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    Crítica | France, de Bruno Dumont

    Sin sutileza

    Crítica ★★☆☆☆ ½ de «France», de Bruno Dumont.

    Francia, 2021. Título original: «France». Dirección y guion: Bruno Dumont. Productores delegados: Jean Bréhat, Muriel Merlin, Rachid Bouchareb. Montador: Nicolas Bier. Música: Christophe. Director de fotografía: David Chambille. Director de producción: Cédric Ettouati. Compañías productoras: 3B Productions, Scope Pictures, Red Balloon Film, Tea Time Film, Ascent Film. Coproductora: Arte Francia. Intérpretes. Léa Seydoux, Blanche Gardin, Benjamin Biolay. Duración: 133 minutos.

    La apariencia de la película es mutable, se presenta de una manera y termina de otra muy distinta, como si en el camino el personaje de France de Meurs (un nombre que es un ejemplo más de la falta de sutileza que emborrona la propuesta) hubiera mudado de piel y de ojos, y lo que le daba fama y dinero ahora, solo aparentemente, parece repugnarle. Un personaje interpretado por Léa Seydoux que se llama France apela directamente al país, y en su enfoque es ineludible pensar que Dumont quiere hablar de algo más general que las incertidumbres o seguridades de su protagonista. Si se le añade el apellido de Meurs, el juego fonético admite más posibilidades; o quiere hablar de una Francia que muere o de las costumbres de Francia. Cada uno que asuma la interpretación que mejor se acomode a su visión de la película, o ambas, porque no son ni excluyentes ni exclusivas, pero desde luego el mensaje es absolutamente de rendición y resignación ante una realidad imposible de recomponer y que supera nuestra capacidad de lucha. Con muy diferente resultado en sus últimas películas, Dumont ha jugado con el absurdo, la exageración, la astracanada para retratar a la sociedad burguesa y rural de su país, hasta ahora desconectada del presente más polémico. Con France, acercándose al presente mediático, termina dudando tanto que es tan evidente el cambio a mitad de partido que el resultado desentona, aunque la parte final del relato se alce sobre todo lo anterior.

    Sin caer en la pantomima insufrible de Ma loute, France amaga con el mismo sesgo en una escena inicial vergonzante que hace perder cualquier esperanza en lo que venga a continuación. Esa rueda de prensa con el presidente de la República resulta inservible para el conjunto de la película, ni tan siquiera como ejemplo del endiosamiento popular de una estrella de la comunicación siempre más pendiente de ella misma que de la presunta noticia a contar. En ése, y en algún otro momento posterior, coincidente con los programas televisivos que el personaje de Léa Seydoux presenta, la película se tambalea, fomentado por la intervención de la asistente de France, una sobreactuada Blanche Gardin, quien parece haber asumido el papel de bufón como en su momento Fabrice Luchini y Valeria Bruni Tedeschi lo hicieron en Ma loute, mientras que la otra actriz parece resistirse a entrar en ese juego de mohines, pantomimas, gestualidad exacerbada para que la película no se diluya en el esperpento, y ante lo ridículo y exagerado del reto, opta por intentar aportar un mínimo de racionalidad que permita al espectador empatizar con ella, y es que resultando esto imposible, el dibujo que hace Dumont de la estrella televisiva resulta incompatible con su éxito y su popularidad por más que sepamos que cuanto más banal sea la televisión, y la prensa en general, mejor se alcanza el estrellato.

    La película de Dumont llega, probablemente, diez o quince años tarde. Que la prensa ha dejado de informar, que la noticia se transforma en espectáculo, que el reportero o presentadora se erige en centro de la imagen y en protagonista del suceso es algo que llevamos viendo hace tiempo. Aquí Dumont no hace sino constatar la realidad, y por lo tanto su trabajo deviene inútil pues si un espectador de programas informativos no ha sido capaz de ver lo que la película retrata en su propio país, su problema de ceguera es tan grande como la facilidad del medio para manipular el pensamiento del televidente. También resulta un poco triste que, dejando aparte el carácter machista de las afirmaciones, sea un político del frente nacional quien le diga por primera y única vez a la cara a la periodista lo que supone la prensa hoy en día y la poca diferencia que hay entre lo que critica de los políticos y lo que ella misma hace, más pendiente de enseñar pierna, sacar pecho y ofrecer su lado bueno de la cara que de hacer una sola pregunta inteligente en sus programas. La prensa ha tocado fondo como lo está haciendo nuestra sociedad más pendiente del número de seguidores de Instagram y de «me gusta» en las redes sociales que del contenido de lo que se informa; manipulando, como somos conscientes que se hace, cualquier información para hacer de la periodista una «niña Rodicio» como denunciaba Arturo Pérez Reverte cuando era corresponsal de guerra de los de verdad, de los que se desplazaban al frente y no de los que hacen las crónicas desde el bar del hotel. Cuando el arte constata a toro pasado su eficacia se pervierte. Como reconocía el escritor Muñoz Molina el papel del intelectual ha fracasado durante el siglo XXI porque ha sido incapaz de denunciar lo que ocurría en el tiempo que era visible para posponerlo al momento del juicio mediático. La película de Dumont, en ese sentido, se presenta para decirnos que tenemos un problema que todos sabemos que existe con lo que su presunta utilidad se esfuma.

    France, Bruno Dumont.
    Sección oficial del Festival de Cannes.

    «Si el personaje de France hubiera sido dibujado con las mismas coordenadas durante todo su desarrollo podríamos haber estado ante uno de los grandes retratos femeninos del cine de Dumont; de esta manera el resultado final queda descafeinado, deslavado y deslavazado, se escurre entre las manos por su falta de corporeidad y de credibilidad».


    Que como San Pablo la periodista se convierta al caer del caballo pasando a ser objeto de exposición pública, manipulada por medios de la competencia, no es más que un reflejo personal de la corrupción generalizada de un sistema que ha abandonado toda moralidad en su comportamiento, justificando su ánimo carroñero por los índices de audiencia y el dinero de los anunciantes. La película empieza a tomar otra dimensión cuando se abandona lo hiperbólico y se comienza a dibujar un personaje contradictorio, que quiere cambiar su forma de actuar pero que termina devorada por el propio monstruo que ha contribuido a crear, con una resignación neoliberal de aceptar el mal menor ante la ausencia de ganas de afrontar un verdadero cambio. Es en ese tramo final de la película donde el personaje de France se acerca más al catálogo de caracteres del mejor cine de Dumont, un acercamiento no completo ni tremendamente conseguido cuando siempre queda, en todo caso, el margen de la duda de la ausencia de moralidad real de todo aquello que hace o deja de hacer. La jaula de oro en la vive la periodista sufre erosiones de todo tipo, pero cuando se sale al exterior para acercarse al sufrimiento humano, la hipocresía del personaje desmonta cualquier intento loable por su parte porque, hasta en las más trágicas expediciones y situaciones, su rostro termina siendo más importante que la noticia.

    Asistimos a una película de guion donde la imagen se crea al ritmo que marca la manipulación periodística. El cine deja paso a una idea, pero la idea no es de tesis, sino de constatación de una realidad que se ridiculiza por exceso corriendo el riesgo de disminuir su lado crítico al usar lo grotesco como arma de denuncia político-social. Después de más de dos horas de metraje, resulta chocante que sea la última escena la que nos acerque al mejor Dumont, al de Flandres, L’humanité, Camille Claudel o las dos entregas de Juana de Arco. Ahora sí, Dumont encuentra el tono en el exceso, en la denuncia de la evidencia de cómo la sociedad del presente ha encontrado en la violencia gratuita el cauce de expresión de todas sus frustraciones, y eso ante una periodista atónita cuya reacción final es la de cerrar los ojos y preferir mostrar el dolor ajeno o el caos humanitario del Mediterráneo a bordo de un yate y apoyar su cabeza sobre el hombro de quien la ha traicionado haciendo buena la canción de los Sex Pistols cuando cantaban “No future”. Si se revisa la filmografía de Dumont no puede decirse que esté en crisis quien viene de rodar una maravilla de puesta en escena como es Jeanne o un ejemplo de inventiva visual y de pura raza cinematográfica como es Jeannette, sólo que para el futuro lo deseable para este espectador con bolígrafo sería que destierre lo bufonesco de su cine, la espantajería de sus personajes, el histrionismo actoral (salvo que repita obras como P’tit Quinquin) y centre sus esfuerzos en ajustar su creatividad con lo que se trata de denunciar para evitar la descompensación que provoca el exceso. Si el personaje de France hubiera sido dibujado con las mismas coordenadas durante todo su desarrollo podríamos haber estado ante uno de los grandes retratos femeninos del cine de Dumont; de esta manera el resultado final queda descafeinado, deslavado y deslavazado, se escurre entre las manos por su falta de corporeidad y de credibilidad.


    Miguel Martín Maestro |
    © Revista EAM / Valladolid


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