autobuses de Madrid lucen con su imagen al servicio de perfumes o ropa de marca y ella está en París, a punto de firmar contrato con esa marca que la lanzará definitivamente al olimpo de las más grandes de la moda. Sin embargo, tan exitosa carrera se ve abruptamente interrumpida cuando es llamada desde Madrid para que acuda a hacerse cargo de su abuela, una señora de 85 años que ha sufrido un derrame cerebral que la ha dejado con las facultades físicas y mentales muy reducidas, por lo que requerirá atención y cuidados constantes, siendo Susana la única familiar con la que cuenta. Este punto de partida tan dramático habla de las obligaciones que acarrean los lazos familiares y de cómo, de alguna manera, esa nieta de la que su abuela cuidó en su más tierna infancia, cuando lo necesitó, es ahora quien debe devolver el favor a la mujer y dedicarle todo su tiempo en los que podrían ser sus últimos años de vida. Plantea la historia bastantes dilemas, como, por ejemplo, si es necesario anteponer este tipo de compromisos hacia los seres queridos a los propios sueños y metas por cumplir, o si, por el contrario, hay que ser más egoísta. La materialización del gran sueño de Susana está ahí, al alcance de la mano y no puede esperar. Es ahora o nunca. Tiene 25 años, una edad en la que las modelos comienzan a parecer mayores a las agencias (muy sintomática esa escena en la que la vanidosa protagonista, mientras se contempla en el espejo, se percata de que tiene una cana y actúa arrancándola con fuerza de su cabellera, como si con ello detuviese el paso inclemente del tiempo) y no puede rechazar la oferta que se le presentó. Este miedo a envejecer, ya que la vejez va directamente ligada a la enfermedad, a la decrepitud y, sobre todo, a la muerte, es otro de los grandes temas que toca la cinta de manera contundente, ya que Susana no reconoce a la belleza que fue su abuela, plasmada en distintos retratos de la casa, en el ese cuerpo huesudo y deteriorado que tiene que bañar cada día, comprendiendo que también su físico tendrá los días contados.

    La abuela, Paco Plaza.
    Uno de los hitos del género del cine español contemporáneo.

    «Plaza demuestra aquí un perfecto dominio de todos los recursos cinematográficos, desde ese ritmo aparentemente parsimonioso (aunque no dejen de suceder cosas) que le viene como un guante para ir construyendo esa atmósfera opresiva y de pesadilla tan deudora de Roman Polanski, al perfecto uso del escenario de la casa, donde tiene lugar la mayor parte de la acción, con cada pasillo desprendiendo sensación de peligro».


    La eterna juventud, tal y como la perseguía Dorian Gray en la novela de Oscar Wilde, no existe, y el mítico bolero El reloj, que suena en varias escenas de la película, recuerda que cada hora que pasa nos acerca cada vez más al final. Los cuidados de Susana hacia la anciana se convierten, poco a poco, en una asfixiante prisión para la joven, superada por el ambiente enrarecido que se ha instalado en una casa cargada de recuerdos de un pasado con muchas sombras y por una serie de espeluznantes acontecimientos que empiezan a minar su salud mental. En este sentido, La abuela también juega en la misma liga de otras terroríficas experiencias familiares, como las reflejadas en Babadook (Jennifer Kent, 2014) o Relic (Natalie Erika James, 2020), donde se juega con lo cotidiano para generar verdadero miedo. Plaza demuestra aquí un perfecto dominio de todos los recursos cinematográficos, desde ese ritmo aparentemente parsimonioso (aunque no dejen de suceder cosas) que le viene como un guante para ir construyendo esa atmósfera opresiva y de pesadilla tan deudora de Roman Polanski, al perfecto uso del escenario de la casa, donde tiene lugar la mayor parte de la acción, con cada pasillo desprendiendo sensación de peligro. La fotografía de Daniel Fernández Abelló es otra pieza clave para el espléndido acabado visual de una cinta en la que la mayoría de momentos de mayor impacto están presentados fuera de campo, siendo la escalofriante partitura musical de Fatima Al Qadiri y los no menos inquietantes efectos de sonido (esos murmullos de la anciana cuando parece hablar al vacío) perfectos cómplices para conseguir erizar la piel del espectador. Almudena Amor ofrece una interpretación cargada de fuerza, logrando que empaticemos con la difícil situación a la que se enfrenta su personaje, mientras que la antigua modelo Vera Valdez aporta una presencia turbadora que aterra sin pronunciar una palabra, valiéndose, sobre todo, de su inquisitiva mirada y, cómo no, de un trabajo de caracterización sobresaliente que la transforma en una de las criaturas más temibles del reciente horror. Tal vez se le reproche al filme el hecho de que su supuesta sorpresa final haya sido tan anticipada en los primeros minutos de función, donde sus cartas quedan descubiertas, pero lo importante de La abuela no es a dónde nos quieren llevar Plaza y el guion de Vermut (¡cómo se nota su mano en el resultado final!) sino el modo en que lo hace. Y este es absolutamente magistral, siendo muy generoso en secuencias que merecerían figurar por sí solas en la antología de nuestro mejor cine de terror –su planificación recuerda a la de grandes genios clásicos como el Dario Argento de Suspiria (1977), aunque sus formas sean más minimalistas–, algo que habla por sí solo de la madurez formal alcanzada por uno de los pocos directores españoles que, obra tras obra, nunca decepcionan.


    José Martín León |
    © Revista EAM / Madrid


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