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    Crítica | Imaculat

    Viaje al centro de la memoria

    Crítica ★★★★☆ de «Imaculat», de Monica Stan y George Chiper-Lillemark.

    Rumanía, 2021. Dirección: Monica Stan, George Chiper-Lillemark. Guion: Monica Stan. Compañía productora: Axel Film, Romanian Film Centre. Dirección de fotografía: George Chiper-Lillemark. Montaje: Delia Oniga. Producción: Marcian Lazar. Intérpretes: Ana Dumitrascu, Vasile Pavel-Digudai, Cezar Grumazescu, Ilona Brezoianu, Rares Andrici, Bogdan Farcas, Florin Hritcu, Ioan Tiberiu Dobrica, Ionut Niculae, Dan Ursu, Petrache Ninel, Diana Dumbrava, Ozana Oancea, Cristina Gabriela Buburuz, Adelina Toma. Duración: 114 minutos.

    En su panóptico, Jeremy Bentham detallaba un sistema de control carcelario en el que los reclusos pueden estar siendo (o no) vigilados desde una rotonda central. Funciona a la manera de una mashrabiya árabe, que permite observar el exterior sin ser visto. Dado que el atalayamiento es constante, el preso termina autorregulando su conducta para adecuarla a la impuesta. Casi dos siglos después, Michel Foucault matizaría que el panóptico no debía ser entendido como un edificio, mas como un mecanismo intangible de poder. En Imaculat, el espléndido debut de los rumanos Monica Stan y George Chiper, los vigilantes son los propios internos del centro de desintoxicación en el que Daria (Ana Dumitrascu) ha sido ingresada. A fin de mezclarse con el grupo y ser una más, la joven moldeará su comportamiento en lo necesario, quizá sin darse cuenta de que su relación con el resto nunca fue de integración, sino de apropiación. La directora lo asimilaba a introducir la mano en un cazo de agua al fuego. Puesto que la temperatura aumenta paulatinamente, resulta imposible notar la diferencia cuando se alcanza el punto de ebullición. Sin embargo, la mano está cubierta de ampollas para entonces.

    Los títulos de crédito iniciales se insertan en un fondo blanco monocromático e intenso. Encuadrados en un pertinente formato 4:3, su claridad recuerda a la del final de un túnel segundos antes de la salida. Tras ellos, Imaculat arranca con la entrevista a Daria previa al ingreso en la clínica. Es una chica apenas mayor de edad, de cabello rubio y semblante lánguido, probablemente acentuado desde que su novio —ahora en prisión— la arrastrara a la heroína hará un año. La presentación discurre en un close-up inquisitivo que, habida cuenta del estrecho ratio de aspecto, sirve de jaula para una Daria encogida por la incertidumbre de lo que le aguarda dentro. Lo que sigue de metraje mantiene la misma tónica, prescindiendo de todo plano de establecimiento que cabría esperar. Nuestro conocimiento espacial del sanatorio no rebasará en ningún momento los límites del pasillo en que se localizan los dormitorios, el baño y la consulta donde cada mañana se administra la metadona correspondiente. Tampoco se expone la vida cotidiana en el interior, tan recurrente en los dramas carcelarios. Estos personajes ni comen ni se duchan. Por no hacer, ni siquiera padecen síndrome de abstinencia. Ambas decisiones son arriesgadas, ya que descargan el peso del filme en el desempeño interpretativo —y funciona. Imaculat es, en su núcleo, el estudio psicológico de un clan de proscritos que se someten voluntariamente a un confinamiento opresivo. La heroína no es más que el MacGuffin que los congrega.

    Existe un denominador común más: la tropa de drogodependientes, enteramente compuesta por hombres salvo en el caso de Chanel (Ilona Brezoianu, también presente en Gijón con Întregalde, 2021), se muestra pasmosamente amable, generosa e incluso protectora con la recién llegada. Si bien podría argüirse que la bondad es una cualidad que no se da en exceso, los directores arrojan múltiples indicios de lo contrario. El sometimiento de la protagonista comienza, como casi siempre, con pasos silenciosos y aparentemente inocentes: un abrazo que se extiende demasiado en el tiempo; un baile con tintes de ceremonia hindú y cierto comentario lascivo que se escucha de fondo; un juego donde un corro atrapa a la persona en el centro. Daria será la que actúe como sujeto pasivo y eje concéntrico de las dinámicas de celda. La magnífica lente de George Chiper —primero algo vacilante, luego claustrofóbica— registra la evolución de sus expresiones, que van desde la euforia inicial hasta la asfixia más evidente cuando descubre que el ánimo de esa familia problemática nunca fue altruista. Sucede que, a excepción de Daria, ningún otro interno cuenta con enmendarse. Y nosotros, gente normal con existencias ordinarias, nos podemos permitir el pesimismo de Schopenhauer y el absurdismo de Camus, pero un adicto necesita de un propósito superior que le salve de la llamada de la jeringa. «Un yonqui no le teme a nada», escribía Hunter S. Thompson en Fear and Loathing in Las Vegas, precisamente porque no tiene nada que perder. Sin saberlo, Daria se había convertido en el cordero de la fábula de Esopo, disfrutando fugazmente del agua que corría por el arroyo antes de ser devorada sin remedio por una jauría de lobos.

    Ninjababy, Yngvild Sve Flikke
    Nominada al Premio Discovery de los EFA.

    «Imaculat es, en su núcleo, el estudio psicológico de un clan de proscritos que se someten voluntariamente a un confinamiento opresivo. La heroína no es más que el MacGuffin que los congrega».


    En Imaculat, que se abría desde la oscuridad de un túnel metafórico que ya anuncia su desembocadura, Monica Stan (codirectora y guionista) nos invita a acompañarla por los corredores más tenebrosos de su memoria. A los 18 años, como Daria, Stan fue ingresada en una clínica de rehabilitación de Bucarest. Bajo esta premisa autobiográfica, el espectador se asoma al pozo de sus recuerdos como si de una claraboya al pasado se tratase. No resulta descabellado inferir que la llamativa omisión de escenas sobre la rutina diaria en el centro responda tanto a motivos de economía narrativa como a otros de índole biológica. Al fin y al cabo, el tiempo todo lo borra y la memoria no es inmune a la embestida. Conforme nos acercamos a la recta final, el carácter coming-of-age se torna más y más patente. Daria, o Monica, es una paria entre los suyos. En el momento en que la inocencia deja paso a la madurez y los avances sexuales que recibe caen en saco roto, la manada condena a la joven al ostracismo —un ostracismo solo interrumpido por las humillaciones y denigraciones esporádicas que le dedican. En el plano que cierra la película (obviaremos en este punto la inesperada escena post-créditos), Daria abandona los muros de la clínica para reincorporarse a su vida después de tan dramático impasse. La cámara, aún comprimida por el 4:3, enfoca la puerta, abierta de par en par al final del ubicuo pasillo donde las últimas pisadas de la chica ya parecen estar borrándose. La luz que penetra desde el exterior es cegadora, tan fulgurante como la que veíamos al inicio. El blanco depreda la imagen hasta difuminar por completo el marco de la puerta. El túnel quedó al fin atrás.


    Carlos Cruz Salido |
    © Revista EAM / 59ª edición del FICX


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