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    Crítica | Petite Solange

    Una melodía congelada

    Crítica ★★★★☆ de «Petite Solange», de Axelle Ropert.

    Francia, 2021. Dirección y guion: Axelle Ropert. Compañía productora: Aurora Films. Fotografía: Sébastien Buchmann. Música: Benjamin Esdraffo. Montaje: Héloïse Pelloquet. Diseño de producción: Valentine Gauthier. Sonido: Laurent Gabiot. Producción: Katia Khazak, Charlotte Vincent. Reparto: Jade Springer, Léa Drucker, Philippe Katerine, Grégoire Montana, Chloé Astor, Marthe Léon, Léo Ferreira. Duración: 86 minutos.

    Calles de Nantes, noche cerrada. Solange (Jade Springer), una niña de trece años, sale de un callejón al fondo del plano y camina hacia la cámara. Enseguida, la cámara acude a su encuentro realizando un desplazamiento hacia su rostro, que queda encuadrado en primer plano. La muchacha queda en semipenumbra, y tres notas cromáticas dominan la escena: el amarillo de su chubasquero, el azul eléctrico de su bufanda, el rojo neón del restaurante al fondo. Junto a estos, definen la atmósfera formal las notas de violines y chelo que componen la banda sonora. Entonces, la cámara de Ropert realiza otro desplazamiento lateral que va del rostro de la niña a un teclado eléctrico tirado sobre un contenedor, en segundo término de profundidad. La música queda en silencio unos segundos. Pasamos a un plano detalle de la mano de Solange, que toca siete notas en las teclas a la vez que la banda sonora de cuerdas vuelve y aumenta su intensidad. En un giro arrebatador, las notas digitadas por la muchacha se acoplan a la intensa banda sonora, y a la par Ropert practica otro desplazamiento del plano detalle de las teclas hacia —de nuevo— el rostro de su protagonista. La música se detiene entonces otra vez, y del fondo del callejón llega el sonido de una fanfarria. Solange vuelve a atravesarlo para encontrarse con una banda callejera. Los planos se llenan de sus notas alegres cuando la niña se cruza con ella, pero vuelven a quedar en un lejano fuera de campo cuando, en lugar de detenerse, sus pasos la llevan al puerto. Si ven la película, entenderán muy intuitivamente la importancia de los minutos descritos, dado que preceden a la acción y la elipsis más dolorosas de toda la película.

    No entraré en detalles argumentales. La descripción que han leído en el anterior párrafo viene a proponer, sobre todo, a Petite Solange como un paradigma del melodrama, acaso uno de los géneros más maltratados por el cine contemporáneo. Así lo entiende al menos Axelle Ropert, dado que en esta percepción está la razón de ser de la película que nos ocupa: «Voy mucho al cine, y me parece que los directores han descuidado de alguna manera las películas ‘con grandes sentimientos desgarradores’, como si los sentimientos fueran una muestra de ingenuidad, mientras que había un montón de películas de ese estilo en los cincuenta. Me encanta llorar en el cine, tanto que siento gratitud cuando me ocurre, como si el melodrama nos hiciera redescubrirnos como almas sensibles». Atendiendo a estas palabras de la cineasta, uno podría entender el melodrama desde la acepción negativa que suele dársele. Se tiende a hablar de «excesos melodramáticos» o términos similares ante películas muy generosas en exposición o manipulación emocional, olvidando la diferencia fundamental entre el mero sentimentalismo y el registro melodramático. Esto es, que en este último la emoción se hace forma —o, si atendemos a la raíz etimológica, que el dramatismo se transfiere a melodía, que no a la letra—.

    Petite Solange, Axelle Ropert.
    Sección oficial a competición del 74º Festival de Locarno.

    «Petite Solange se define por el rostro de su actriz protagonista, por toda la carga de dulzura y delicadeza que implica observarlo en primer plano o escuchar su voz. A partir de ahí, Ropert construye todo lo demás».


    Si atendiéramos a la primera acepción, el pico sentimental de Petite Solange estaría en lo que ocurre después de la escena que he descrito, que sin embargo Ropert nos omite. Evitando los spoilers, digamos que deja todo el dramatismo de cierta acción contenido en un solo plano detalle de la bufanda de Solange, una imagen-sinécdoque antes de que el fundido a negro y un amplio salto temporal nos nieguen la visión de todo lo demás. Pero, si atendemos a la auténtica acepción de melodrama, el auténtico corazón emocional del filme de Ropert está en esa escena, en la que no se pronuncia una sola palabra y que no hace más que confluir toda la trama anterior sobre la soledad de Solange, sobre la infinita ternura, sensibilidad y candidez de una chiquilla a la que han dejado incapaz de lidiar con el divorcio de sus padres. Es entonces cuando la melodía —sonora y visual— asalta la imagen; cuando los dos niveles musicales se funden en uno, cuando Solange parece reaccionar a las cuerdas de la orquesta virtual en lugar de a la fanfarria de la banda «real» que la rodea, cuando el brillo de tres colores saturados asienta una atmósfera emocional… o cuando no hay nada más elocuente que el movimiento de cámara que va de las teclas al rostro de Solange, sin que este tenga que estallar en llanto ni expresar nada más allá de su presencia.

    En sus anteriores películas, Ropert ya ha demostrado su dominio del melodrama entendido, antes que nada, como el saber tocar determinadas notas musicales, cromáticas o lumínicas. Lo que aplica en Petite Solange es una depuración de su estilo, menos evidente en lo visual y sin los toques de excentricidad habituales de sus personajes, que en buena medida viene determinado por una especie de fe en el modelaje bressoniano o la vieja idea de la fotogenia. Porque, antes que nada, el filme se define por el rostro de su actriz protagonista, por toda la carga de dulzura y delicadeza que implica observarlo en primer plano o escuchar su voz. A partir de ahí, Ropert construye todo lo demás, con una particular sensibilidad al tiempo expresada en las numerosas elipsis que puntean la película, que cortan las escenas lo bastante avanzadas como para asentar su organicidad dramática, pero lo bastante pronto como para observar con melancolía los minutos, horas, días o meses que se nos escapan entre aflicciones. De ahí que la película rinda tributo a su materia prima, el rostro de Solange/Jade, en un último primer plano introducido por un brusco zoom, que la contempla de frente unos segundos antes de dejar congelado el fotograma; y que este plano de cierre sea una constatación del transcurrir del tiempo, cuando hemos comprobado los efectos ya irreversibles de todo por lo que ha pasado la protagonista, y cuando la madre ha dejado una frase inapelable: «Y ya está… Catorce años. Un día de estos tendrás quince años, dieciséis años, diecisiete años…». Pero, a la vez, la congelación de ese fotograma entraña una pequeña victoria de la imagen sobre el tiempo. O, si lo prefieren, del cine sobre la vida. Porque en esta sublimación de las formas —ya saben, de la melodía— propia del melodrama lo que hay es un triunfo sobre la transitoriedad de los sentimientos que las componen.


    Miguel Muñoz Garnica |
    © Revista EAM / Madrid


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