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    Crítica | La casa de las profundidades

    Bajo aguas (no tan) tranquilas

    Crítica ★★★☆☆ de «La casa de las profundidades», de Alexandre Bustillo y Julien Maury.

    Francia, 2021. Título original: «The Deep House». Dirección: Alexandre Bustillo, Julien Maury. Guion: Alexandre Bustillo, Julien Maury, Julien David, Rachel Parker. Productores: Jean-Charles Levy, Clément Miserez. Música: Raphäel Gesqua. Dirección de fotografía: Jacques Ballard. Montaje: Baxter, Thialy Sow. Diseño de producción: Hubert Pouille. Intérpretes: Camille Rowe, James Jagger, Eric Savin, Carolina Massey.

    Igual que ocurrió con otros creadores a los que crítica y aficionados —y, por qué negarlo, la propia industria, para generar atención e interés— embutieron dentro de la etiqueta del llamado terror extremo francés, el dúo creativo formado por Alexandre Bustillo y Julien Maury se ha pasado el resto de su carrera rehuyendo de semejante etiqueta. No en vano, los fans del género tomaron su segundo largometraje, Livide (2011), como una especie de traición, de paso atrás un tanto timorato, respecto a la (supuesta) radicalidad de Al interior (À l’interiéur, 2007). El público quería más visceralidad, más explosiones de gore, cuando ambos buscaban una estilización de su visión de lo fantástico. Por eso acabaron optando por una película mucho más honesta respecto a sus intereses expresivos, pues en ella salía a relucir su fascinación hacia el proceso de releer las atmósferas góticas desde una perspectiva contemporánea —una opción afín a la que James Wan había iniciado en Silencio desde el mal (Dead Silence, 2007) y que acabaría de definir en el estupendo díptico que forman Insidious (2010) y Expediente Warren: The Conjuring (The Conjuring, 2010)— que, en su popular ópera prima, quedaba ahogada por el impacto popular de su violentísimo tercio final.

    Dentro del dibujo de la realidad que hacen Bustillo y Maury —no en vano, también ejercen como guionistas de la mayor parte de su obra, salvo la lógicamente mucho más impersonal Leatherface (2017)—, siempre a ras de suelo, la representación del fantástico va abriéndose camino de forma más o menos sutil hasta acabar reventando las costuras del relato y, como consecuencia, obligando a sus personajes a recolocarse —tanto a nivel moral como narrativo— para sobrevivir. Las figuras que pululan por su cine, pese a su diversidad de orígenes y de arcos narrativos, en general cumplen el esquema carrolliano del salto a través del espejo, que les da acceso a una dimensión, en un sentido literal o figurado, cuya existencia desconocían. Una brecha dentro de la cotidianidad que funciona con mayor eficacia cuando entran en el terreno de lo sobrenatural, como en Kandisha (2020), que cuando, mirando de reojo a su filme más conocido, recurren a la violencia extrema como forma de resquebrajar lo real, como es el caso de Aux yeux des vivants (2014).

    Lo interesante de La casa de las profundidades (The Deep House, 2021) es que puede entenderse como una relectura, diez años más tarde, de Livide. Al fin y al cabo, ambos largometrajes reconciben el relato gótico de fantasmas partiendo de la incursión de sus personajes protagonistas —en ambos casos, tentados por la codicia, si bien representada de forma muy distinta: la Francia afectada por la crisis en una, y la ebria por el impulso de las redes sociales en otra— en una mansión encantada más o menos clásica. No creo casual que Bustillo y Maury, tras un par de reveses creativos, hayan optado por refugiarse en un esquema argumental que les hace sentirse cómodos. La sencillez de ese planteamiento dramático, aquí más esquemático todavía, acaba siendo en realidad una excusa sobre la que construir el aparato expresivo que motiva a los directores: rodar bajo el agua.

    The Deep House, Alexandre Bustillo, Julien Maury.
    Oficial Fantàstic Competición del Festival de Sitges.

    «De la misma manera que el extrañamiento de sus imágenes subacuáticas dota a La casa de las profundidades de algunos de los instantes más bellos y más asfixiantes del fantástico reciente, las limitaciones en el movimiento de las cámaras y la falta de profundidad de campo provocan que el impacto inicial se vayan diluyendo a lo largo del metraje»


    No es en absoluto inusual que el fantástico explore el mundo acuático como una especie de dimensión paralela que no sigue las reglas físicas de nuestra realidad —tema, como creo haber expuesto antes, muy afín a la filmografía de Bustillo/Maury—. Pero, salvo ejemplos como la recordadísima secuencia acuática del Inferno (1980) de Dario Argento —que acostumbra a atribuirse a Mario Bava, pero en realidad rodó el operador de cámara Lorenzo Battaglia—, no se ha incidido en el extrañamiento que produce la inundación de una localización convencional. Es en ese terreno, seguramente bajo la influencia del Argento más inspirado, donde el dúo de directores franceses halla su camino para intentar romper las hechuras del fantástico contemporáneo. Entramos de nuevo en el territorio de Lewis Carroll: no se trata tanto de alejarse de la realidad como de pervertirla de forma sutil.

    Para ello, Bustillo y Maury construyen un aparato formal que bascula entre la narración convencional, con la que sobre todo exploran la realidad en la que se enmarcan sus protagonistas, y el found footage. Está claro que ambos se resisten a que el aficionado medio meta La casa de las profundidades dentro de dicho saco —lógico, teniendo en cuenta lo mucho que les ha costado marcar distancias respecto a sus etiquetas tempranas—, de ahí que, salvo en las secuencias subacuáticas, utilicen dicho dispositivo narrativo con mucha cautela, con la vista más puesta en el documental que en metraje encontrado puro. Con la ayuda en el montaje de Baxter —la pieza que emparenta de forma más directa su filmografía con la de otro compañero de generación, Alexandre Aja—, hay un trabajo rítmico constante para quebrar la sensación de continuidad de lo subjetivo. De ahí que, cuando sus personajes se meten bajo el lago donde se sitúa gran parte de la acción, añadan a las cámaras personales de ambos un dron submarino que les proporciona una perspectiva en tercera persona: de esa manera pueden alejarse, cuando es necesario, de la visión de los propios actores.

    Sin embargo, de la misma manera que el extrañamiento de sus imágenes subacuáticas dota a La casa de las profundidades de algunos de los instantes más bellos y más asfixiantes del fantástico reciente, las limitaciones en el movimiento de las cámaras y la falta de profundidad de campo —el agua está iluminada de forma realista, y por lo tanto, no se ve a mucha distancia— provocan que el impacto inicial se vayan diluyendo a lo largo del metraje. Cierto es que Bustillo y Maury no se han querido andar por las ramas, y la película ni siquiera alcanza los 90 minutos de duración, pero las restricciones expresivas que se han autoimpuesto al elegir el gimmick acuático acaban afectando negativamente a la cadencia de la propia narrativa, que sufre al no poder ofrecerle, por culpa de su deliberada sencillez, ningún agarre argumental al espectador.


    Tonio L. Alarcón |
    © Revista EAM / Sitges Film Festival


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