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    Crítica | Libertad

    ¿Cómo se filma la adolescencia?

    Crítica ★★☆☆☆ de «Libertad», de Clara Roquet.

    España, 2021. Dirección y guion: Clara Roquet. Compañías productoras: Lastor Media, Avalon, Bulletproof Cupid. Fotografía: Gris Jordana. Música: Paul Tyan. Montaje: Ana Pfaff. Diseño de producción: Marta Bazaco. Sonido: Thierry Devries. Producción: Tono Folguera, María Zamora, Sergi Moreno, Stefan Schmitz. Reparto: María Morera, Nicolle García, Nora Navas, Vicky Peña, Carol Hurtado, Maria Rodríguez Soto, David Selvas, Òscar Muñoz, Sergi Torrecilla, Mathilde Legrand. Duración: 104 minutos.

    El primer largo de Clara Roquet, guionista de títulos con el lustre de 10.000 km, Los días que vendrán y Petra, se abona a unos parámetros que a los fieles del cine español reciente pueden sonarles: una historia de crecimiento adolescente a lo largo de un verano, ese verano decisivo en nuestras vidas. El relato se ambienta en la Costa Brava y sigue a Nora (María Morera Colomer), una adolescente de familia adinerada que entabla una intensa amistad con Libertad (Nicolle García), una quinceañera colombiana hija de la criada de la familia. Roquet aprovecha la coyuntura para no solo recoger los primeros brotes de la rebeldía y el deseo en Nora, sino también el choque de clases que encarnan las dos muchachas. En este sentido, la directora lleva el coming of age a un interés por el comentario social que ya demostró en El adiós (2015). En aquel corto, narraba la estrechez afectiva desarrollada entre la abuela de una familia rica y su cuidadora boliviana. Esa criada de la que suele decirse que «es como de la familia», con unas palabras más cargadas de exclusión y paternalismo de lo que pretenden los personajes que las pronuncian.

    Libertad traspone esta trama a la de la abuela con Alzheimer de Nora y la añade a la serie de eventos que rodean el crecimiento de la protagonista: la toma de conciencia de clase, el divorcio de sus padres o los pequeños secretos e hipocresías de su familia. Esclarecidas estas dos bases, resulta más complicado de lo que parece identificar dónde está el punto de vista de la película. Lo fácil, claro está, es decir que en Nora. Entonces, tendríamos que entender Libertad en diálogo con el coming of age de los últimos años, un género muy en boga en el cine de autor internacional y que en el caso español obliga a citar referentes como Verano 1993 (Carla Simón, 2017), La inocencia (Lucía Alemany, 2019) o Las niñas (Pilar Palomero, 2020), que además comparten con la cinta que nos ocupa la mirada femenina tras las cámaras. Esto es, tendríamos que entender que la estructura de tramas múltiples que vertebra Libertad está guiada o focalizada por el proceso de madurez de Nora a lo largo de todo el periodo estival. Si no era esta la intención de Roquet resulta, al menos, la lectura más intuitiva que uno hace de sus imágenes. Asumiendo esto, nos encontramos con que Libertad problematiza la cuestión de la perspectiva adolescente. Permítanme aquí una declaración personal: filmar la adolescencia es —o debería ser— poner en escena una visión muy íntimamente localizada del mundo y una forma muy particular de reaccionar a sus estímulos.

    Libertad, Clara Roquet.
    Presentada en la Semaine de la Critique del 74º Festival de Cannes.

    «Nadie le puede negar a Libertad que es una obra bien escrita, con solvencia expositiva y ambición temática. Pero la escritura de manual de guion, como ocurre a menudo, es una limitación si la testamos fuera de ciertos parámetros muy consolidados de «eficacia narrativa».


    La comparación para sostener este punto la brinda Moving On (Joon Dan-bi, 2019), uno de los mejores comings of age de los últimos años que tiene muchos aspectos en común con Libertad. Desde otra mirada femenina, Joon cuenta el crecimiento de su protagonista adolescente a lo largo de todo un verano atravesado por tribulaciones familiares: en ambos títulos, asoma el divorcio y la demencia de un abuelo. La diferencia estriba en que Moving On es el perfecto ejemplo de cómo construir la visión adolescente del mundo a partir de una experiencia del espacio y el tiempo, a base de planos fijos distantes y elipsis muy precisas entre situaciones con pequeños desarrollos internos. No se trata de que la composición de planos se ponga en los ojos de su protagonista adolescente o de que la focalización narrativa la acompañe en todo momento, como ocurría en Verano 1993, sino de una construcción de puesta en escena más sutil y a la vez más envolvente. De una focalización íntima que, aunque se separe físicamente de su protagonista, no deja de transmitirnos su visión entre aturdida e hipersensibilizada del mundo.

    Esta comparación, por supuesto, está planteada en los términos que a este humilde crítico le interesan del coming of age o el cine en general. Pero si nos ceñimos a ella, Moving On destapada muchas debilidades de Libertad en cuanto a lo disperso de su planificación, el escaso cuidado en los cambios de perspectiva, o una elaboración a base de elipsis agresivas que tienden a cortar la organicidad de las escenas y dejarlas en breves exposiciones. Si en Moving On es una determinada sensibilidad ante el paso del tiempo la que determina sus elipsis, en Libertad es una mera cuestión de eficacia narrativa o temática. Llegados al punto importante que se quería ilustrar, pasamos al siguiente, y así sucesivamente. La diferencia entre ambas estriba, en fin, en que filmar la adolescencia es una cuestión de puesta en escena más que de guion, una perspectiva íntima conquistada minuto a minuto mediante la experiencia de los planos y no un ajuste de cuentas desde la edad adulta. Nadie le puede negar a Libertad que es una obra bien escrita, con solvencia expositiva y ambición temática. Pero la escritura de manual de guion, como ocurre a menudo, es una limitación si la testamos fuera de ciertos parámetros muy consolidados de «eficacia narrativa». Sobre todo cuando, como es el caso, sacrifica la construcción de una auténtica perspectiva adolescente por esa eficacia.


    Miguel Muñoz Garnica |
    © Revista EAM / 74º Festival de Cannes


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