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    Crítica | Belfast

    El conflicto que no ocurrió

    Crítica ★☆☆☆☆ de «Belfast», de Kenneth Branagh.

    Reino Unido, 2021. Título original: «Belfast» Dirección: Kenneth Branagh. Guion: Kenneth Branagh. Compañía productora: TKBC. Dirección de fotografía: Haris Zambarloukos. Música: Van Morrison. Montaje: Úna Ní Dhonghaíle. Producción: Laura Berwick, Kenneth Branagh, Becca Kovacik, Tamar Thomas. Intérpretes: Jude Hill, Lewis McAskie, Caitriona Balfe, Jamie Dornan, Judi Dench, Ciarán Hinds, Lara McDonnell, Gerard Horan, Turlough Convery, Sid Sagar, Josie Walker, Chris McCurry, Colin Morgan. Duración: 98 minutos.

    «When it's not always raining,
    There'll be days like this»,
    Van Morrison

    Belfast termina como empezó: con planos a color, primero aéreos y luego a ras de suelo, de la urbe epónima en la actualidad. Ahora epicentro revitalizado de Irlanda del Norte y otrora foco de conflictos, Belfast es una ciudad que ha resistido el envite de la historia y la violencia a lo largo del tiempo. Precisamente este año se cumple un centenario del estallido de la guerra civil irlandesa, sucedida apenas medio siglo después por los notorios Troubles. Nadie podría decirlo, sin embargo, a juzgar por la mirada que arroja Kenneth Branagh en su último esfuerzo directoral. Semejante despropósito podría condonarse si detrás de su fachada de inocencia garapiñada no se escondiera un ánimo digno de reprensión que nada tiene con su pretendido mensaje de concordia.

    Por algún motivo que se nos escapa, el metraje se esmera en extremo en poner al espectador en contexto –un contexto que luego se demuestra totalmente accesorio y circunstancial–, así que nosotros no vamos a ser menos: es verano de 1969 en un barrio católico de Belfast, y los prolegómenos del conflicto norirlandés se están fraguando. Los protagonistas son una familia de protestantes que conviven en plácida armonía con sus vecinos hasta que prenden los disturbios, avivados por los pogromos de la mayoría protestante (generalmente unionista) contra la minoría católica (republicanos irlandeses). La figura central de la película es Buddy (Jude Hill), alter ego algo irritante del realizador, quien con tan solo nueve años tuvo que abandonar su casa para emigrar a Inglaterra. Branagh se suma así a la manida estela dejada por el Amarcord (1973) de Fellini, consistente en relatos semiautobiográficos que rescatan el punto de inflexión que marcó la infancia de su director. El principal desafío de este ¿género?, recientemente resucitado por Cuarón y Sorrentino, es que el paso de lo particular –fundamentado en un empirismo extraño a todos salvo al que lo ha atravesado en primera persona– a lo universal –cimentado sobre el conjunto de signos y símbolos que conforman el lenguaje cinematográfico– requiere de una gran zancada. Quizá Roma (2018) obrase con más destreza que Fue la mano de Dios (2021) alcanzando esa universalidad, pero ambas resultaron ser, al menos, magníficas en la reconstrucción de lo particular. El problema capital de Belfast es que, aun tocando tan de cerca la infancia de Kenneth Branagh, el producto (sí, producto) es endiabladamente impersonal, tan insípido como el blanco y negro monocromático que lo preside. Lamentablemente, no es el único.

    El tratamiento que hace de los Troubles, los cuales sacudieron a la región durante tres décadas y dejaron miles de muertos a su paso, no es ningún soplo de aire fresco. En el nombre del padre (Jim Sheridan, 1993), Hunger (Steve McQueen, 2008) o Elephant (Alan Clarke, 1989) son tan oscuras y difíciles de digerir porque la temática que abordan lo exige. Belfast no tiene ni un ápice del homenaje que Branagh destaca en los títulos finales. Es una patada pantomímica a la historia de los que verdaderamente la sufrieron, y en el peor de los casos un insulto. Aunque sus defensores han argüido que el filme está contado desde la perspectiva del niño que la protagoniza, así ocurría también en Ven y mira (Elem Klimov, 1985), y no por ello la guerra se redujo a un tira y afloja infantil. La imprecisión de Branagh cuando trata de atenerse a los hechos no es menos dolorosa, recreando el conflicto como un enfrentamiento religioso entre protestantes del Úlster y católicos. El menoscabo de soberanía, el atropello de derechos y los gritos de un pueblo por simplemente ser no existen en su Belfast. Y todo lo anterior podría llegar incluso a pasar desapercibido de no ser porque, en un nivel puramente artístico, la cinta es igualmente deficiente.

    Belfast, Kenneth Branagh.
    Un simple sinónimo de Oscar.

    «El problema capital de Belfast es que, aun tocando tan de cerca la infancia de Kenneth Branagh, el producto (sí, producto) es endiabladamente impersonal, tan insípido como el blanco y negro monocromático que lo preside».


    El plantel interpretativo incluye a estrellas de la talla de Jamie Dornan y Caitriona Balfe, en los papeles de padres, y Ciarán Hinds y Judi Dench en los de abuelos. Sus actuaciones, sobrias y contenidas, no son particularmente reseñables a excepción de Hinds. Su forma de hablar de las mujeres («son muy misteriosas»; «¿cómo se maneja a una mujer? Amándola») remite a la de un lunático describiendo una especie alienígena, si bien el irlandés monopoliza los raros momentos de regocijo que Belfast nos regala a cuentagotas. No obstante, es precisamente ese estrellato tan taquillero el que resta todavía más autenticidad a una película que no anda sobrada de él. La artificialidad de la fotografía tampoco ayuda a este respecto. El cámara, Haris Zambarloukos, es un habitual en la filmografía de Branagh, con el que nunca antes había rodado en digital. Se nota. Zambarloukos señalaba hace poco que ese blanco y negro insulso «es una manera más lúcida de capturar la emoción». Puede que lleve razón, pero para pescar es indispensable que, primero que nada, haya peces en el río. Las únicas desviaciones del tono monocromo, además de los planos generales de la ciudad al inicio y al cierre, ocurren cuando Buddy acude al cine con su familia. Las proyecciones, que van desde Hace un millón de años (Don Chaffey, 1966) hasta Chitty Chitty Bang Bang (Ken Hughes, 1968), se nos muestran a color, ilustrando el poder de las imágenes para escapar de una realidad gris. Este contrapunto a La rosa púrpura de El Cairo (Woody Allen, 1985) es, suponemos, la carta de amor de Branagh al séptimo arte, que tanto le ha dado. Menuda forma de agradecérselo.

    Hay un apartado que, ajeno al desastre que lo rodea, consigue suplir la carestía de disfrute visual: la música del «León de Belfast», Sir Van Morrison. Las transiciones entre secuencias avanzan al compás de Stranded, Days Like This o Bright Side of the Road, todo un deleite sonoro que nos recuerda que, aunque estemos «varados en los confines del mundo», «cuando no siempre llueva habrá días como este». Se trata de instantes fugaces, pero bellos de igual modo. Lo genuinamente triste es que, teniendo en su mano la posibilidad de transformar, como Morrison, sus experiencias de juventud en algo hermoso, Branagh haya escogido el «lado brillante de la carretera» conducente a los Oscar. La moraleja pacifista y blanqueadora que dibuja, tan similar a la de Green Book (Peter Farrelly, 2018), dispone de todas las papeletas para alzarse con varias estatuillas de la Academia. Lástima, porque aquella al menos tenía a Viggo Mortensen y Mahershala Ali, mientras que Belfast solo a Mr. Grey y un niño petulante.


    Carlos Cruz Salido |
    © Revista EAM / Madrid


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