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    Crítica | Memoria

    Un recuerdo de silencio

    Crítica ★★☆☆☆ de «Memoria», de Apichatpong Weerasethakul.

    Tailandia, Colombia, Francia, México, Reino Unido, Alemania, 2021. Director: Apichatpong Weerasethakul. Guion: Apichatpong Weerasethakul. Producción: 3Kick the Machine, Burning Blue, Piano Producciones, Illuminations Films, Anna Sanders Films. Fotografía: Sayombhu Mukdeeprom. Música: César López. Reparto: Tilda Swinton, Daniel Giménez Cacho, Jeanne Balibar, Juan Pablo Urrego, Elkin Díaz, Daniel Toro, Agnes Brekke, Jerónimo Barón, Constanza Gutiérrez. Duración: 136 minutos.

    Cuando veas las nubes me recordarás y probablemente sientas que amaba el sol. El contorno del cielo parecerá un poco carmesí y el corazón estará en el agua. Cuando deje la naturaleza para siempre y me arroje en el universo escogido, quedará entre vosotros siquiera mi huella. Es una divinidad latente en el sonido que peina mares y desviste árboles con viento la que Apichatpong Weerasethakul invoca en Memoria. Las imágenes buscan la eternidad languideciendo el tiempo en tomas que terminan por inundar la mirada con las formas contundentes que siempre miramos sin pararnos a observar. Cuando Jessica busca el origen primigenio de ese sonido que le hace presagiar la muerte de su yo, la memoria del mundo la acoge en su seno. Es una memoria que atraviesa cada picado, cada discreto corte de plano, cada sonido encabalgado susurrando al oído que escuchar es aprender a recordar y mirar es aprender a olvidar: porque los sonidos golpean con estruendo y las imágenes se descomponen poco a poco. La conjunción de ambos elementos sirve al cineasta tailandés para ahondar en su más primitiva inquietud. Ideal artístico basado en la reproducción de un anima mundi, de un alma del mundo cuyo espíritu puro anime todas las imágenes con la esencia viva de una naturaleza que desborda en cada uno de los planos.

    Filtrar cada sonido, agotar cada imagen y vaciar el tiempo de ritmo para mostrar un mundo filmado en permanente deconstrucción y reconstrucción. Memoria es un artefacto que agota cada posibilidad expresiva para reducirla a una única certeza: ese sonido es el que debe estar ahí y esa imagen es la que pertenece al mundo. Una purificación basada en absolutos que sirve para concretar una película que no podría haber sido de ninguna otra manera. En el hermetismo, el silencio es un valor absoluto ya que impide que la palabra pronunciada carezca de valor. Se trata de una corriente de pensamiento atravesada por las más diversas tradiciones que busca un conocimiento de un dios en forma de cosmos inmóvil. El pensamiento antes que la palabra y el silencio refrendando la revelación del alma del mundo. Según los Textos Herméticos, la belleza divina se ve cuando la palabra ya no alcanza a describirla, es entonces cuando el silencio divino paraliza los sentidos garantizando la observación suspendida del ideal de belleza. El Dios de Memoria es un cosmos tan inmóvil como imposible. No requiere fe, pues su belleza no es creencia, sino observación paciente de su presencia. Tampoco admite palabras, de ahí que el periplo de Jessica en busca de ese sonido que sacude su alma consista en aprender a escuchar el sonido y ver en silencio el rastro visible.

    En consecuencia, el universo audiovisual del tailandés se extiende, inaprensible y exasperantemente, como una creación tan primigenia y absoluta que parece anteceder a todos sus personajes y al propio espectador. Si su cine resulta alejado, mistérico y ajeno a un régimen de visión convencional, es porque está impregnado en una noción artística que huye de la linealidad temporal y el tiempo finito y dramático que busca una salvación personal. El cine es para Weerasethakul la imagen insuficiente de una naturaleza pagana que es eterna y no se creó ex nihilo, sino que existe desde siempre o, al menos, desde una eternidad no concebible por la conciencia histórica del mundo de la mayoría de sistemas de pensamiento fundados en las religiones abrahámicas. Por eso acceder a sus imágenes es una experiencia tan absoluta como frustrante. No hay asideros espirituales o promesas de escalas temporales lineales, tan solo un conglomerado de texturas, sonidos y gestos que ponen de manifiesto la eterna circularidad de una belleza que, por mucho que evolucione, siempre va a presenciar un estado original de absoluta indefinición.

    Memoria, Apichatpong Weerasethakul.
    Sección oficial de la 18ª edición del Festival de Cine Europeo de Sevilla.

    «Solo queda un reflejo tan embebido en sí mismo que todas las imágenes del tailandés parecen tan controladas, buscadas y ansiadas que cualquier posibilidad por suscitar una emoción plena queda sepultada bajo el peso solemne de su conciencia creativa».


    Memoria certifica una forma de muerte del cine debido al vaciamiento paulatino de toda certeza de expresar el universo. La frustración de Weerasethakul con las imágenes es tal que solo el sonido es capaz de evocar un espectro invisible donde radica la conciencia de que siempre podría haber algo más. Esta muerte del cine y de la posibilidad de la imagen para significar supone para el cineasta la posibilidad de expresar lo negativo: la frustración de no poder acceder a un más allá, la incomprensión de un mundo que aún alberga misterios, el miedo a descubrir estructuras de conciencia que desafíen lo humano, el enfado porque toda forma —entre ellas las imágenes— destruya el encanto del infinito de la imaginación y la conciencia. La poesía del cineasta se escribe sin palabras, en silencios que buscan expresar el rastro de lo infinito en unas formas que siempre agota porque nunca le parecen suficientes. Es una poesía que intenta desvelar un nuevo orden de cosas y en su incapacidad surgen microcosmos audiovisuales tan complejos como evocadores de una nostalgia por una forma de expresar lo absoluto.

    Una película que invoca a una divinidad difícil de representar. La ciencia ya puede construir imágenes mentales a partir de recuerdos y sueños. Estos engramas se activan y permiten ver un recuerdo. Por momentos, tal es la capacidad de Weerasethakul para mostrar una imagen del sueño de dioses humanos que se resignaron a ser así. El problema aparece cuando la visión del mundo del tailandés y de sus fervientes seguidores ha sustituido al propio mundo que ansiaban representar. Solo queda un reflejo tan embebido en sí mismo que todas las imágenes del tailandés parecen tan controladas, buscadas y ansiadas que cualquier posibilidad por suscitar una emoción plena queda sepultada bajo el peso solemne de su conciencia creativa. Es agotador vislumbrar un proyecto creativo tan depurado que parece consumirse en sus propios tics y estridencias. Es exhausto intentar insuflar vida a imágenes que siempre parecen a posteriori: diseñadas para significar sin significantes. Todo el mérito está ahí, pero el silencio no termina por aplacar el ruido creativo de un cineasta obsesionado con una perfección de la belleza que nunca termina de formar un universo propio. Una nostalgia que es la muerte del artista, como la pena que quiere adherirse a esos cielos filmados, como el deseo que quiere separarse de sus personajes. Un cine que se arroja hacia un proyecto escogido, pero que solo parece dejar sombra.


    Javier Acevedo Nieto |
    © Revista EAM / 18ª edición del Festival de Sevilla


    || Anexo | Crítica de Memoria desde el Festival de Cannes.

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