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    Crítica | We’re All Going to the World’s Fair

    Cómo desaparecer por completo

    Crítica ★★★☆☆ ½ de «We’re All Going to the World’s Fair», de Jane Schoenbrun.

    Estados Unidos, 2021. Dirección: Jane Schoenbrun. Guion: Jane Schoenbrun. Compañía productora: Love In Winter LLC, Dweck Productions, Flies Collective. Dirección de fotografía: Daniel Patrick Carbone. Música: Alex G. Montaje: Jane Schoenbrun. Producción: Sarah Winshall, Carlos Zozaya. Intérpretes: Anna Cobb, Michael Rogers. Duración: 86 minutos.

    «Ese de ahí no soy yo», murmura Thom Yorke al inicio de How to Disappear Completely (lit. «Cómo desaparecer por completo»). Aunque la música de We’re All Going to the World’s Fair, compuesta por el cantautor estadounidense Alex G, se acerca más a la melancolía suicida de Elliott Smith que al eclecticismo preapocalíptico de Radiohead, el ethos de la banda británica —y la citada canción en concreto— permea la ópera prima de Jane Schoenbrun de principio a fin. En ella, una adolescente con problemas para socializar, de nombre (creemos) Casey (Anna Cobb), se une al reto viral World’s Fair.

    El filme es indisociable del contexto en que nace —acaso demasiado para seducir al público por encima de los treinta. Hablamos de la era digital, lo que el visionario Marshall McLuhan llamó «aldea global», donde la conexión y las comunicaciones son tan ilimitadas como la soledad y el malestar que generan. Schoenbrun basa su relato en un suceso real, a saber, cuando un hombre anónimo mucho mayor que elle le dijo una noche que su novio había bebido su sangre y se estaba transformando, él también, en vampiro. El producto final no es menos perturbador que la experiencia que lo origina. El reto que Casey emprende se encuadra en la subcultura del creepypasta, consistente en cuentos de terror difundidos a través de Internet. Esta mutación democratizada de la narración oral sustenta la diégesis misma de la película en la medida en que el espectador no llega a conocer en ningún momento hasta qué punto lo que desfila ante sí es factual o trolling. Se trata de un guiño a la ley de Poe (atención al nombre del peluche de Casey), según la cual nunca puede saberse realmente si lo que alguien cuenta online es verídico o no. Le directore juega asimismo con el género cinematográfico: We’re All Going to the World's Fair es una película de terror porque su protagonista quiere que lo sea. Por medio del contenido que cuelga en la web, Casey teje una ficción acerca de los cambios paranormales que supuestamente sufre desde que el reto dio comienzo. Víctima del creepypasta, el espectador —angustiado por los testimonios de la chica— se precipita poco a poco en su red. Pero no somos los únicos.

    JLB, un usuario aficionado a este tipo de historias, contacta con Casey. El talento narrativo de Schoenbrun se pone de manifiesto en la manera en que presenta a tan inquietante fantasma: primero, como un experto en el World’s Fair con una mente brillante y peligrosa; luego, como un hombre de mediana edad obsesionado con Casey que bien podría ser un pedófilo; y finalmente, como un fantoche que camufla su miseria en los fondos abisales de Internet. Al igual que nosotros, JLB confió en que las llamadas de auxilio de la adolescente fueran ciertas. No obstante, cuando la mentira sale a la luz y Casey desaparece, esta lo hace, ahora sí, por completo. Son las consecuencias del «derecho al olvido», entendido como la posibilidad legítima —si bien irrealizable de facto— de borrar totalmente nuestro rastro digital. Y lo más turbador de todo es que, pasada una hora, nosotros no conocemos mucho mejor a este dúo de impostores de lo que ellos se conocen entre sí. El debut de Schoenbrun es hijo de su tiempo en un sentido más. Gracias al anonimato que teclado y pantalla ofrecen, la construcción de una identidad propia es más accesible que nunca. La idea, que va más allá de los foros de Reddit y los vídeos de Youtube, abarca la autodefinición identitaria en su conjunto. We’re All Going to the World's Fair decortica la realidad como la extensión de un MMORPG repleto de humo y espejos donde los patrones tradicionales que hasta hace poco juraríamos nos conformaban (el nombre, el sexo atribuido al nacer, los rasgos faciales antes de que un filtro de Instagram los deforme) se diluyen en favor de la libertad personalísima a decidir sobre nosotros. Esta renuncia definitiva a cualquier clase de determinismo, avivada por la cripto-anarquía y la ausencia de normas y corsés, resulta emancipadora, sí, pero no está exenta de riesgos —sirva de ejemplo la reciente Belle (Mamoru Hosoda, 2021). En el universo imaginado por Schoenbrun, los niños necesitan someterse a sesiones intempestivas de ASMR para conciliar el sueño y amenazan online con vaciar un cargador en el estómago del padre. No es un panorama alentador, ni mucho menos; tampoco muy alejado del actual.

    We’re All Going to the World’s Fair, Jane Schoenbrun
    De Sundance a Retueyos del FICX.

    «No hay nada de sorprendente en que el propio David Lowery se cuente entre los productores. Su última obra […] recreaba la leyenda medieval artúrica a golpe de estética art-house y pinceladas de terror. We’re All Going to the World’s Fair puede ser el epítome de la contemporaneidad, pero sus historias para no dormir, contadas de boca a boca, ya se daban en tiempos de Ginebra y Morgana».


    En esta revisión posmoderna de Arrebato (Iván Zulueta, 1979), el ojo de la cámara —en el clásico español una Super-8, aquí una webcam— ha vampirizado, al fin, al individuo. Depredado y transformado, cabe preguntarse si aquel hombre que acechó a le directore en su juventud no había sido engullido, de hecho, por la máquina. El clima desapacible de la cinta incrementa su intensidad conforme el metraje avanza. En una escena, Casey nos traslada con su móvil hasta un cementerio al que se refiere como «su colegio». Cuando un fusil de asalto perteneciente al (invisible) padre de la chica cruza la imagen, solo cabe encomendarse a que la hipótesis fatal de Chéjov no se verifique en esta ocasión. Schoenbrun, une habitual de los círculos de arte neoyorquinos y socie artístique de Ari Aster y David Lowery, es consciente de los mecanismos capaces de generar tensión entre el público. No hay nada de sorprendente en que el propio Lowery se cuente entre los productores. Su última obra, El caballero verde (2021), recreaba la leyenda medieval artúrica a golpe de estética art-house y pinceladas de terror. We’re All Going to the World's Fair puede ser el epítome de la contemporaneidad, pero sus historias para no dormir, contadas de boca a boca, ya se daban en tiempos de Ginebra y Morgana.


    Carlos Cruz Salido |
    © Revista EAM / 59ª edición del FICX


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