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    Karlovy Vary 2021 (V) | Críticas: «Saving One Who Was Dead», «Boiling Point», «Land of Sons», «The Exam», «Wars», «The Staffroom», «Mirrors in the Dark» & «Otar's Death»

    Karlovy Vary 2021 (V): «A cámara lenta»

    Tercera (y última) crónica de la 55ª edición del Festival de Karlovy Vary.

    ▼ Críticas
    «Saving One Who Was Dead», Václav Kadrnka.
    «Boiling Point», Philip Barrantini.
    «Land of Sons», Claudio Cupellini.
    «The Exam», Shawkat Amin Korki.
    «Wars», Nicolas Roy.
    «The Staffroom», Sonja Tarokić.
    «Mirrors in the Dark», Šimon Holý.
    «Otar's Death», Ioseb Bliadze.

    La fiesta del cine checo –y europeo oriental— finalizó el pasado sábado con euforia. La que brota cuando los números acompañan –ya en el primer fin de semana sobrepasaron las dos decenas de miles de visitantes— y la organización responde a la altura de las circunstancias. Las medidas de seguridad, similares a las de otros eventos –léase Cannes—, que obligaban a los acreditados a realizar PCRs cada cuarenta y ocho horas –con coste, pero asumible (€12)— y portar una pulsera que ratificara esa validación; más mascarillas obligatorias solo dentro de las salas, marcaron el desarrollo de un certamen que tiene como principal reclamo la presentación de filmes de cierto calado, en su sección Horizons, con distribución sellada en el país. En Karlovy Vary aconteció, por ejemplo, y casi de forma anónima, la premiere europea, en una Midnight Sessión, de The Green Knight, la fantástica –en el amplio sentido del término— nueva película de David Lowery, y se exhibieron filmes como Ahed’s Knee, Ali and Ava, Bad Luck Banging or Loony Porn, Benedetta, Compartment Nº6, Drive my Car, Flee, The House Arrest, A chiara, Introduction, Memoria, Paris, 13th District, Petite Maman, Vortex o The Worst Person in the World. Para la prensa foránea, el KVIFF supone, además de una bonita experiencia turística, un jalón más en la recuperación de títulos destacados tanto en Berlín y, sobre todo, en Cannes. Todo sin la tensión y las prisas de estos gigantes. En Karlovy Vary todo parece moverse más lento. Es la mejor manera de disfrutar el cine. Y la propia vida.

    MIRRORS IN THE DARK

    «Todo pasa eventualmente». Crítica de «Zrcadla ve tmě», Šimon Holý, República Checa | EAST OF THE WEST.

    ▼ Mariona Borrull Zapata.
    Puntuación: ★★★★☆.

    Dos jóvenes, Marie (Alena Doláková) y František, contestan por turnos las preguntas de un cuestionario. Aunque deducimos que son pareja por la cita esporádica de alguna referencia interna, el tono general de la conversación es tenso; viene agrietado por pequeños enfados y malentendidos. Luego descubriremos que Marie está tratando, con este cuestionario (36 preguntas que garantizan el nacimiento del amor, dice la ciencia), de salvar su relación con el chico, si bien esta hace tiempo que esta dejó de ser gozosa. A la vez, los 36 puntos, registrados por la cámara de Šimon Holý en solo dos planos muy similares –prácticamente idénticos– anidan el corazón de un nudo vital más terso. Marie, cuya estabilidad emocional ha sido agitada por la crisis de los treinta, trastabilla mientras se esfuerza por frenar los cambios que a su alrededor suceden sin remedio. Sin embargo, ni siquiera en plena caída a la entropía la cámara se inmutará ante su dolor. Una conversación, un corte, dos planos prácticamente idénticos. Apartada la posibilidad de refugiarse en el autorregodeo sentimental, la joven quedará sola en su odisea contra el tiempo (tan abandonada como lo estamos todes, por otra parte). Recuerda esta dirección asceta, en su brillante sencillez, a las ideas que sostienen el realismo de sobremesa de Hong Sang-soo o las contemplaciones juveniles de Dan Sallitt. Ambos, en definitiva, beben de una misma fuente: la confianza plena en la verdad de lo inmanente, empezando por la sabiduría del cuerpo de sus intérpretes. ¿Cómo resolver la cuestión de la responsabilidad, si no? Cuando el suelo bajo sus pies tambalea, Marie empieza a obsesionarse con el cultivo de un legado y la necesidad de trascender (al final, resulta más factible intentar imaginarse como una nueva Pina que reconciliarse con un novio y una madre terribles…). Si hubiera llegado a lo más hondo del pozo entregada al pathos, arropada por algodones fílmicos y mecanismos para inducir la empatía, ese primer paso hacia la mejora, y el siguiente, y el siguiente, no hubieran tenido ninguno la misma relevancia. Se graba a fuego en los planos que abren y cierran la película (un rostro, un baile grupal): cuando el tiempo haya acabado con todo y ya no haya más cine, entonces quedarán solo nuestros cuerpos que, convertidos en polvo, nos recordarán que nada es tan grave y todo pasa eventualmente.

    República Checa, 2021. Director: Šimon Holý. Guion: Šimon Holý. Producción: sssssFilm, Silk Films, Bridge Films. Fotografía: Jana Hojdova. Música: Simon Holy. Reparto: Alena Doláková, Borek Joura, Eliska Soukupová, Václav Vasák, Markéta Tanner, Martin Dedoch, Kamila Mottlová, Kristýna Starhová, Tereza Votavová, Viktor Bukovy, Matthias Deneux, Jan Homola, Ema Kovalčíková, Pavla Klimesová, Rafaela Radojcic. Duración: 83 minutos.

    WARS

    «Mal timing». Crítica de «Guerres», Nicolas Roy, Canadá | COMPETICIÓN.

    ▼ Mariona Borrull Zapata.
    Puntuación: ★★★☆☆.

    Es lo que ha tenido la primera película dirigida por Nicolas Roy, montador habitual de Denis Côté: el calendario de festivales ha querido que viera la luz en Karlovy Vary unas pocas semanas después del estreno mundial de la gran triunfadora del pasado festival de Cannes, la chillona Titane. Igual que la película de Ducournau, la de Nicolas Roy se formula como un estudio a fondo, prácticum incluido, alrededor del cuerpo desfeminizado de su protagonista, a quien da vida Éléonore Loiselle (la Aurore de la Higiene social de Côté). Tan anecdótico como fundamental es el vacío que se abre entre sendas películas: Titane, por un lado, constituye una explotación en clave epifánica del propio cuerpo como taller, es decir, trabaja sobre lo corporal como espacio sobre el que ejecutar una cadena de modificaciones que lo liberen de las opresiones externas. Su protagonista revienta su propia apariencia para renegociar desde lo corrosivo todas las opresiones a las que ha estado sometida. Pequeña-gran diferencia para con la película de Nicolas Roy, que propone, por su parte, un acercamiento más limpio y silencioso a las cadenas sobre la expresión personal y de género: la joven que encabeza el relato, Emma, se unió al ejército para seguir los pasos de su padre y, quizás así, poder librarse de los ecos de los daddy issues que aún la atormentan día tras día (¿qué les pasará a las chicas jóvenes, que no se entienden con sus modélicos padres?, se preguntan susodichos padres modélicos). Como en Titane, van a ser condicionantes externos, bajo la forma de decretos militares, los que propulsen la erosión de su expresión femenina –pelo rapado y uniforme holgado, fuga inmediata al imaginario butch–, pero Emma no va a radicalizar su transgresión de los estándares de belleza femenina. Así pues, al contrario que la Ducournau, Roy va a tomar el potencial desestabilizador del cuerpo andrógino de Emma y, en lugar de dinamitarlo en expansión desaforada, lo comprimirá, aprisionándolo en sí mismo. Lo obligará a acatar, una y otra vez, los estrictos mandamientos militares para arraigarlo, así, a los códigos de un realismo más concreto, más en la línea de la corporeidad de los músculos y la textura de la piel del cine de Claire Denis que de la exploitation bombástica de Titane. Antesala del barroquismo de Ducournau, que Wars pueda llegar a considerarse una película menor es, en todo caso, cuestión de mal timing.

    Canadá, 2021. Director: Nicolas Roy. Guion: Cynthia Tremblay. Producción: 1976 Productions. Fotografía: Philippe Roy. Música: Simon Holy. Reparto: David La Haye, Éléonore Loiselle. Duración: 84 minutos.

    THE EXAM

    «El trenecillo de la bruja». Crítica de «Zkouška», Shawkat Amin Korki, Alemania | COMPETICIÓN.

    ▼ Mariona Borrull Zapata.
    Puntuación: ★★★★☆.

    Siluetas negras pueblan los rincones de la nueva película del kurdo Shawkat Amin Korki (Memories on Stone). En la ciudad de Erbil, las calles confunden a sus viandantes con la rotundidad de las sombras que allí se recortan. Retazos oscuros que convierten, gracias a la fotografía de Adib Sobhani, a los hombres que maltratan a la pareja de hermanas protagonistas en verdugos sin rostro, prácticamente reducidos a la categoría de símbolos. También ellas podrían encarnar el signo de una problemática mayor, aquella que sufren todas las mujeres que deben casarse a su pesar en un sistema dominado exclusivamente por la lógica patriarcal. La hermana menor, Rojin (Vania Salar), fue abandonada por su amante, por lo que –joven y bella– ha quedado a disposición de una larga lista de pretendientes. Una sola condición la separa de un futuro trágico: su hermana mayor, Shilan (Avan Jamal), negocia con el padre de familia mantener a Rojin lejos del matrimonio si aprueba los exámenes de ingreso a la universidad. Pareciera condición sencilla, pero para Rojin no lo es: el contenido de la prueba resulta tremendamente difícil y las medidas de prevención anti-copia son más severas que nunca. Lo cual no detendrá la mano de Shilan, que contacta con una organización encargada de pasar las respuestas correctas al alumnado a cambio de dinero… Primer volantazo, pues de pronto la película de Shawkat Amin Korki se aleja del retrato psicorrealista y se interna en terreno del thriller de golpes, empleando el suspense como gancho para con la mundanidad de un examen de acceso. Encerrada en coches, de aquí para allá, Shilan va a protagonizar un the iraqian job en la fina línea entre lo serio y lo ameno, pero siempre al límite. Contrasta, claro, con el humor en clave baja que esgrime la película para consigo misma: los dos grandes capos de la organización –matones de baja estofa cuyo único sueño era montar una academia de inglés– viven entre el signo del infortunio y el del papanatismo. De la English School, solo queda la estructura a medio construir: sirve, en su defecto, para garantizar billetes de salida de un sistema que parecería hecho en favor de la tradición, que no de las personas que la continúan.

    Alemania, Iraq, Catar, 2021. Director: Shawkat Amin Korki. Guion: Shawkat Amin Korki. Producción: Masti Films, Mitos Film. Fotografía: Adib Sobhani. Música: Mehmud Berazi. Reparto: Adil Abdolrahman, Hussein Hassan Ali, Shwan Attoof, Didar Bakir, Solaf Mohammad Gharib, Hama Rashid Haras, Avan Jamal, Hushyar Nerwayi, Nigar Osman, Kawa Qadir, Vania Salar, Zarya Sami, Yana Twana. Duración: 89 minutos.

    SAVING ONE WHO WAS DEAD

    «El». Crítica de «Zpráva o záchrane mrtvého», Václav Kadrnka, República Checa | COMPETICIÓN.

    ▼ Mariona Borrull Zapata.
    Puntuación: ★★★★☆.

    El mundo se yergue, quieto, a la espera. Mientras el Padre siga en coma, el tiempo permanecerá estático. Será la combinación entre un formato de imagen perfectamente cuadrado, o quizás un trabajo sobre la composición que la delinea con claridad y que separa los espacios de aquelles que los habitan, desgajando lo perfecto de lo orgánico; en una lectura platónica, las ideas de las cosas. El Hijo (Vojtěch Dyk) contempla desde la ventana del hospital cómo en la fachada de delante un grupo de paletas monta un andamio, pero la tela de plástico que lo protege cae con la ligereza propia del ropaje de los cupidos. La fotografía de Raphaël O'Byrne es ingrávida, sostenida en blancos intensos y colores pastel, su luz adivina sombras pero nunca las dibuja. La Madre (Zuzana Maurery) recorre aturdida los pasillos del centro hospitalario. De pronto se detiene: ha cruzado miradas con un niño que corría por el pasillo. Sin embargo, no dirige sus ojos al niño sino a la cámara y con sus pupilas traspasa las fronteras de la ficción. La imagen de la mujer plantada, mirándonos, tiene el porte atemporal de un retrato a 24 fotogramas por segundo, pero –más importante– descubre que el mundo que habita tiene entidad propia, es un proscenio que se puede trascender. Aunque antes el mundo mismo (este último jugador de la mesa) se habrá adueñado del Padre comatoso, que permanece tan quieto como el telón que lo rodea a pesar de los intentos constantes que Madre e Hijo desempeñan para rescatarlo. Le piden que mueva los dedos, que hable: sus ruegos vibran con la intensidad de una plegaria. Leeríamos entonces la última película de Václav Kadrnka (Little Crusader) como un canto doloroso hacia un destino incólume. También podría entenderse como una advertencia: por mucho que oremos, Dios solo habla cuando le apetece.

    República Checa, Eslovaquia, Francia, 2021. Director: Václav Kadrnka. Guion: Václav Kadrnka, Marek Sindelka, Jirí Soukup. Producción: Sirius Films, Silverart, Bocalupo Films. Fotografía: Raphaël O'Byrne. Música: Irena Havlovi, Vojtech Havlovi. Reparto: Vojtech Dyk, Zuzana Mauréry, Petr Salavec. Duración: 90 minutos.

    LAND OF SONS

    «Palabras en un mundo nuevo». Crítica de «La terra dei figli», Claudio Cupellini, Italia | COMPETICIÓN.

    ▼ Mariona Borrull Zapata.
    Puntuación: ★★☆☆☆.

    Primero Dios creó al mundo y, con él, dio vida a la humanidad; en su seno nacería Gipi, el dibujante. Luego, al cabo de mucho tiempo, cuando el proyecto humano finalmente fracasó, Gipi recordaría y, con manos manchadas de tinta, volvió a crear ese universo del que había sido expulsado. Para esquivar los excesos que habían llevado a su pueblo a la perdición, escribió el creador diez reglas que imponerse de forma autoritaria, forma de férrea disciplina contra sí mismo: «Nunca uses una voz narradora, ni toques los colores» o «Cada vez que estés cansado, dibuja otra página». El resultado vio la luz bajo el título de La tierra de los hijos, en España editada por Salamandra Graphics. En sus páginas, una Tierra prácticamente despojada de mujeres aguarda sin rumbo al frente, siempre al acecho: no hay dirección ni hoja de ruta para una humanidad despojada de pasado. Habita esta tierra desmemoriada el Hijo (Leon De La Vallée), un adolescente empecinado en desentrañar los extraños garabatos que llenan el cuaderno de su difunto padre. El joven no sabe leer; busca a alguien que lo haga por él. En fin, tal es la necesidad de conocer sus raíces que, para conquistarlos, este ejemplar de ruda vida osará abandonar el hogar y enfrentarse a todo tipo de retos que lo superan. Ante el fin de la Historia, asomará una historia en minúscula, que prescinda de épicas sentenciosas y hable, en su lugar, de afectos verdaderos. La Madre del chico reprochaba al Padre: «Nunca le enseñaste lo que era una caricia». Le faltaron palabras, al chico, pero aquellas tampoco podían ser sustituidas por conceptos caducos, etiquetas para un mundo que ya no volvería. Para contar su historia, Gipi se prohibió usar la acuarela –su técnica por excelencia, que lo había encumbrado en tebeos como Unahistoria (también en Salamandra Graphics)–, la narración, incluso la intuición. Necesitaba imágenes nuevas, destellos que una técnica conocida no podía llegar a atisbar. Asceta pero expresionista, desfigurado y elegante, el cómic de Gipi habla diferente. Cuánto nos gustaría que la película que en su obra se inspira, dirigida por Claudio Cupellini (The Beginners), tuviera el margen para seguirla. Sin embargo, la aspirante a superproducción –que, por otra parte, cumple el cupo reglamentario de fuegos artificiales en la Competición checa– no llega a escribir más que palabras usadas e imágenes viejas. No la culpamos, pero viéndola desearíamos haber borrado su doloroso origen de tinta de nuestras memorias.

    Italia, Francia, 2021. Director: Claudio Cupellini. Guion: Claudio Cupellini, Guido Iuculano, Filippo Gravino, basado en la novela gráfica de Gian Alfonso Pacinotti. Producción: Sirius Films, Silverart, Bocalupo Films. Fotografía: Gergely Pohárnok. Reparto: Leon De La Vallée, Paolo Pierobon, Maria Roveran, Fabrizio Ferracane, Maurizio Donadoni, Franco Ravera, Alessandro Tedeschi, Valerio Mastandrea, Valeria Golino, Pippo Delbono, Michelangelo Dalisi. Duración: 120 minutos.

    THE STAFFROOM

    «Y el mundo marcha». Crítica de «Zbornica», Sonja Tarokić, Croacia | COMPETICIÓN.

    ▼ Mariona Borrull Zapata.
    Puntuación: ★★★☆☆.

    Voz de la razón, mano hábil de la empatía, confidente sin ser amiga. Anamarija (Marina Redžepović), consejera escolar, reprende con ternura a un alumno, explicándole sosegada los estragos que podría haber causado la trastada que viene de acometer, hasta que, por detrás suyo, un maestro aproveche para espetarle una pulla al niño, interrumpiendo la frágil concordia del momento. Entonces, los estamentos retomarán su sitio –profesores arriba, alumnado debajo–, y todo volverá a empezar, con el orden que separa al instructor del instruido. No obstante, en el instituto de Anamarija tanto adultes como criaturas se entregan al capricho y a la treta infantil, de forma que los roles podrían invertirse sin demasiada repercusión. La entropía reina en la sala de profesores, jungla en miniatura donde la inteligencia emocional parece haber quedado relegada a la anécdota y los valores son etiquetas vacías para escudarse al rendir cuentas con las criaturas. Abusades y abusones, con una puesta en escena donde reina la cámara en mano, el zoom de gatillo ligero y un montaje de corte fácil, la croata Sonja Tarokić (On Shaky Ground) recoge el testimonio de Radu Jude para retratar la decadencia de las bases que sustentan una institución pública. En este caso, la gente que enseña a nuestras criaturas. Anamarija vive en un mundo de rojos intensos, un universo totalmente entregado a la energía que se desprende del roce entre sus habitantes. La cámara se alimenta del choque y de la fricción, diríamos, de forma que si no hay impacto alguno, esta deberá crearse desde la imagen misma: de ahí que prácticamente todos los planos de la consejera escolar, única mirada externa ante una escuela corrupta, vengan acompañados de un ligero zoom óptico. Las mareas de alumnes y claustro arrastran al personaje y al dispositivo hacia el absurdo, con próxima parada a una edición que solapa capas de ironía. Así, la imagen del peor enemigo de Anamarija, un enajenado profesor de Historia (Stojan Matavulj), podrá solaparse por montaje rápido con dibujos a rotulador de colores de Jesús, colgado en la cruz. Una efigie monísima e algo inquietante a la vez, pero, en todo caso, absurda. La entendemos aquí bajo la forma de un juego retorcido, un juego que sin duda causó más de un trauma en la infancia de todes.

    Croacia, 2021. Directora: Sonja Tarokić. Guion: Sonja Tarokić. Producción: Kinorama. Fotografía: Danko Vucinovic. Reparto: Marina Redzepovic, Stojan Matavulj, Nives Ivankovic, Maja Posavec, Sandra Loncaric. Duración: 126 minutos.

    OTAR'S DEATH

    «Siga tocando». Crítica de «Otar's Death», Ioseb 'Soso' Bliadze, Georgia | EAST OF THE WEST.

    ▼ Mariona Borrull Zapata.
    Puntuación: ★★★☆☆.

    Es relativamente discutible el carácter literario de la muerte del viejo Otar (Marlen Egutia), que da título al debut del georgiano Ioseb ‘Soso’ Bliadze. Algo gatopardesca, el anciano sostenía nada más que los cimientos de un hogar que se desintegraba pieza por pieza, como arrastrado por el bufar constante del viento en medio de la nada. Campo georgiano, aspereza emocional; son conocidos los silencios de la Europa rural en la gran pantalla indie. La madre de la familia (Eva Chavleishvili), fría y punitiva, conectaba con su hijo únicamente gracias a una práctica rigurosa de cello (Archil Makalatia). Habría, por lo menos, algo de belleza en las primeras horas del declive. Habría también cine, claro, tras la imagen del taburete de cello siendo colocado en unos cuadrados perfectamente delimitados en el polvo del suelo; el sitio donde tocar desde hace décadas. Al carácter poético de las estampas rurales, responde la banalidad más absoluta de la muerte del propio Otar, atropellado por el coche de una familia de clase trabajadora y mochila emocional más bien cargada. Fueron unos instantes, nada más… Conducía quien no debió: lo mató Nika (Iva Kimeridze), que con solo dieciséis años había sustituido a su madre (Nutsa Kukhianidze), borracha, al volante. Hoy el cadáver de Otar ha dejado una abolladura imborrable en el parachoques y desapega, día tras día a los personajes del mundo que les rodea. Nika deambula, como queriendo ocupar el lugar del muerto sin ser plenamente consciente de ello. En su caída hacia el enajenamiento total, el chico comete acciones terribles para con les demás, que la película retrata con la justa frialdad que la mente de un sociópata requiere. Como su compatriota Dea Kulumbegashvili bien tuvo en señalar, hay cine, también, en dejar que el objetivo retrate actos de violencia injustificable. Que sea un cine que debamos ver, ese ya es otro tema.

    Georgia, 2021. Director: Ioseb 'Soso' Bliadze. Guion: Ioseb 'Soso' Bliadze, Elmar Imanov. Producción: Maisis Peri, Color of May, Studio Artizm, M-Films. Fotografía: Dimitri Dito Dekanosidze. Música: Ioseb 'Soso' Bliadze, Domas Strupinskas. Reparto: Nutsa Kukhianidze, Iva Kimeridze, Eka Chavleishvili, Archil Makalatia, Taki Mumladze, Vakho Chachanidze, Marlen Egutia, Nanka Kalatozishvili, Davit Roinishvili. Duración: 107 minutos.

    BOILING POINT

    «En las turbias aguas del yo». Crítica de «Boiling Point», Philip Barrantini, Reino Unido | COMPETICIÓN.

    ▼ Mariona Borrull Zapata.
    Puntuación: ★★★☆☆.

    En los grandes relatos del Hollywood neoclásico, el salvador blanco lidera al pueblo por las aguas entre dos remolinos más o menos indetectados. Por un lado, lo aleja de un peligro inminente, irracional y desproporcionado que acecha desde afuera. Por otro, de la gravedad de su propio individuo, de su ego igualmente monstruoso. El héroe, por lo tanto, se yergue en tensión entre la entrega a la causa pública, el anonimato, y la persecución del bien privado, el legado. Mantenerse en el espacio abierto entre aguas es, por defecto, heroico. Cuando llame a su hijo pequeño, un viernes por la noche de camino al trabajo, Andy (Stephen Graham, de The Virtues), sin duda, creerá batirse entre ambos polos. Al final, cuesta tanto ser ecuánime, empático y funcional, que llegará a pensar que es el mismo Destino quien se impone en última instancia ante su objetivo, oscureciendo un presente que debería ser luminoso. En definitiva, él es un chef de renombre en un buen restaurante. Detrás suyo se apoya un equipo joven, flexible y bien avenido… Cuyas cicatrices se destapan con la simple llegada de un inspector de sanidad, antes de una noche especialmente ajetreada. Luego, es el portero que abandona su puesto, y después una mesa de indeseables que acosa a una camarera. Ante la amenaza de lo externo, los vientos moverán el grupo hacia el arremolinado mundo de lo personal: Andy recibe la visita de su mentor, que llega para reclamar un dinero que es suyo. Pero, en fin, el alma del equipo hacía tiempo que tambaleaba. Si en la parábola del héroe clásico este lo era por sostener al grupo alejado de su propio ego, en la película de Philip Barantini (Villain) –sentimentalismos aparte– no habrá discusión alguna acerca de quién puede ser el auténtico villano de la historia.

    Reino Unido, 2021. Director: Philip Barrantini. Guion: Philip Barrantini, James Cummings. Producción: Ascendant Films, Burton Fox Films, White Hot Productions, Three Little Birds Pictures, Alpine Films, Bromantics, Insight Media Fund, Matriarch Productions, Urban Way Productions. . Fotografía: Matthew Lewis. Música: Aaron May, David Ridley. Reparto: Stephen Graham, Jason Flemyng, Ray Panthaki, Hannah Walters, Izuka Hoyle, Vinette Robinson, Áine Rose Daly, Lourdes Faberes, Malachi Kirby, Stephen McMillan, Gary Lamont, Thomas Coombes, Alice May Feetham, Rosa Escoda, Philip Hill-Pearson, Kieran Urquhart, Hannah Traylen, Gala Bernal, Alex Heath, Taz Skylar, Diljohn Singh, Jordan Alexandra, Libby Walker, Robbie O'Neill, Shereen Walker, Lauryn Ajufo, Precious Wura Alabi, Katie Bellwood, Rob Parker, Kimesha Campbell, Jay Johnson, Daniel Larkai, Ayanna Coleman-Potempa, George Hawkins, Gina Ruysen. Duración: 92 minutos.

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