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    Entrevista a Javier Marco, director de «Josefina»

    Javier Marco es un director curtido en el cortometraje: diez títulos en diez años avalan una carrera que culminó con el Goya al mejor corto de ficción por A la cara (2020). Ahora, Marco y la guionista Belén Sánchez Arévalo, pareja creativa en toda su filmografía, han dado el salto al largometraje con Josefina, estrenada en salas españolas en 5 de noviembre. Se trata de la historia de Juan (Roberto Álamo), un funcionario de prisiones que traba una amistad con Berta (Emma Suárez), la madre de uno de los presos… aunque para ello tenga que hacerse pasar por el padre de una presa llamada Josefina.


    Entrevista a Javier Marco, director de Josefina
    Texto de Rubén Seca | | 69º Festival de San Sebastián


    ¿De dónde nació la necesidad de filmar esta historia?

    Josefina nació hace años en un autobús. Belén Sánchez-Arévalo, la guionista, y yo viajábamos a casa de unos amigos a las afueras de Madrid. En una parada se bajó mucha gente y nos dimos cuenta de que se dirigían a una prisión, eran familiares y amigos de presos que iban a verlos en el día de visitas. El ambiente que se vivía dentro de ese autobús, sus conversaciones, sus diferencias... nos llamaron la atención desde el principio y vimos la posibilidad de escribir una historia sobre uno de ellos. De aquí surgió el primer personaje de nuestra película, Berta, y en torno a ella, el resto de la historia.

    ¿Cómo te implicaste en la construcción de la historia con Belén Sánchez-Arévalo?

    Belén me contó la sinopsis cuando la presentó a Dama Ayuda, y desde el principio tuvimos claro que podría ser nuestro primer largometraje. Durante la escritura de la primera versión del guion, por suerte, visualizábamos la misma película, estuvimos muy conectados. Luego, Josefina creció durante años. Fuimos perfilando nuestro estilo cortometraje tras cortometraje y tuvimos el feedback de grandes profesionales en diferentes laboratorios por donde pasó el proyecto. Después de rodar el cortometraje A la cara en 2020, sentimos que habíamos encontrado nuestro estilo. Entonces, Belén dio una vuelta completa al guion para adaptarlo a cómo nos sentíamos los dos en ese momento. Y una vez en el rodaje, llevar a la pantalla un guion que me había acompañado tanto tiempo fue un proceso muy orgánico.

    ¿Cuándo surgió la decisión de dar tanto peso a los silencios y el lenguaje no verbal?

    Las primeras versiones del guion tenían mucha más comedia y algo más de diálogo, pero siempre bajo esa premisa de primar el silencio sobre las palabras. Las sucesivas versiones fueron reduciendo los diálogos para dar más espacio al silencio, algo que habíamos trabajado en nuestros cortometrajes anteriores y con lo que nos sentíamos cada vez más cómodos. Por último, ya en el rodaje y los ensayos, pudimos incluso reducir algunos diálogos más, porque las miradas y silencios de los actores ya lo decían todo. Fue un trabajo muy vivo que se ha mantenido abierto hasta la sala de edición.

    ¿Cómo fue tu trabajo con los dos actores protagonistas, tanto en la preparación y creación de los personajes, como durante el rodaje?

    Emma Suárez y Roberto Álamo son dos grandes profesionales y desde el principio mostraron una gran implicación en el proyecto. Los dos se metieron de lleno en sus personajes y durante los ensayos terminamos de darles toda la verdad y adaptarlos completamente a ellos como si fueran un traje a medida. Tuvimos la suerte además de tener varias semanas de ensayos y esto hizo que al llegar el rodaje, Juan y Berta ya tuvieran esa gran química que necesitaba la historia.

    Hay un momento muy especial, en el que los personajes, a través de un recurso de montaje, cruzan miradas sin estar en el mismo espacio. Sirve además de elipsis del conflicto entre los protagonistas. ¿Cómo decidiste contar esto así?

    Hay algunos detalles surrealistas que acompañan a ese realismo de la vida de los personajes. Las frases filosóficas de los sobres de azúcar que lee cada mañana el compañero funcionario de Juan y que hacen claramente referencia a lo que está ocurriendo dentro de esa cárcel; el comportamiento de un coche que se estropea justo cuando Juan y Berta necesitan encontrarse; una aspiradora que parece vengarse de Juan en el momento más inoportuno... Esa mirada entre Juan y Berta que mencionas surge en la última versión del guion, justo antes del rodaje, creo que llegó a ser una separata. Por planificación la mirada de Roberto se hizo en la primera semana de rodaje y la de Emma el último día. La guionista y yo teníamos en mente reducir al mínimo el momento en el que Berta muestra su decepción con Juan. Había una pequeña escena en el autobús, pero no nos convencía del todo verbalizar ese momento, así que nos dejamos llevar por un impulso y decidimos probar en esta mirada algo diferente.

    ¿Cómo fue tu planteamiento de la puesta en escena?

    Me gusta dar a los actores la libertad necesaria para que se sientan cómodos y puedan dar la mejor interpretación posible. Quería contar la historia con los mínimos planos posibles y que cada uno de ellos tuviese su tempo. Además, trabajar con Santiago Racaj como director de fotografía es siempre un acierto. Antes de Josefina, trabajé con él en dos cortometrajes, A la cara y Muero por volver. Los dos nos entendemos muy bien y me pasa como con Belén, visualizamos la misma película y eso ayuda bastante. Santiago siempre trabaja con un concepto que me gusta mucho: respeta la realidad de la situación para crear una fotografía que acompaña a los personajes y llena su espacio de vida.

    ¿Y del sonido?

    Le doy la misma importancia que a la imagen, que casi al cerrar los ojos puedas entender y sentir lo que está pasando. En cuanto a la música, tenía claro que quería incluirla en momentos muy concretos de la película para precisamente hacerlos especiales así, creando una estructura sonora a lo largo del metraje.

    ¿Cuáles fueron las mayores dificultades durante el rodaje?

    Por un lado, encontrar el tono de la película y mantenerlo durante todo el metraje; ha sido un trabajo continuo desde el guion hasta la fase de montaje. Por otro lado, el hecho de que veníamos de pasar diez años haciendo cortos. El proceso del largometraje ha sido más largo, la preproducción de Josefina comenzó hace más de cuatro años y llevamos compaginándola con los últimos proyectos de cortometrajes. Es una presión añadida contar con un equipo de personas mucho más grande a tu lado, saber que te enfrentas a un rodaje de cinco semanas, pero es cierto que en el día a día la sensación ha sido la misma que con los cortos. Los nervios de la noche de antes, el contacto con los actores, el trabajo con el equipo… Es el mismo proceso, pero durante varias semanas. Ha facilitado las cosas el rodar con parte del equipo con los que ya habíamos trabajado anteriormente, como Santiago Racaj o Carlos Bonmatí.

    ¿Tienes ya algún nuevo proyecto en mente o entre manos?

    Estamos desarrollando nuestro siguiente largometraje, A la cara, una historia que parte de nuestro corto con el mismo nombre. De momento tenemos un gran impulso en que el proyecto haya sido seleccionado en las residencias de la Academia de Cine.

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