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    Crítica | La puerta de al lado

    Y espero, y espero, y espero

    Crítica ★★★☆☆ ½ de «La puerta de al lado», de Daniel Brühl.

    Alemania. 2021. Título original: Nebenan. Director: Daniel Brühl. Guion: Daniel Kehlmann. Productores: Jan Brandt, Daniel Brühl, Klaus Dohle, Willi Geike, Malte Grunert, Markus Reinecke, Annegret Weitkämper-Krug. Productoras: Amusement Park Films, Warner Bros. Film Productions Germany, Gretchenfilm, Erfttal Film. Fotografía: Jens Harant. Música: Moritz Friedrich, Jakob Grunert. Montaje: Marty Schenk. Reparto: Daniel Brühl, Peter Kurth, Rike Eckermann, Aenne Schwarz, Gode Benedix, Mex Schlüpfer, Stefan Scheumann, Vicky Krieps.

    Daniel Brühl ha levantado su ópera prima a partir de una decisión inteligente: habla de sí mismo y de Berlín, esto es, de lo que conoce. Inteligente y delicada, porque no le ha debido resultar fácil mirarse al espejo en busca de luces y sombras –y aquí lo hace explícitamente en varias escenas– ni tampoco hurgar en las heridas de la ciudad donde reside buena parte del año; tiene otra casa en Barcelona. La puerta de al lado orbita alrededor de ambos temas a propósito del encuentro en un bar entre Daniel (Daniel Brühl), un actor de éxito, suerte de variante yuppie del propio Brühl, con Bruno (Peter Kurth), un vecino suyo al que nunca había visto. Y lo hace con una convicción y transparencia que bien podría confundirse con simplicidad si las imágenes fueran mudas. Pero hablan. Y hablan aún más los cuerpos que las habitan. Cuesta un tanto fijarse en esa expresividad visual y gestual a causa de la locuacidad que gasta la pareja protagonista, motivada por un guion con exceso de sobre-explicaciones obra del novelista Daniel Kehlmann. Sin embargo, la cámara recoge de manera implacable el momento presente de un actor y el de una ciudad que sufren, cada uno a su manera, un proceso de gentrificación. Brillantes por fuera, corroídos por dentro.

    La película es, pues, un bonito y sano ejercicio de psicoanálisis que cuestiona en primer lugar la estrella de Daniel Brühl justo en un momento de su carrera en que proyectos golosos y bien pagados, caso de Falcon y el Soldado de invierno (Falcon and the Winter Soldier, Malcolm Spellman, 2021) o la inminente The King’s Man: la primera misión (The King’s Man, Matthew Vaughn, 2021), parecen alejarlo de títulos más personales y, en consecuencia, de Europa. La película se articula precisamente a partir de esa disyuntiva presentando a un Daniel desesperado por conseguir un papel en un filme de superhéroes. Su mujer, sus hijos, su estilo de vida, su piso de diseño. La estabilidad de todo cuanto le rodea, en apariencia perfecto, depende de una prueba de reparto en Londres. Brühl ironiza sobre ello cuando su sosia ensaya dicho papel en la ducha, desayunando o junto con Bruno en el bar. Son instantes significativos por cuanto recogen lo problemático de la deriva comercial de la trayectoria de Brühl, y, ojo, también la del cine comercial estadounidense, al enfrentar de manera intencionada a un actor sólido con unas líneas de guion ridículas, las que Kehlman escribe con mala baba para la audición de Daniel. Cabe aplaudir este gesto valiente de Brühl, inimaginable en Chris Evans o en Robert Downey Jr.

    La puerta de al lado se sostiene en esa clase de escenas aparentemente anecdóticas y en realidad recrean una sesión de terapia en la que Brühl se busca en el intérprete que fue. De ahí la referencia constante, si bien de modo alegórico, a títulos correspondientes a sus primeros papeles protagonistas; el más importante, Good bye, Lenin! (Wolfgang Becker, 2003). Su insospechado psicoanalista es Bruno, un antiguo ciudadano de la Alemania del Este que ahora vive justo enfrente de su casa. Es él quien, a la manera de un agente de la Stasi, otro guiño a Good bye, Lenin! , obliga a Daniel a encarar su gentrificación artística y personal. Su afición al porno, las infidelidades de su mujer o la cuestionable calidad de sus últimos proyectos actúan como detonantes de una catarsis a la que quizá aspira el propio Brühl en la vida real, o que esta película le ha proporcionado. Hay dosis de exageración en la operación de espionaje psicológico que plantea la relación entre Daniel y Bruno. La película no obstante respira gracias a unas imágenes, como se apuntó antes, que revelan sutilmente la crisis de Daniel a través de un inteligente uso del contraplano y el desenfoque, y del lenguaje gestual de Brühl. De manera calculada, el actor de origen catalán titubea, suda, se mueve con inseguridad y se fuerza a cambios de registro extremos en una magnífica prueba de sus habilidades como intérprete. No se queda atrás la exhibición de Peter Kurth, enorme secundario del cine alemán que ofrece aquí lo mejor de su repertorio. Es infrecuente que un actor de la popularidad de Brühl se exponga de este modo, no solo por lo que tiene de ejercicio crítico hacia una parte de la industria sino por el riesgo que conlleva mostrar sus incertidumbres y temores como ser humano y actor (en este orden).

    Nebenan, Daniel Brühl.
    Presentada en la pasada edición de la Berlinale.

    «Una aproximación sencilla, desde luego, pero que junto al resto de elementos comentados animan a considerar La puerta de al lado como una de las óperas primas más honestas del año. Cada prueba que Bruno le presenta a Daniel sobre la infidelidad de su mujer resulta más inverosímil que la anterior, y sin embargo todas son necesarias para arrojar al público a un actor en estado de gracia».


    La puerta de al lado se interroga en segundo lugar acerca de Berlín como ejemplo de metrópoli moderna y dinámica, punta de lanza de la Alemania progresista de la Unión Demócrata Cristiana. El guion trata de desarticular esa imagen apoyándose en un puñado de secundarios que representan otra ciudad muy distinta, la del fracaso integrador primero de Helmut Kohl y luego de Angela Merkel. Destaca Bruno, claro, un cualificado programador que ha sido obligado a reciclarse como teleoperador de banca y cuyo padre fue desalojado del piso donde ahora vive Daniel. Igual de representativos son Hilde (Rike Eckermann), la dueña del bar, y su parroquia, un grupo de viejos, vagabundos y locuelos que viven de limosnas y subsidios. En el extremo opuesto, pero con la misma intención desmitificadora, Brühl muestra unas calles transitadas por jóvenes que persiguen incansablemente a Daniel en busca de selfies y autógrafos. Es la cultura de la inmediatez y la celebridad gregaria. Esta visión de la ciudad y sus gentes se traduce formalmente en un montaje que alterna y contrasta espacios interiores y espacios exteriores; el microcosmos del bar y el macrocosmos de Berlín. Y su correlato en las personas que los frecuentan. Una aproximación sencilla, desde luego, pero que junto al resto de elementos comentados animan a considerar La puerta de al lado como una de las óperas primas más honestas del año. Cada prueba que Bruno le presenta a Daniel sobre la infidelidad de su mujer resulta más inverosímil que la anterior, y sin embargo todas son necesarias para arrojar al público a un actor en estado de gracia. Porque duda, porque es frágil, porque muestra sus emociones. Y porque sigue esperando que una voz le hable con sinceridad.


    Raúl Álvarez |
    © Revista EAM / Madrid


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