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    Crítica | The Card Counter

    Dios habla bajito, el Diablo filma en ojo de pez

    Crítica ★★★★★ de «The Card Counter», de Paul Schrader.

    Estados Unidos, 2021. Título original: «The Card Counter». Dirección y Guion: Paul Schrader. Productores: Braxton Pope, David M. Wulf, Lauren Mann. Productoras: Focus Features, HanWay Films, LB Entertainment, Astrakan Film AB, Bona Film Group, Convergent Media, Enriched Media Group, One Two Twenty Entertainment. Distribuidora: Focus Features. Fotografía: Alexander Dynan. Montaje: Claire Simpson. Música: Robert Levon Been Giancarno Vulcano. Reparto: Oscar Isaac, Tye Sheridan, Tiffany Haddish, Willem Dafoe, Bobby C. King, Alexander Babara, Marcus Wayne, Don Lay, Britton Webb, Hassel Kromer, Marlon Hayes, Justine Salas, Sherri Piper. Duración: 112 minutos.

    Como un gigantesco astro a punto de extinguirse, Paul Schrader se ha encomendado a su propia inmolación. Pareciera que su ritual de autodestrucción hubiera podido completarse allá en 2017, cuando arrojó a Ethan Hawke, literalmente flotando por entre la inmensidad del universo, en una de las secuencias más kitsch e insólitamente desoladoras de la historia del cine reciente. Schrader entonces dinamitaba su propio mecanismo dramático a base de un desasosiego sin filtros, que de tanto malestar devenía absurdo, exponiéndonos a un mundo sin salvación, por lo menos no más allá del suicidio colectivo. Al final, el bombazo resultaba mudo pero ensordecedor, tanto dentro como fuera de la pantalla. ¿Y luego qué? Después vendría, claro, más de lo mismo. Repite Schrader su trabajo infatigable sobre bases bressonianas, versiona una vez más el arquetipo que él mismo reconocía en El estilo trascendental del cine: aquel «hombre que se sienta a solas en una habitación», aquel tipo que lleva una máscara que no es más que su oficio. Hoy, el hombre tratará de sanar un presente mancillado por los escombros de otra gran explosión, desgranando con paciencia aquello que aún puede ser salvado de aquel que no. Tan simple y profundamente cerebral como un verso bíblico, su viaje de redención aún nos queda grande.

    «El argumento es el truco de los novelistas», subrayaba Schrader las palabras de Bresson. La vida no se moldea, como la narrativa, en términos de compraventa de impacto emocional, ni se dibuja en una clara línea hacia alguna parte. Por ello, si alguna historia llega a entreverse en la rutina de William Tell (Oscar Isaac), esa es la del propio pasar de los días, que no es más que un camino cosido a base de retazos de tiempo muerto, espera tras espera. Tell se dedica profesionalmente al póker, actividad que lo mantiene distraído de los ecos de un pecado tan primigenio que coartaría no solo su futuro, sino el de todo su país: años ha, el hombre participó activamente en la tortura de prisioneros en Abu Ghraib, uno de tantos episodios de infamia en el pasado reciente de los Estados Unidos. Día tras día, la monstruosidad de sus actos lo ata, cual muerto en vida, a la complejidad de los juegos de cartas; previene su caída en una nada aún más pavorosa. Siempre es preferible descolgarse, asirse a la inmanencia irrenunciable de un juego de naipes.

    La película de Schrader, como su protagonista, quiere nadar en un estricto aquí y ahora, que en el fondo no hacen más que negarse a sí mismos. Tell transita por entre casinos y contempla con cautela puertas que ante él podrían abrirse; calcula barajas, porcentajes. Sin embargo, su historia no guarda forma de caída, ni siquiera de vacua persecución de la gloria. Puro cerebro, personaje y película se mantienen alejades: caminan entremedio, entre las breves pausas y los murmullos incomprensibles que configuran el corazón de una partida de póker. Son deslugares, anticaracteres. A Bresson le apasionaba el alma humana, si bien despreciaba la psicología. Tell es, como el pastor de Diario de un cura rural, absolutamente explícito en su crónica sentimental. Sin embargo, con pudor, el reverendo del póker va a cubrir todos los muebles de las habitaciones que ocupe, motel tras motel, con unas sábanas blancas. Extraña liturgia para el desnudo sentimental: solo con los muebles tapados, podrá empezar a anotar aquello que remueve sus entrañas en un cuaderno. Pero sobre el papel, su letra perfectamente cursiva resulta fría, intraspasable… Opaca, orquestada con la habilidad propia de un profesional, también la voz de Oscar Isaac es fundamentalmente inhumana: «No puedes meterte en la piel de un actor. En ese sentido, estás fuera de juego», seguía Bresson, según Schrader. Si la psique de los verdugos de Abu Ghraib poco tuvo que ver con la monstruosidad de lo que allí ocurrió, fuera, ¿para qué habríamos de preocuparnos de ella, siquiera? Para un cineasta calvinista como Schrader, lo individual es pura anécdota.

    The Card Counter, Paul Schrader.
    Competición | Venezia 78.

    «Repite Schrader su trabajo infatigable sobre bases bressonianas, versiona una vez más el arquetipo que él mismo reconocía en El estilo trascendental del cine: aquel «hombre que se sienta a solas en una habitación», aquel tipo que lleva una máscara que no es más que su oficio. Hoy, el hombre tratará de sanar un presente mancillado por los escombros de otra gran explosión, desgranando con paciencia aquello que aún puede ser salvado de aquel que no. Tan simple y profundamente cerebral como un verso bíblico, su viaje de redención aún nos queda grande».


    Por encima de rasgos y caracteres, por encima de todes nosotres, en la pantalla rige una sola verdad: la imagen. «Raramente cambio los ángulos de cámara. Una persona no es la misma si la vemos desde un ángulo totalmente diferente», concluye Bresson. Son palabras mayores: la vida se muestra de forma radicalmente diferente según un simple tiro de cámara, por lo que solamente encuadrando la realidad de la forma más limpia posible, solo entonces, esta podrá desvelar algo de lo más hondo sus entrañas. Contra el privilegio del plano perfecto (el one perfect shot), incluso en escenarios tan dados al espectáculo de luz y color como son el entramado de casinos norteamericanos, Schrader opta por construir el mundo de las mesas de póker desde el ascetismo estético más absoluto. Una sola luz ilumina todas las cartas, las fichas y las manos, que se intercambian con una fluidez algo desapegada. Por el contrario, las secuencias del infierno carcelario fueron filmadas muy de cerca, en ángulos inquietantes y lentes anamórficas. Cuerpos de víctimas y verdugos empiezan entonces a deformarse, por acción de los objetivos de ojo de pez, y nos gustaría creer que aquello fue solo una pesadilla. Pero quizás todo lo que tras la imagen había que descubrir era que, en efecto, Dios habla bajito y el Diablo filma en ojo de pez.


    Mariona Borrull Zapata |
    © Revista EAM / 78ª edición de la Mostra de Venecia


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